Por : José Luis Mejía
jlmh@ezperu.com
Dicen que cuando iba a nacer, mi madre, que en todos sus embarazos trabajó hasta el día anterior al alumbramiento, le advirtió a mi padre, temprano por la mañana, de la inminencia de mi aparición en este valle de lágrimas. Él, hombre ducho en la materia, con tres hijos en su haber y conocedor del buen talante de su mujer a la hora de las verdades, se tomó las cosas con calma. Llamó por teléfono a “Pichito” Montoya, quien ya se había encargado de hacer ingresar al mundo, con buen pie, a mis hermanos y no encontró mejor manera de coordinar con el médico que decirle que pasaba por él en unos minutos. Dicho y hecho, estando listos mis progenitores, llamaron a la estación de taxis de San Antonio (otra de las grandes pérdidas de la modernidad) donde, amable, les contestó uno de los choferes que tanto los conocían.
Abordaron y se dirigieron, tras dejar a mis hermanos encargados a una tía que llegó rauda al amanecer, a la casa del doctor. Una vez allí, bajó él con toda su infinita paciencia e ingresó a la residencia del galeno y amigo donde, confiados y conocedores del proceso, departieron agradablemente frente a una taza de café. Afuera, mi madre aguardaba con la tranquilidad de su experiencia mientras el chofer se desesperaba por la demora. Finalmente, enrumbaron a la clínica y, casi sin dar problemas, llegué al mundo, en plena primavera y con la mañana en sol.
Largo sería contar las peripecias de mi madre durante los meses del embarazo y la creencia, sólo desmentida con el parto mismo, de la posibilidad de dos sujetos en vez del uno que soy y siempre he sido. Los cuatro kilos y medio que traje conmigo justificaron largamente las dudas de los especialistas. Cómo sería de grande el vientre de mi madre que el médico recomendó que se “tejiera” con cinta adhesiva una especie de tela que la protegiera del proceso expansivo al que la tenía sometida.
Mi primera infancia la recuerdo poco o no la recuerdo (a estas alturas a uno se le hace difícil diferenciar entre las imágenes propias y aquellas que nos siembran las anécdotas contadas por otros) y en la memoria sólo guardo el hecho, repetido e indispensable, del “japi vérdey” matutino. Llevados por el entusiasmo de mi papá, el día de un cumpleaños, todos, menos el festejado, nos reuníamos muy temprano en el cuarto principal, con los regalos en las manos y una torta (casi siempre de chocolate) con tantas velas encendidas como años celebraba aquel que despertábamos cantándole la bendita gringada (siempre me he preguntado por qué los peruanos entonamos esa cancioncita monocorde que algunos llaman “el sapo verde” y no tenemos un tema local, o español a la sumo, con el cual podamos homenajear al cumpleañero).
De todos, el más entusiasta (y el más desorejado) fue siempre mi padre. No importaba sin las épocas eran buenas y nuestras manos no podían cargar tantos regalos o si, por el contrario, las pellejerías de la crisis nos obligaba a contar con la sólo presencia de la torta (cuya elaboración a manos de mi hermana se convirtió, al paso de los años, en parte del ritual). Sea como fuere, él se sobreponía a sus angustias y nos regalaba una sonrisa infinita y con ese vozarrón que intimidó a tantos, se largaba, desafinado y eufórico, a entonar el “cumpleaños feliz”. Después del ejercicio coral, el festejado soplaba las velitas (como dije, se colocaban tantas como años acumulada el homenajeado, hasta que a algún aguafiestas se le ocurrió inventar esos engendros de cera, en forma de números, que dejan desnuda y desvalida la torta), se aplaudía y venían los abrazos. Sin duda, una de las más grandes torturas, de la que nos emancipamos con el tiempo, era tener que esperar “la reunión de la tarde” para cortar el pastel.
Al caer la tarde, regresando todos del colegio o del trabajo, nos reuníamos alrededor de la mesa a compartir un lonche o una cena, según el caso y las circunstancias. Podían venir los parientes o no, podían llegar los vecinos o no, podían caerse viejos o nuevos amigos o no, pero jamás dejamos de ser los seis de siempre festejando la vida.
Uno de los cumpleaños que más recuerdo fue el de mi madre, hace poco menos de dos décadas. Eran tiempos difíciles. Se pagaban cuatro pensiones de un colegio parroquial (apitucado y encarecido a insistencia de algunas acomplejadas señoras), el dinero no alcanzaba, “inflación” era una palabra que empezábamos a escuchar con frecuencia y la escasez de alimentos era común y frecuente en un país cuya retornada democracia beneficiaba (como hasta ahora) a unos pocos privilegiados en desmedro del pueblo. La clase media empezaba su franca decadencia (que duró hasta que el actual gobierno se encargó de envilecerla y prostituirla, hasta el ridículo) y mi padre sufría las consecuencias de querer ser honrado en medio de tantos lobos.
Esa mañana sólo hubo una simple torta, pero sobró el entusiasmo. Mi padre fue a la oficina y regresó al caer la tarde. Su rostro era desolador. Tras mucho insistir y esforzarse, había conseguido cobrar un dinero que le adeudaban. Puso los billetes en su bolsillo y salió apresurado a casa para que pudiéramos, los hijos, preparar la comida habitual de fiestas que la crisis amenazaba. Para ahorrarse unos soles, descartó la idea de tomar un taxi (caros y escasos en esos días) y abordó un microbús. Al bajar se dio cuenta de que el tipo aquel que lo tropezó no era un distraído pasajero sino un ladrón.
Poca veces vi a mi padre tan abatido; tratando de explicarle a mi madre que optó por el micro para ahorrar unas monedas en beneficio de la cena. Hasta el día de hoy siento su pena y su frustración y su cólera y su fracaso. Puedo verlo todavía. Y puedo ver, también, su rostro y el de mi madre iluminándose cuando los cuatro hijos, de no sé dónde, formamos un montoncito de monedas que alcanzaron para el pan y la leche, la jamonada y la mantequilla. Esa es la cena de cumpleaños más familiar y emotiva que recuerdo.
Ayer cumplí treinta y un años. Mi padre murió hace cinco inviernos y mi madre pelea por su vida en una clínica fría y desinfectada. No hubo torta ni “japi vérdey” pero, como bien dijo alguien (de las tantas y tantos, solidarios, generosos e inmerecidos, que me hallaron o hicieron el intento; con Ella, infinita e indispensable, a la cabeza), pasar el día junto a mi madre fue la mejor manera de celebrar la vida y de regresar un poco a esa mañana soleada de primavera cuando me protegió, de una vez y para siempre, entre sus brazos.
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