Por : José Luis Mejía
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Ayer, cuando sólo faltaban dos minutos para terminar mi jornada en la oficina, sonó el timbre como anuncio macabro que precede a un cliente de último minuto, uno de esos despistados o indiferentes que llegan a la hora undécima y se demoran una eternidad en los trámites mientras nos cuentan las últimas novedades familiares o se quejan del desastroso estado de la política nacional y la moral pública, sin entender la mirada desesperada que le lanzamos cómo diciéndole "estimado, ya es tarde, haga el favor de callarse y déjeme cerrar la tienda que ella está esperando en la puerta del cine y la bendita película empieza en diez minutos y la paciencia no es una de sus virtudes y se me va a indigestar el helado con sus berrinches...".
Cuál no sería mi sorpresa cuando distinguí por la ventana la figura cadavérica e inolvidable de Gabriela, una antigua socia de esta empresa donde malogro lo que me queda de juventud, dedicada, ahora, al negocio de los bienes raíces en uno de sus más polémicos y socorridos rubros; los nichos en el cementerio.
Ni bien la vi entrar me recorrió un escalofrío y un sentimiento medio torcido, de esos que nos hacen avergonzarnos, inundó mi hasta entonces apacible espíritu de jueves por la noche. Ella, su aspecto de maquilladora de cadáveres y su olor a naftalina, me devolvieron a los días, uno en otoño y el otro en primavera, cuando mis padres fallecieron.
La muerte, esa consecuencia natural de la vida que tanto nos empeñamos en olvidar durante esta vertiginosa existencia citadina, adquiere un rostro entre cómico y patético cuando aparecen en escena los enterradores. Inmortalizados en la fama gracias a las películas de miedo y las novelas de terror, los sepultureros ya no son aquellos sujetos vestidos monocromática y amenazadoramente de un color negrísimo que contrastaba con la palidez de sus rostros y la mirada blancuzca e inexpresiva que preludiaba la tragedia. Ahora son ejecutivos de pujantes empresas que visten de terno y corbata (de colores claros y relajantes), con un maletín "james bond" en la diestra y una sonrisa inevitablemente cínica, melancólica y, a veces, solidaria.
Aquel domingo al comenzar la tarde, cuando mi padre sufrió el último infarto, atinamos, con la torpeza del espanto, a llevarlo a la clínica más próxima. Luego de unos minutos exasperantes de lucha, tuvimos que soportar, además del horror de la muerte, la cara dura y poco amable de la médico que nos dio la mala nueva. Luego, como si las piezas de una gran maquina empezaran a funcionar, fuimos testigos de la industria de los entierros.
Un señor, de unos cuarenta años, llegó como llamado por algún escondido radio inalámbrico y se presentó como funcionario de "Merino", la agencia funeraria más conocida del país (dicen, ignoro si es cierto, que todas las empresas de ese rubro que existen en el Perú son de don Agustín, amén de enterrador, presidente por muchos años del centenario "Alianza Lima", el club de fútbol más popular que tenemos).
Luego de los saludos y condolencias de rigor, pasamos al trabajo. Ante mi sorpresa, no sólo sacó de su maletín una proforma donde iba marcando las preferencias familiares para el "evento" que luego sumaría como si se tratara del caserito que nos atiende en la bodega de la esquina y va apuntando nuestro pedido en un pedazo de papel para luego "sacarnos la cuenta". Estupefacto, miraba trabajar al sujeto aquel que, valgan verdades, se comportaba amable y diligente. De repente, cuando empezamos a conversar sobre el tema de la carroza y el ataúd, con toda naturalidad extrajo del mentado maletín un archivador (de esos que contienen hojas de plástico que a su vez contienen fotografías) y, sin percatarse en mi asombro, me mostró los modelos de carrozas con que contaba la empresa. Las había negras, grises, blancas, con adornos metálicos y florales, del año o antiguas "muy bien conservadas", grande y pequeñas. Luego, descompuesto ante mi respuesta ("la más sobria y sencilla") renovó sus bríos mostrándome los ataúdes. De caoba, de cedro, enchapados o no, con cruces o no, con agarraderas o no, y, eso sí, todos finamente acabados y acolchados. En mitad de la pena no pude contener la risa. "¿Acolchados?", pregunté riendo, "¿para que el muerto esté más cómodo?" Y al parecer el hombre compartió mi sarcasmo y me devolvió una mirada de aprobación.
Vuelto en mí, le dije: "Queremos todo de lo más sencillo, sin trapos negros, sin adornos, sin nada; dos velas, una cruz y un cajón sin adornos...". Y el hombre me miraba sorprendido. Apuntó, borró, volvió a apuntar ("por supuesto cargadores negros, ¿no señor?"), sacó una calculadora del bolsillo, hizo sumas, restas y divisiones y disparó: "no se preocupe por los costos, lo que usted me ha pedido no es ni la tercera parte de lo que cubre el seguro...". "No me preocupo", respondí cortante. "Así lo quiso mi padre y así será". No volvió a insistir y tomó con calma la reducción de su comisión frente al franciscano entierro que solicitaba.
Luego tuve que acompañarlo a las mil y una diligencias que la burocracia exige. Que firme acá, que lea esto, que conserve este papel y una serie de trámites que me son imposibles de recordar. Todo los viajes los realicé en una carroza con chofer. Yo iba de copiloto y el ejecutivo se acomodaba en la parte trasera donde, habitualmente, va el féretro.
Incapaz de vencer mi manía de conversar, esas horas transcurrieron entre largas historias de entierros, muertos, cortejos fúnebres y demás especies. Finalmente me enteré que el pobre hombre había sido en su juventud miembro de las Fuerzas Armadas y, luego, seguridad personal de una serie de sujetos importantes, "me metí en este trabajo porque trabajar con muertos es más seguro", confesó mientras yo lanzaba –avergonzado pero incontenible- una carcajada.
Luego, cuando falleció mi madre la historia se repitió, claro, con matices diferentes, pero con la misma sensación de desesperanza. Esta vez fue un teléfono que sonó en la madrugada (¡Qué llamada al alba no presagia tragedias!). Cada vez más moderno el sistema, mi hermana se comunicó con el "Centro de Emergencias" de la compañía de seguros y, al despuntar la mañana tocaba el timbre un nuevo "ejecutivo". No tenía ni el porte ni la prestancia del antiguo agente de seguridad pero cargaba el bendito maletín, tuvo la misma conducta entre amable y solidaria, sacó los mismos papeles, mostró las mismas fotos, realizó las mismas cuentas y nos miró con las misma cara de estupefacción cuando se le indicó la sencillez del servicio...
Siempre me he preguntado cómo es la existencia de estos hombres que viven de los muertos. ¿Cumplen un horario? ¿Trabajan en turnos? ¿Ganan comisión por entierro o por el monto del gasto realizado por los deudos? ¿Los llaman al celular –como a los médicos- a medianoche? ¿Ellos mismos gestionan la sepultura de sus padres o lo hace un colega? Cuando mueren, ¿quién les hace el presupuesto?
Todas estas dudas volvieron a mi cabeza cuando Gabriela subía ya las escaleras de la oficina. Se había demorado conversando con un vecino cuya madre falleciera hace un tiempo. Después de endilgarme una serie de documentos con costos y ofertas para comprar un nicho, empezó con un interrogatorio infame sobre la enfermedad y muerte de la vecina. Contesté seco y cortante. Pareció entender mi disgusto y se despidió de inmediato. No pude dejar de reírme cuando, bajando las escaleras, soltó su último pedido: "José Luis, la próxima vez que alguien se esté muriendo me avisas, ¿ya?"
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