Por : Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
La canción que yo he cantado
para los niños dolientes,
misericordiosamente
¡cántame!”
Gabriela Mistral.
LA PERMANENCIA DE LOS NIÑOS
EN LOS CENTROS DE ACOGIDA
SE ALARGA VARIOS AÑOS
Uno de los derechos primordiales de los menores es el de tener una familia que se responsabilice
de sus necesidades materiales, que le dé afecto y apoyo social. En el caso de los menores
internados en instituciones, se presupone que una grave carencia en uno o en todos estos
aspectos ha motivado la intervención de las autoridades y que se ponga en marcha una acción
educadora urgente que restituya a los niños el derecho a crecer en un ámbito que satisfaga sus
necesidades materiales y psicológicas.
Se da por sentado que la acción institucional es sustitutoria y, por lo mismo, dura un tiempo más
bien escaso. ¿Cuánto tiempo? En la práctica cotidiana existe un grupo muy numeroso de estos
menores para los cuales su estancia en las instituciones de acogida se hace crónica. Las dos
posibles salidas que se les promete -reintegrarse a su familia de origen o ser acogidos (adopción)
por parte de una nueva familia- no se plantean con ninguna inmediatez. En cualquier caso los
niños mantienen unas expectativas acumuladas que, un día o un año tras otro, se ven frustradas.
Son niños que se ven permanentemente instalados en la “sala de espera”.
Es obvio que esta situación contradictoria incide negativamente en su adaptación a las
instituciones que los acogen. Cuando se “está de paso” no hay necesidad ni esfuerzo por
integrarse; si se “está de paso” durante mucho tiempo, la integración se descarta porque cuanto
más tiempo transcurre, más cerca ha de estar el fin. Esta falta de adaptación incide
particularmente en la escuela con los efectos que se pueden suponer.
Como consecuencia, los niños en esta coyuntura proceden a una especie de “evasión”
imaginaria. Uno de los principales problemas existentes en la mayor parte de los menores que
están en instituciones de acogida, es la reconstrucción fantástica que hacen de su vida. Y ello en
una doble vertiente: crean un pasado inexistente e imaginan un futuro imposible. Ello se da
sobre todo en los niños que están a la espera de reintegrarse con su familia originaria.
Generalmente son incapaces de reconocer las causas (familiares) que están en el origen de su
institucionalización y se forjan una interpretación del pasado que jamás pone en entredicho el
comportamiento de sus padres; en cambio, son aquellas personas e instituciones que los acogen
los “culpables” de su situación desesperadamente incierta. El futuro es contemplado por estos
niños como un tiempo idealizado en que todos estos problemas dejarán de existir. Pero en el
tránsito a esa otra fase de vida pocas veces, piensan ellos, va intervenir su decisión y su esfuerzo
personal sino que sobrevendrá como el final de un cuento de hadas.
En muchos casos los padres no se mantienen alejados de sus hijos: los visitan de vez en cuando
o, al menos una vez por año, declaran que siguen sin poder mantenerlos (y así permanecen en la
institución). Este vínculo -cuya ruptura tiene algo de “tabú”- alimenta ilusiones, expectativas de
un futuro necesariamente mejor. Los padres, cuando se encuentran con los hijos, les prometen
que pronto los sacarán de la institución; después siempre hay alguna razón externa, ajena a su
voluntad, que se levanta como obstáculo a este “final feliz”. Nunca llega el momento idóneo
para el regreso. Pero los niños se siguen aferrando, como a un clavo ardiente, a la creencia en el
retorno inminente al hogar. Ello define un eje de sentido para sus vidas.
Algunos padres desencadenan sutilmente un proceso de culpabilización en sus hijos. Le
transmiten el mensaje de que si no regresan es por su culpa: se portan mal, no son responsables,
son malos estudiantes... Por si fuera poco, en más de una ocasión los propios educadores
contribuyen a remachar el clavo. La principal consecuencia de todo ello está en que se
encuentran en un callejón sin salida: no se reintegran a su familia porque se portan mal, pero se
portan mal, porque ello es inherente a la vida en una institución disciplinaria. Con lo que se
entra en círculo vicioso que lleva al bloqueo, al estancamiento y a un fin de conductas motivadas
por la rabia y la impotencia.
No es de extrañar que muchos de estos niños acaben por enquistarse dentro de una “burbuja”
psicológica: se alejan de la realidad, pierden toda motivación para aprender, no disfrutan de la
vida y tienen una marcada tendencia al fantaseo como ensoñación estéril en oposición tanto a la
imaginación como a la conciencia de la realidad.
En definitiva, una larga espera preñada de desesperanza, unida a la falta de conciencia de la
propia situación y a la percepción sui generis de su realidad, constituyen un muro que se alza
como barrera al desarrollo. Y como dijo el poeta: “Desde entonces viví soñando / con aquel
infantil infierno / por el que tus manos de niña / me guiaban para perdernos”.
Francisco Arias Solis
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