EL MERCADO DE MAGDALENA


Por : José Luis Mejía
jlmh@ezperu.com


Volver a San Miguel fue para mi padre algo así como el retorno a la infancia.  La difícil situación económica por la que atravesaba la familia no fue obstáculo para que él, una vez repuesto de los sinsabores de la mudanza, diera rienda suelta a sus recuerdos.  Una de las cosas que más le llamó la atención fue el tamaño de las cosas.  El patio central, al cual convergían todas las puertas (los dormitorios, el comedor, la cocina, el baño) él lo guardaba en su memoria como un ambiente inmenso donde, siendo muy niño, jugó decenas de veces con algunos de sus siete hermanos; sin embargo, ahora lo veía pequeño, sombrío y sin gracia.  Ya no quedaban niños y yo, ya con doce años, era el menor de los nuevos habitantes de la casa.

En San Miguel viejo (así le llaman todavía a ese sector más tradicional, frente al mar y olvidado del mundo, que se opone al “nuevo”, de discotecas y máquinas tragamonedas, pujante y atrevido, que se desarrolla, un poco más al este, en el eje de la avenida “de la Marina”, esa que lleva al aeropuerto de Lima) no existía un gran mercado.  La oferta comercial se limitaba a una farmacia, un par de panaderías, dos o tres bodegas y un mercadillo, “El Baratillo”, donde dos fruteros, tres carniceros, cuatro o cinco polleros, media docena de verduleros y otro tanto de bodegueros (vendedores de abarrotes) hacían su agosto cobrando lo que querían por los malos productos que vendían.  Justo por esa época empezó a sentirse la escasez de alimentos y los vendedores abusivos imponían, por ejemplo, la compra de un par de inútiles latas de atún desmenuzado para venderte un tarro de leche o un kilo de azúcar.  De más estar decir que el crédito (voraz y leonino) que nos otorgaban a los parroquianos (cada quien más complicado en épocas de crisis) era la razón por la cual permanecía cautivo una grupo generoso de clientes.

Sólo a unas cuantas cuadras, diez a lo mucho, estaba el mercado de Magdalena, el distrito vecino.  Ese mercado es, aún hoy en día, uno de los más conocidos y concurridos de Lima y ofrece una impensable variedad de productos y vendedores.  Ubicado en frente a un gran parque, se alza como el centro de comercio de pan llevar más importante de la zona.

Cuando la economía nos empezó a sonreír con mayor frecuencia, pudimos establecer presupuestos y organizar las jornadas dominicales.  Cada siete días, cargados de nuestras canastas de paja, caminábamos las tantas cuadras que nos separaban del gran mercado y nos tomábamos toda la mañana en el ajetreo de las compras.  Al principio era mi madre la que llevaba la voz cantante y luego, con mis hermanas ya crecidas, ellas asumieron el papel directriz, relegándonos, a los hombres, menores pero más fuertes por eso del imaginario machista, al célebre papel de cargadores.

Comprar se convirtió, en manos de mi organizada hermana mayor, en un trabajo productivo.  Las canastas se iban dejando en cada uno de los puestos que, tras un largo análisis, habíamos decidido como los mejores.  Claro que no siempre se basaba la elección en una cuestión rígidamente económica, la gentileza de los vendedores, su buen humor y mejor disposición, siempre fueron elementos indispensable para nuestras categorizaciones.

En el frente del mercado, por la entrada que estaba justo en el margen derecho del parque, estaba el carnicero.  Allí se dejaba una canasta que iba luego a ser recogida con el heróico lomo semanal y con la abundante menudencia (hígado, corazón, mondongo), tan deliciosamente preparada en el Perú y que en otros lares consideran repulsiva.  Junto a los puestos de carne se alzaban, majestuosos, los de los jugos de fruta.  Ocho o diez licuadoras a todo trajín, convertían kilos y kilos de plátano, papaya, fresa, naranja y piña, en jugos deliciosos que nosotros consumíamos al final, con el vuelto que nos empeñábamos en sacarle al dinero de las compras.  El de fresas con leche helada era, por supuesto, mi preferido.

Al otro lado del mercado, estaban los puesto de venta de aves.  Allí teníamos ya a una señora que hacía unas milanesas espectaculares, además de proveernos de las otras piezas para el arroz con pollo o el estofado.  El pescado, ironía infinita en un país con más de dos mil kilómetros de costa, no era de consumo común.  Caro y escaso, era raro en nuestra mesa.  Los abarrotes los compramos en muchos y distintos lugares.  Al comienzo estaba “Monterrey”, la más famosa cadena de supermercados de los ochenta, que cerró sus puertas en medio de la quiebra; luego fuimos a “Tía”, una tienda que en principio era más almacén de ropa y a la que la crisis le obligó a vender de todo; más tarde, unos puestos dentro del mercado y, finalmente, unas bodegas que vendían “como al por mayor”.  Mención aparte y especial se merecen las carretillas donde comprábamos la fruta para la semana y, entre ellas, como dueñas de un aire especial, reinaban, en mi imaginación infantil, las tres o cuatro que se dedicaban única y exclusivamente a vender paltas, fruto de los dioses.

Ya cargadas las canastas y repletas de alimento para la voraz familia Mejía (mis amigos siempre se admiraron de saber que la abrumadora mayoría del presupuesto familiar se dedicaba a la comida, siempre les ha costado comprender la filosofía de mi padre, “una buena alimentación y un gran bagaje cultural, eso es todo lo vamos a dejarles... pero eso nadie se los puede quitar...”) tomábamos un taxi que nos llevaba a casa, hasta el siguiente domingo.

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