Por : Eduardo González Viaña
gonzale@wou.edu
Hace ya una semana que la Tierra navega por
el reino purpúreo del Escorpión, y esto ha de traer sus consecuencias. La
aparición de un color desconocido que, misteriosamente, baja de la galaxia, se
posa sobre nuestros rostros y nos hace más extraños de lo que habitualmente
somos, es la primera. La segunda, para todos los nacidos entre el 23 de octubre
y el 22 de noviembre, es el vaticinio de un destino que supuestamente
compartimos y que nos hace incansablemente similares.
La irrupción de Marte y de Plutón sobre los cielos durante este tiempo nos
depara algunos fenómenos inusuales y la sensación de que acaso no caminamos
sobre el mismo planeta. "Éste no es el mismo mundo", me dije algún
noviembre juvenil en Trujillo, cuando los vientos de San Andrés amenazaban
llevarse la torre de la catedral. En Europa, durante mis tiempos de estudiante,
el Escorpión siempre trajo consigo la primera tormenta del invierno y eso me
obligó a permanecer bajo techo en
Madrid el día de mi cumpleaños, o a conocer en París las excelencias de un
vino siempre nuevo, el Beaujolais Nouveau.
De ser cierto lo que proclaman los horóscopos, los "escorpiones"
debemos ser apasionados e intuitivos, misteriosos y sensuales, silenciosos y
temibles. La filosofía. la poesía esotérica, la alquimia, el espiritismo, el
espionaje, la química, la cirugía y la magia negra son las actividades que se
asocian con este signo que ha tenido representantes tan famosos como Mata Hari,
Goebbels y Eduardo VIII, Richard Burton, León Trotsky y Madame Blavatsky,
Galileo, Martín Lutero y San Agustín.
El águila, el ave fénix y la serpiente son sus símbolos; el topacio y el ópalo,
sus piedras preciosas y, por fin, sus signos compatibles son Cáncer, Virgo,
Piscis y Capricornio. De todo ello, y de que había nacido bajo "el más
luminoso y el más temible de los signos", me enteré al cumplir 12 años
de edad, pero mi racionalidad de entonces, adquirida al terminar los 20 tomos
del Tesoro de la Juventud, se opuso a la idea de que solamente existieran doce
tipos de personas y que cada grupo estuviera condenado a parecerse y a vivir el
mismo destino, a dar los mismos pasos y a imitarse en la tierra y en el cielo,
por los siglos de los siglos, y por siempre, jamás.
Había, sin embargo, un club escorpiónico más exclusivo llamado el
"decanato". Por haber nacido el 13 de noviembre, yo pertenecía al
segundo, (del 3/11 al 13/11) y, según ello, alcanzaría alguna fama cuando
fuera adulto pero tendría muchos problemas con mujeres, lo cual me pareció
divertido pero no muy agradable. Lo que sí no cuadraba conmigo era la descripción
física de acuerdo con la cual, como a todos los nativos de este decanato, una
cicatriz predestinada me
cruzaría la frente.
Me miré en el espejo, y no la tenía. Después de eso, del Tesoro de la
Juventud pasé a Verne, Dostoiewsky, Voltaire, Renan y Balzac, hasta que la
lectura me enfermó de racionalismo cuando tenía 15 años, y todo el tiempo de
la adolescencia me reí de la posibilidad de que la famosa marca me apareciera
sobre la frente una mañana como fruto de algunos malos sueños y de otros
peores pensamientos.
Sin embargo, todavía no me había salvado de ella.
Exactamente al cumplir los 18 años de edad, en la universidad de Trujillo, me
batía duelo con mi amigo Juan Morillo Ganoza. A pesar de que los periódicos,
la radio y algún obispo nos calificaran de anacrónicos o nos excomulgaran, una
diferencia insalvable de opiniones sobre el ritmo de la prosa en Guy de
Maupassant nos empujó a buscar, en el terreno de la espada, la solución del
conflicto. Juan recibió una estocada en la garganta. A mí, su espada me tocó
la frente y me dejó, encima de la ceja izquierda, la cicatriz que tanto tiempo
me había estado esperando.
Una simple casualidad no me iba a convertir en crédulo. Para desmentir a los
horóscopos, y acaso también por vanidad masculina, durante varios años me di
a la tarea de frotarme la frente con crema de nácar y jugo de limón. Me
acuerdo que el día en que recibía mi título de abogado, a los 24 años, me
estaba poniendo la corbata cuando el espejo me devolvió una frente libre de
cualquier mácula.
El hombre ha burlado al destino, me dije, y decidí que algún día iba a contar
esa experiencia.
Sin embargo, aquella misma tarde, una Land Rover se estrelló contra mi carro en
una intersección de calles. Mi carro de entonces era un Volvo azul y poderoso,
y eso me salvó la vida a pesar de haber dado varias vueltas de campana, pero no
me puso a resguardo del temible Escorpión. Una cicatriz nueva se dibujó sobre
la antigua, y desde entonces no he tratado de borrármela.
No sé si ahora creo en el Zodíaco, pero mi amigo Teodoro Rivero- Ayllón, que
me envió un e-mail desde Pekín la noche de mi cumpleaños, me dijo que en ese
instante, del cielo oriental, estaban lloviendo estrellas, como suele ocurrir en
este mes extraño. Otras coincidencias se añaden en el hecho de que algunos de
los mejores amigos de toda mi vida, los poetas Rodolfo Hinostroza, Elqui Burgos
y Marco Antonio Corcuera, así como Jorge Cornejo Polar, Alberto Escobar, Isaac
Goldemberg y Alejandro San Martín, han nacido en la misma semana. ¿Podría añadir
que cuatro veces he estado a punto de casarme con algunas mujeres maravillosas
que, por casualidad, nacieron el mismo día de noviembre? Si lo cuento, van a
creer ustedes que es un cuento, y lo es.
Y no lo es. Es el "Correo de Salem" que redacto mientras pasa sobre el
planeta la cola escarlata del poderoso signo, y su sombra trae consigo, además
de recuerdos dulces y de huracanes en el Caribe, las huellas del camino al cielo
que siguió mi madre el 11 de noviembre del año pasado, y este año veo triste
los pasos de mi prima María del Pilar, que se perdió el 14 en la escalera que
conduce hacia el largo sueño de Dios. Que Dios esté con ellas y con nosotros,
ahora que falta poco para que la Tierra ingrese al mar de Sagitario.
(*) Catedrático en Western Oregon University.
Se le puede escribir al e-mail: gonzale@wou.edu
Su libro “El Correo Invisible” está a la disposición de los lectores en: http://www.geocities.com/egonzalezviana