Por: Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
EL GRAN MITO DE DON JUAN
¡Qué largo me lo fiáis!
Y mientras Dios me dé vida,
yo vuestro esclavo seré.
Esta es mi mano y mi fe.
Tirso de Molina.
EL SIMBOLO VIVIENTE DE LA
SEDUCCION AMOROSA MASCULINA
La capacidad creadora de caracteres que se ha atribuido a Tirso como su mérito más alto,
se manifiesta especialmente en estas dos grandes producciones dramáticas: en El Burlador
de Sevilla y Convidado de piedra y en El condenado por desconfiado; mucho más, sin
embargo, en la primera de ellas, con la que Tirso crea el gran mito humano y literario del
Don Juan, del que afirma doña Blanca de los Ríos, sin exageración alguna, que en
grandeza y universalidad excede a los gigantes de Shakespeare, en el interés humano y en
intensidad dramática supera a Fausto y en virtud prolífica a don Quijote,
aseveración indudable, pues aparte de la perennidad inagotable y la universalidad de las
pasiones de que es portador -o precisamente por ello-, ningún otro mito literario ha
reflorecido tan insistentemente como él en todas las literaturas, circunstancias y
ambientes, ni recibido tan diversas interpretaciones y matices, que modifican detalles
pero dejan intacto su carácter esencial.
Don Juan, mito eterno, ha venido a convertirse -cualesquiera que sean sus grados- en
símbolo viviente de la seducción amorosa masculina, de la agresividad sexual, del
conquistador irresistible, del hombre audaz y disoluto que convierte el placer en fin de
todas sus acciones. De aquí su condición de burlador, es decir, de hombre
que busca a la mujer para la satisfacción egoísta de su goce, y escapa a toda permanente
coyunda.
El Tenorio es un caballero apuesto y cortesano, que encubre sus perfidias con
refinada elegancia aristocrática, sabe envolver su persona de cuanto pueda hacerla
atractiva y rinde religioso culto al honor (palabra que no se le cae de la boca), siempre
que se trate del propio, por supuesto: porque pisotear el ajeno es una de las glorias:
Sevilla a veces me llama / el Burlador, y el mayor / gusto que en mi puede haber /
es burlar una mujer / y dejarla sin honor.
En esta forma fue dramatizado por Tirso en su obra. Don Juan Tenorio, hijo de noble
familia sevillana, huye de Nápoles después de burlar a la duquesa Isabela, en cuya
habitación había penetrado fingiéndose el duque Octavio, su prometido. Naufraga en las
playas de Tarragona, es llevado a la cabaña de una pescadora, Tisbea, la seduce bajo
palabra de casamiento y huye luego. Llega a Sevilla; entra en la casa de doña Ana de
Ulloa, hija del Comendador don Gonzalo, debido a que consigue interceptar una carta de
aquella en que citaba a su prometido el marqués de la Mota. Cuando a los gritos de doña
Ana, que advierte el engaño, acude su padre, don Juan lo mata y se da a la fuga. Mientras
prenden al marqués de la Mota, don Juan huye a Dos Hermanas a tiempo en que está para
celebrarse allí una boda de campesinos; aleja el novio con engaños y seduce a la novia
deslumbrándola con sus riquezas y la promesa de matrimonio.
Después de dejar a la infeliz campesina regresa a Sevilla. Cierto día encuentra en una
iglesia la estatua del Comendador, que el había matado, puesta sobre su tumba, la
escarnece y la invita a cenar; el Comendador acude al convite y le invita a su vez para
otra cena en su propia sepultura.
Don Juan acepta, pero al tender la mano a la estatua, siente que le penetra por ella un
fuego que le mata. Grita, pide confesión, pero ésta no llega y muere como un réprobo.
Atiéndase bien a este desenlace, porque es indispensable para entender el drama de Tirso.
A lo largo de toda la obra se le amenaza a don Juan con el castigo que pueden acarrearle
sus acciones.
Tisbea había tratado de asegurarse de la promesa de matrimonio de don Juan, diciéndole:
Advierte / mi bien, que hay Dios y que hay muerte, a lo que responde para sí
don Juan, con palabras que ha de repetir muchas veces con cínica temeridad: ¡Qué
largo me lo fiáis!
De la pluma de Tirso, puesta en pie de su genio, salió la estampa del Burlador, lista
para correr el mundo con el mito de su significación amorosa. Pero la intención última
que había puesto en ella, al crearla, el fraile mercedario era manifiestamente moral y
ejemplarizadora. Menéndez Pelayo señaló con toda claridad que cuando el Romanticismo
despojó a Don Juan de su grave lección moral, destruyó la finalidad perseguida por su
creador; si bien lo lanzó a vivir por otro de los muchos caminos abiertos y posibles a su
proteica diversidad.
Comentando la universalidad y perennidad del Burlador, escribe Valbuena: Por
preceder de una creación vital, antes que literaria, Don Juan ni se logra ni se muere.
Queda siempre -sombrero de plumas y espada al cinto- en todas las encrucijadas de las
épocas, presto a emprender una nueva conquista, pero también pronto a evadirse.
Cuando don Juan acude al convite del Comendador, cantan misteriosamente unas voces:
Adviertan los que de Dios / juzgan los castigos grandes / que no hay plazo que no
llegue / ni deuda que no se pague.
Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
e-mail: pazylibertad@arrakis.es
URL: http://www.arrakis.es/~aarias
Colombia tiene derecho a la Paz.
Siempre podemos hacer algo por la Paz y la Libertad.
Aviso: Se ruega a los internautas que pongan en sus páginas el logotipo o banner de
Internautas
por la Paz y la Libertad que figura en la URL: http://www.arrakis.es/~aarias/internau.htm
Gracias.