Por : Diego Cruz
diegocruz1@mi.madritel.es
El minuto es un paréntesis en la existencia, donde se hospeda ese
instante supremo que nos muestra su esencia al desnudo. Ese enclave de
ensueño, sombra y brizna, que nos habita cariñosamente las habitaciones
de la sangre.
En el
minuto tienen cabida los silencios más hondos, la femenina mirada que de
repente se aúpa hasta el balcón atento de nuestras pupilas, y el olor
peculiar de un alborear que en cada comienzo instaura una aventura.
¿Cuántos
minutos están ya celosamente ordenados en las galerías de la memoria?...
Porciones de tiempo, con sabor a infancia, que encuentran su dulce
trascendencia en el hostal de los recuerdos. Besos íntimos, entre
malecones sombríos, que ascienden el alma hasta el arte incontaminado de
los sentimientos, Caricias limpias que escriben con su particular lenguaje
metáforas cómplices en la suave página de una piel que se nos ofrece.
Aromas peculiares que son como sustancias perennes que ya no se nos borran
de las placas del cerebro. Músicas entrañables, de otra edad más prosística,
que sin embargo conservan esa melodía profunda e íntima que nos abriga
cariñosamente el corazón.
¡Ah...
el minuto!. Esa historia diminuta, condensada en un ápice de tiempo que
engalana las fibras de la edad por donde suelen desfilar nuestros años irónicos.
¿Quién no conserva un minuto selecto que es un mimo de peluche que
certifica el estar vivo?.
Dadme sólo
un minuto para hilvanarlo a la utopía y llenarlo de sueños, y de miradas
femeninas y sensibles que están de parte de la hondura de la vida. Dadme
un minuto para trenzarle versos al tictac de un reloj, o describir el
silencio con su vetusta historia de siglos, o narrar el perfil de una
sonrisa que se nos muestra sobre un rostro; el cual nos imanta con su
encanto. Dadme un minuto de plenitud entre la divinidad del arte,
recorriendo esa patria que es la piel de una mujer, mientras el himno de
un otoño gris romántico nos nutre las pupilas de belleza. Dadme un
minuto para contemplar el alba y sus tintes suaves que poco a poco van
agujereando lo más bruno de la noche. Dadme un minuto, suspiro del
instante, para cincelar con él el beso perfecto que pueda habitar la
posada de unos labios. Dadme un minuto, verso del tiempo, para acariciarlo
con la prosa más modesta que a diario se agolpa en el espacio solitario
de una página.
Y si me
dais un minuto, tan sólo un minuto, convendréis conmigo en que el
existir es un lento y sencillo poema, donde cada cual escribe el temblor
incontaminado de que son capaces la suma de los años. Un poema hondo, íntimo,
sensual; apenas perceptible a la hipotética realidad que nos circunda, y
que sin embargo late en bocanadas por los cálidos entramados de la
esencia. Un minuto, feliz minuto, que al estar rotundamente vivos, nos
sacuda con su esplendor las mismísimas entrañas...