HA ESTADO UD. EN MUNICH ?


Por : Eduardo González Viaña
gonzale@wou.edu


¿Ha estado usted en Munich?

Usted estuvo allí. ¿Se acuerda?. Era una de esas tardes gloriosas del otoño en las que un color rojo invade el mundo. Había hojas rojas y amarillas en el cielo y en la tierra, y el ómnibus avanzaba lentamente por las calles de Munich, en la Alemania gobernada por Hitler. Tan lento iba el carro que se podía pensar que el chofer lo hacía para que los ocupantes pudieran gozar del espectáculo.

No diga que no. No hay nada más esplendoroso que el otoño, bien sea en un París amarillo de los 70’s, un San Francisco de fin de siglo, algún puerto del Pacífico en 
Sudamérica, una estancia cerca de Buenos Aires, o si no estuvo en ninguno de esos lugares, metido en una casa donde usted no pueda ver el otoño, pero sí sentirlo.

Para Shoshana Cogan, aquél era el tiempo más resplandeciente de su vida... y tal vez el último, aunque tan sólo tuviera 21 años. Cuando entraba en una de las calles principales de la ciudad, el bus súbitamente se detuvo y la puerta inmediata al chofer se abrió para dejar pasar a un grupo de 6 individuos uniformados de plomo y armados de pistolas automáticas.

Eran “hombres” de las S.S. (¿hombres?), y andaban buscando judíos:

-Todo el mundo saque sus papeles. Sus papeles, por favor.

Uno por uno, los ciudadanos que solamente podían mostrar un papel con una estrella de David comenzaron a ser sacados del ómnibus y obligados a entrar en un camión que se hallaba estacionado detrás. Uno de los judíos demoraba en levantarse del asiento porque se le habían perdido los anteojos.

-Muévase de una vez, y deje de buscarlos porque no los va a necesitar. ¿Dónde se ha visto que los perros usen anteojos?

Usted dirá que no estuvo allí porque no conoce Munich, porque no es judío ni antijudío y porque los acontecimientos ocurrieron cuando quizás usted no había nacido todavía, pero tenemos pruebas de que usted estuvo en Munich esa tarde.

Los soldados no habían llegado todavía hasta Shoshana y no habían visto que la muchacha estaba temblando y que las lágrimas se le salían sin que pudiera contenerse, pero el caballero que estaba sentado a su lado sí lo advirtió. La miró un instante extrañado, y después no pudo contener la pregunta sobre su estado de salud.

-No es eso. Lo que pasa es que no tengo papeles. Soy una judía, y esos hombres van a detenerme.

¿Qué hizo usted entonces? Sí, usted, aunque desde el comienzo de esta nota repita que estoy equivocado y que usted nunca estuvo allí.

El hombre miró alternativamente a los soldados y a la mujer que estaba a su lado, y luego no pudo contenerse. Una mueca de cólera se dibujó en su cara. Se puso extrañamente rojo, tan rojo como aquella tarde de otoño en Munich.

-!Y qué piensas, estúpida! !Qué estás pensando perra! !Cómo se te ocurre seguir sentada a mi lado!

Tal vez me equivoco y de veras usted que me lee no estuvo allí. Quizás tampoco yo estuve. Es posible que esta historia la haya leído en alguna parte, lejos de aquí, pero no la estoy inventando. Creo que se la escuché a un viejo rabino en la escuela judía de Teología, frente a la de los Jesuitas, que solía frecuentar a comienzos de los 90, cuando era profesor visitante de la universidad de Berkeley. Pero usted y yo estábamos en ese bus, aunque tratemos de negarlo.

Cuando usted va hacia algún lado, no tiene por qué preocuparse porque no pertenece a ninguno de los grupos que sufren o han sufrido persecución y odio. Y, sin embargo, usted comparte el mismo mundo, o acaso el mismo bus, y hay siempre una tarea o un deber que lo está esperando. Con su prójimo, con la patria, con el gobierno, con la ley...y estos deberes no son necesariamente los mismos.

A veces la tarea requiere sacrificio personal y riesgo, y entonces usted camina hacia adelante y se encuentra con su destino, lo cual no significa que usted tenga que asumirlo. Significa solamente que usted va a saber exactamente en qué mundo está viviendo y quién es usted de veras.

Me parece que el rabino de Berkeley nos decía que uno no ejercita la libertad solamente haciendo lo que uno quiere. La cobardía, por ejemplo, no es un ejercicio de la libertad. Pero cuando usted acepta la tarea que el destino ha puesto delante de usted, emtonces usted se convierte en una persona libre. Quizás, aseveraba, el único ejercicio de la libertad consiste en hacer de inmediato lo que usted siente que debe hacer.

Puede ocurrir en Munich, en Santiago de Chile, en Buenos Aires, en Lima, en Arkansas, en Miami, en cualquier lado y momento en que por cualquier razón se odie o se torture, se insulte o se persiga, se encarcele o se asesine, a alguien que viene al costado de usted, sentado dentro del mismo mundo. Ayer o mañana, le va a ocurrirle porque a usted como a mí, y a él como a ella, Alguien, que nunca nos pierde de vista, ya nos ha señalado una tarea.

-!Estúpida!...!Y se te ocurre decírmelo a estas horas!

El hombre no podía contener la ira, y cuando los hombres de la SS se acercaron a preguntarle por qué armaba tanto escándalo, levantó sus papeles de identidad aria y alemana con la mano derecha mientras seguía gritando:

-!Llévensela! Mi mujer ha olvidado sus papeles otra vez... y yo estoy que me muero de hambre. Ella siempre hace esto... !Ustedes deberían llevársela para que yo vuelva a ser soltero!

Los soldados rieron, hicieron una broma y bajaron del carro. Ya anciana en Estados Unidos, Shoshana Cogan contaba que nunca había vuelto a ver a su benefactor. Ni siquiera supo alguna vez su nombre. Se lo contó a su rabino, a quien le escuché esta historia... En cuanto a usted, ¿está seguro de que nunca ha estado en Munich?

(*) Catedrático en Western Oregon University. 
Se le puede escribir al e-mail: gonzale@wou.edu
Su libro “El Correo Invisible” está a la disposición de los lectores en: http://www.geocities.com/egonzalezviana