NADA MAS SOLITARIO


Por : José Luis Mejía
jlmh@ezperu.com


Cuando la vida me asquea (y, más que la vida, los miserables que la hacen irrespirable), regreso, como lo hace el sacerdote a la Biblia, a los antiguos libros de hombres-humanos que trazaron las líneas maestras de un camino que intento recorrer, aunque a veces me arrastre o me detenga o me quiera devolver por donde vine. En el siglo XIX, González Prada, ciudadano universal, íntegro y consecuente, escribió: "...cada verdad salida de nuestros labios concita un odio implacable, cada paso en línea recta significa un amigo menos. La verdad aísla; no importa: nada más solitario que las cumbres, ni más luminoso...". Tres décadas después, Mariátegui, otro grande, señalaba sobre el escritor: "Los falsos gonzález-pradistas repiten la letra; los verdaderos repiten el espíritu...".

En medio de esas lecturas, me llegan noticias de Chile. Allá en la tierra de Pablo y de Gabriela, donde tengo la alegría de haber cosechado muchas y muy cálidas amistades, hombres honestos luchan contra la corrupción y el delito. 

Resulta que miles de kilómetros al sur de Santiago, en una apacible y próspera ciudad, un lugar limpio, de aire fresco, rodeado de verdes maravillosos, ríos generosos y abundantes; donde llueve, como dicen los lugareños, "trece meses al año", allí también el crimen organizado quiere sentar sus reales. En los últimos años, los hombres y mujeres trabajadores, han visto con horror e indignación cómo el narcotráfico (uno de los flagelos más infames que maltratan a nuestras naciones) ha ido extendiendo sus tentáculos, apoderándose de cientos de jóvenes confundidos y creando una serie de organizaciones de fachada que permiten el blanqueo del dinero mal habido. 

Hasta allí, ninguna novedad. Casi todos los pueblos del mundo tienen que luchar contra los traficantes de estupefacientes (eso hasta que los países productores, mayormente de América del Sur, tomen la audaz y valiente decisión de legalizar las drogas y cambien los helicópteros, los fusiles y los hierbicidas por educación y trabajo) y el dinero, que todo lo prostituye, colma las arcas de los delincuentes y hace infinitamente desigual la pelea. 

Lo común, lamentablemente, es que la corrupción vaya creciendo como la hidra mitológica y por cada cabeza que se le corta, aparecen dos. Como la malahierba que va tomando los fértiles campos de cultivo o como la enredadera aquella que se caracteriza por trepar en grandes árboles y estrangularlos hasta dejarlos en pie, pero muertos; así, el narcotráfico va matando a la sociedad de la raíz a las ramas, porque los niños y los jóvenes son sus primeras víctimas mientras las autoridades se convierten en comparsas y cómplices. 

Allá en el sur de Chile, el crimen quiere adueñarse de todo y no tiene límites para arrasar con quien se oponga a su avance. Tiempo atrás, un valiente fiscal enfrentó las felonías de la mafia local y sólo consiguió que el mismo sistema se alzara en su contra (esa historia, dura y dolorosa, se convertirá algún día en un libro sea modelo de dignidad y decencia).

Los años pasaron. Los grandes delincuentes se sintieron cada vez más seguros y se mostraban, sin vergüenza alguna, por toda la población. El cobijo que brinda la impunidad les permite pasearse por las calles como queriendo compensar con su arrogancia y su descaro el inmenso repudio y el asco de la gente decente. Finalmente, uno de estos malhechores, mató a sangre fría a un humilde muchacho, con el desparpajo de quienes las tienen todas consigo porque saben que su dinero compra voluntades y conciencias.

El escándalo fue tal que el asesino dio con sus huesos en la cárcel. Pero una resolución judicial le devolvió la libertad, sólo tres meses después de cometido el crimen. La población se indignó y salió a las calles, protestando pacífica pero enérgicamente, de una manera nunca antes vista en el lugar. Los que marcharon fueron "gente de a pie", habitantes sencillos y dignos, hombres libres que se sentían humillados y ofendidos, que no comprenden (ni van a tolerar más) la celeridad del sistema judicial para liberar y exculpar a un criminal mientras que en las cárceles se pudren humildes pobladores por delitos menores. 

Frente a este panorama, un honrado fiscal judicial (el mismo de la historia que algún día marcará a los culpables) levantó su voz de protesta. Decidió, de oficio, como debieran hacerlo siempre los que administran justicia, actuar para restablecer el vapuleado orden moral y judicial de su zona. Su actitud fue asumida y respaldada enseguida por un influyente senador nacional, que consiguió remecer las conciencias del poder central, restituyendo el honor y prestigio a las tan cuestionadas funciones parlamentarias. 

Hoy he sabido que los tribunales han decidido echar pie atrás en su primitiva decisión y devolver (¿por cuánto tiempo?) al criminal al lugar donde pertenece. Me pregunto si esto hubiese sido posible de no mediar la conducta de los leales servidores públicos sobre los cuales las amenazas del crimen organizado, que no son pocas, no han hecho mella. 

Pero, claro, acá no acaba la historia. La tardía reacción de una Corte cuestionada frente al escándalo nacional no es ningún signo de mejora, es sólo una muestra de temor. El bienestar de nuestros pueblos (porque la corrupción es una lacra universal que afecta siempre a los más débiles dentro de la sociedad) será producto de largas luchas que emprendan esos hombres íntegros que entregan sus fuerzas por la salvación moral de la humanidad. El camino es difícil. El crimen tiene el poder nefasto que otorga el dinero. Los canallas todo lo compran, todo lo prostituyen, todo lo malogran; y cuando encuentran voluntades que no se rinden al dinero ni a la extorsión, recurren a la violencia, esa lógica de los cobardes.

Se ha ganado una batalla, pero solo siendo indesmayables se obtendrá la victoria definitiva.

Ignoro si allá, al sur de Sur, alguien ha leído a González Prada; pero sé que existe un hombre (y existe un pueblo) que ha hecho carne su palabra y que vive empeñado en alcanzar esa cumbre luminosa, a veces solitaria, donde brilla la Verdad.

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