Por: Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
-¡Vendedor, que se me muere mi alba en flor!
¡Sin pañales mi lucero!
¡Y sin manta abrigadora,
temblando tú, Buen Amor!
Rafael Alberti.
POETICA LECCION DE AMOR
Las fiestas navideñas son, por múltiples razones, una de las más arraigadas en la tradición
poética española. El nacimiento del Hijo de Dios es motivo más que suficiente para que la
poesía -culta o popular- “se haga niña”, como dijera en alguna ocasión Gerardo Diego. Pero este
Niño recién nacido -hijo también de mujer- viene al mundo rodeado de extrema pobreza y en las
difíciles circunstancias que todos conocemos. Y es precisamente este rasgo tan “humano” del
Niño Dios lo que hace que el alma popular se sienta especialmente atraída hacia el divino
misterio y que conmemore con gozo el acontecimiento año tras año, con su emotiva carga de
costumbres y tradiciones y su carácter entrañablemente familiar. No es de extrañar que, si el
pueblo celebra con alegres canciones y bailes el nacimiento de cualquier niño, cante también
con júbilo a este recién nacido, Hijo de Dios, pero que -como cualquier niño- llora, duerme
acunado por su madre y recibe, junto con el oro de reyes, los humildes regalos de unos pastores.
Y si al Niño cantaron ángeles y pastores, al correr de los siglos por poetas cultos y populares le
han ofrecido también sus creaciones: letrillas, canciones y villancicos de éstos, antiquísima
tradición popular recogida en múltiples ocasiones por aquellos: recordemos en España al
marqués de Santillana, Lope de Vega, Góngora... hasta llegar a los más inmediatos: Gerardo
Diego, Federico Muelas, Rafael Alberti... Naturalmente, el tratamiento del tema difiere según las
épocas y los autores: mientras unos han centrado su atención en el aspecto estrictamente
religioso, otros -los más apegados, sin duda, al sentimiento popular- han preferido “humanizar”
el divino misterio, continuando -y recreando- la tradición popular.
Por encima de externas conmemoraciones mundanas, la Navidad dentro del cristianismo es un
hecho trascendental y permanente, que siempre empieza y nunca termina.
Poética lección de amor.
Perseguido, acorralado, sobre puertas que no se abren, frente al frío y la incomodidad nace un
Niño. Se inclinan sobre su cuerpo pequeño una mula y un buey, aperos de trabajo de cualquier
campesino. Así empieza una vida. Luego, vendrán, confundidos, pastores y reyes. Depositarán a
sus pies, oro, incienso... como una ofrenda auténtica de la ambición y el orgullo.
Entre matanzas de niños inocentes, huirá por caminos de palmeras, perseguido por soldados y
lanzas de centinelas. Crecerá en el taller de un carpintero y escogerá sus amigos entre pescadores
humildes. Sin atender la enseñanza de leyes injustas, explicará las suyas con palabras de amor y
perdón. Y al final, escarnecido, humillado y apaleado, será condenado a morir en una cruz
dentro de un Estado de Derecho.
Cuando el hijo del hombre surgió sobre la vida y el mundo, latía un Estado jurídico en
apariencia perfectamente constituido, el Derecho Romano de entonces es hoy todavía base en el
armazón de todas las leyes.
Sobre aquel mundo de ricos y pobres, de zonas de influencia política, de vandalismo y de
cultura, con tantos puntos de semejanza aún en el paso de los siglos con este mundo que hoy no
ha tocado vivir, se alza la voz de aquel Niño para defender a los pobres contra los abusos de los
poderosos, para perdonar a la Magdalena, para echar a latigazos a los mercaderes del Templo.
Eso supone romper un orden establecido y ponerse de frente a los que defienden ese orden. Y al
final, aquel Niño que nace desnudo sobre las pajas de un pesebre, escarnecido, humillado y
apaleado, será condenado a morir en una cruz.
Dios está desnudo, había dicho Séneca. Para nacer y morir como hombre, Dios está desnudo.
Sobre la cuna del pesebre al nacer como sobre la cruz al morir. Ante los hombres de buena fe, de
buena voluntad, Dios está desnudo, como niño como hombre, nace y muere, humanamente y
divinamente desnudo.
Así lo entiende Lope, en este maravilloso villancico: “No se dejaba mirar / envuelto en nubes y
velos: / ahora en pajas y hielos / se deja ver y tocar”. Porque en su corazón de niño, de hombre
-de poeta-, ha latido esa poética lección de amor del nacimiento de un niño desnudo. Y en su
carne, en su cuerpo vivo, se estremece, por ello, de alegría.
“La vida es un soplo”, en efecto. La vida nació para los hombres, de este soplo divino. Lo que
tiene la vida humana de divino es este soplo, este aire, este movimiento de amor, que desde el
sol y las estrellas al mínimo corazón humano, repercute en nuestro cuerpo vivo, en nuestra carne,
haciéndola temblar, estremecer de alegría en la desnudez de este Niño. Hasta los huesos se nos
ríen, en esta alegría viva de Navidad. En la que volveremos a cantar aquel villancico que
aprendimos en nuestra infancia: “Gloria a Dios en las alturas / y en la tierra, al hombre, paz; / así
los ángeles cantan / de Belén en el portal”.
Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
e-mail: pazylibertad@arrakis.es
En Navidad:
Paz y libertad.
Aviso: Se ruega a los poetas que participen en el IV Festival Poético por la Paz y la Libertad,
cuya convocatoria figura en la URL: http://www.arrakis.es/~aarias/poemaIV.htm
Invitación que se extiende a tod@s l@s niñ@s.
Gracias.