Por: Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
Al sol de la verdad pongo desnuda
mi alma; la verdad es la justicia...”
Miguel Hernández.
JUSTICIA Y ORDEN
Cuando en su libro El enemigo de las leyes, recordaba Barrés la famosa frase de Goethe sobre el
orden y la justicia, dejaba caer sobre la tierra más propicia la breve semilla de un pensamiento
político que pronto habría de florecer y fructificar con exuberante abundancia. La afirmación
goethiana es muy sencilla: “prefiero -decía Goethe- tolerar una injusticia a soportar un
desorden”. Preferir el orden a la justicia ha sido durante todo este siglo lo que pudiéramos llamar
el lema, público o secreto, de todas las políticas conservadoras. El mismo Barrés tomó partido
por la “causa del orden” -como tópicamente se denominó sucesivamente a esa preferencia- y la
defendió entonces con su doctrinarismo nacionalista.
Orden y justicia, utilizados en sentido exclusivamente político, parecería que deberían ser
inseparables. Los políticos profesionales así lo dicen y cuando defienden la “causa del orden” se
dicen defensores de un orden justo. La audacia y osadía del pensamiento goethiano al oponerlos
extremándolos contradictoriamente, porque un breve episodio anecdótico se lo exige, no les
parece, en ningún caso procedente. El orden -piensa el político- es siempre lo primero y su
alteración es injusta. Y si el político es conservador añade: el desorden nunca debe expresar una
causa justa. Sabemos que entre los términos de política y policía no cabe, en su sentido estricto
originario, una profunda diferencia. Y andando el siglo hemos podido observar que es posible
una policía sin política pero no una política sin policía. Así, al parecer, el orden puede existir sin
la justicia pero no la justicia sin el orden.
No es cosa de tratar ahora una lección de derecho público evocando la clásica y siempre repetida
definición tomista sobre el orden justo. Haremos mejor otra cosa. Que será recordar cómo en
nuestro lenguaje habitual solemos añadir a la palabra orden la palabra concierto. Y así decimos
de algo que nos parece muy desordenado no tiene ni orden ni concierto. ¿Pues que añade al
orden o desorden el concierto y el desconcierto? Porque no creemos que sea solamente una
redundancia. Lo ordenado y concertado, lo desordenado y desconcertado, son términos que
aunque se apliquen juntos a una sola realidad designan a ésta aspectos diferentes. Podría hasta
dársenos el caso de que nos pareciera el orden desconcertado y el desorden concertadísimo.
Y pues empezamos coreando a Goethe, el gran burgués, cuya frase anecdótica tuvo tanto alcance
político precisamente, evoquemos a su contemporáneo Beethoven, de temperamento político,
diríamos, tan opuesto al suyo. Algún crítico musical famoso dijo aquello de que las sinfonías
beethovenianas, difíciles de comprender para sus contemporáneos, lo son o lo eran, dificilísimas,
porque nos ofrecen “un orden perfecto bajo un desorden aparente”. Esto es, un orden profundo
bajo un desorden superficial. A primera vista -o primer oído- cualquier forma verdadera de arte
puede causar esa impresión a sus primeros oyentes o espectadores. Un orden perfecto o profundo
bajo un desorden aparente o superficial puede decirse que es en arte, en poesía, en expresión
viva del pensamiento, todo lo que se denomina revolucionario. ¿Sucederá lo mismo en lo
político, en lo social?
La vida y la lógica es sabido que se llevan mal. Y aunque no debe intentarse siquiera meter la
vida en la lógica, sí debe hacerse lo contrario: meter la lógica en la vida. O, como dijéramos,
tratar de ordenarla y concertarla bien. Este “bien” querrá decir “justo”. Preferir, en tal caso, el
orden a la justicia sería tan solo una preferencia temporal, sucesiva: primero el orden y luego la
justicia. Así piensa -y lo dice como Goethe-, el político que decimos conservador, mientras el
llamado revolucionario, nuestro Unamuno, por ejemplo, decía y hacía lo contrario: poner el
orden después de la justicia; pues solamente de lo justo podía sustentarse y sostenerse para él, un
orden verdadero. Y como dijo el poeta León Felipe: “Madres, / madres revolucionarias /
estampad este grito indeleble de justicia / en la frente de vuestros hijos. / Allí donde habéis
puesto siempre vuestros besos más limpios”.
Francisco Arias Solis
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