PALABRAS Y ALGO MAS


Por : Eduardo González Viaña
gonzale@wou.edu


Palabras y algo más

Frente a mi ventana, allá al fondo, casi en el cielo, puede divisarse un volcán azul y rojo llamado Monte Hood, pero aquí, mucho más cerca, hay un bosque de arces, y detrás, otro de pinos, y tras ellos, sobre una breve colina, el panteón de Monmouth al que suelo ir cuando visito mi memoria. Lo edificaron para dormir allí, en el siglo XIX, los pioneros de este pueblo del Lejano Oeste y, aunque no tengo conocencias entre ellos, los cementerios de todo el mundo son uno solo, y el mismo, y en todos vive el mismo y maravilloso recuerdo.

Mis padres duermen en otro lugar del mundo, en Pacasmayo, también sobre una colina pero frente al mar; y las cruces allí remedan una escuadra de barcos navegando en el desierto hacia una noche que no termina jamás. Sin embargo, los suelo visitar en Oregon, cada vez que paso por el pequeño camposanto, porque ellos están allí, aquí y en todas partes, y así lo hice la semana pasada cuando, además, fui a saludar a Juan Vicente Requejo, el querido amigo que la semana pasada súbitamente se fue.

Con ese motivo de su fallecimiento y del “Correo de Salem” que escribí en su memoria, recibí algunos e-mails que imprimí rápidamente, y me llevé a leer a la colina. Se me ocurre, ahora, que también debería compartirlos con ustedes.

Pedro Vásquez Ortega me dice: “La rara afinidad que encuentro contigo se confirma en la forma serena como enfrentas el tema de muerte. Yo también creo en la reencarnación permanente, en el sentido budista de la inter relación de las cosas y de los acontecimientos. En ese sentido, Juan Vicente vive en ti y en todos los que tuvieron la fortuna de conocerlo, y aún en quienes como yo no la tuvimos, pues, como dicen, cuando la hoja de un arbol cae, el universo se estremece.Y tú tienes la suerte de poder cerrar los ojos y revivir cualquiera de los momentos que pasaron juntos, y los que imagines, cuando quieras, siempre.”

José Luis Heraud me hace llegar su confidencia: “Pertenecía a esos peruanos cuya imagen personal no pude conocer,porque estaba haciendo mi propio camino en otras latitudes, pero lo leí y supe que el lapiz en sus manos cumplía un  rito de encantamiento. Lo perdí como persona, pero su espiritu navega entre páginas o infolios, y aguarda que mis ojos perciban, convertido en imágenes, todo lo que su pensamiento y su corazón agruparon en oraciones y frases..”

“Venía, me parece, de esa tierra santa, regada de fantasmas y caballeros, herederos de templarios y de jeques, de shamanes precursores, creadores de la piedra en época de Pachacutec y alfareros, que extraían del viento la arcilla para hacerla eterna. Juan Vicente, como Miguel Hernandez y otros de esa especie, eran viento del pueblo.”


Una lectora que prefiere identificarse como Molly  me cuenta un secreto: “Le cuento un secreto.   Tengo la costumbre de encomendar a Dios  diariamente a mis hermanos varones (las hermanas que recen por su cuenta),  y hace un tiempo descubrí que automaticamente he colocado su nombre entre los de ellos porque me gusta lo que usted escribe.”

“La cuenta ha aumentado en cuanto a nombres de personas por quienes rezo. Hace muy  poco añadí el nombre de mi  hermano Santiago. Aunque no lo conocí, ayer he rezado también por el amigo Juan Vicente. Me gusta su nombre, y me parece una persona por quien es grato rezar.”

“Hola tío”- me escribe Begoña Requejo-  “ese recuerdo tan lindo de sus amigos como tú es una de las cosas que nos hace sentir bien en estos momentos. De hecho nos ha chocado muchísimo perder a nuestro padre tan repentinamente y tan pronto, pero lo gozamos lo suficiente como para aprender todo lo bueno que nos pudo transmitir . Fue un niño como nosotros en los lindos momentos de nuestra niñez y un gran amigo durante toda la vida. Mi  hermano dice que lo que más vamos a extrañar de él va a ser conversar todo el tiempo de tantas y tantas cosas…”

Recuerdo, además,  algunas palabras del Rabino Lawrence Kushner: “Si usted y Dios hubieran sido adversarios, entonces la última palabra sería: “Yo soy Dios. Tú no lo eres.”, o algo peor:
“Yo soy Dios. Tú estás muerto”. Si hubieran sido amigos, “Gracias por tu ayuda. Bienvenido”, pero si, al cabo de tantos años, llegas a comprenderlo como El Uno Infinito del cual tú eres una expresión finita y fugaz, entonces la Palabra sería: “Yo soy Dios. Tú también lo eres. ¿Por qué has tardado tanto?”

Sospecho que a Juan Vicente le habría gustado -!a quién no!- escuchar todas estas confidencias, o quizás ya las ha escuchado. En todo caso, las escribo ahora y las leí en voz alta el otro día, aquí cerca, en la colina de Monmouth, para que todos pudieran escucharme, porque allí estaban todos, y en realidad “estábamos” todos. Porque usted y yo somos ojos, nariz, orejas, tristeza, alegría y manos, pero sobre todo somos un largo dormir bajo la tierra, que ya está sobre nosotros.
Hemos sido hechos de barro y de esperanza, pero más de esperanza, y el barro es lo que duerme. El resto es Dios.

(*) Catedrático en Western Oregon University. 
Se le puede escribir al e-mail: gonzale@wou.edu
Su libro “El Correo Invisible” está a la disposición de los lectores en: http://www.geocities.com/egonzalezviana