EL PARQUE ESPAÑA


Por : José Luis Mejía
jlmh@ezperu.com


Nací cuando la familia vivía en un departamento en la calle Esperanza, en Miraflores; del edificio aquel no tengo el menor recuerdo pues rápidamente, conforme iba mi padre progresando en su carrera, nos mudamos a una amplia casa en San Antonio, pujante barrio miraflorino envuelto hoy en un aura de mediocridad y decadencia irremediable. De aquella residencia, que vio la cúspide y la caída de mi progenitor (esa historia, con nombres y apellidos de granujas y gendarmes, la contaré algún día), tengo fogonazos que no alcanzan a convertirse en recuerdos. Mi vida, esa que administré y espero seguir regentando unos años más, comenzó en el último parque de una urbanización que colindaba con huertas y chacras hacía poco abandonadas. Vista Alegre era, entonces, el extremo suroeste de Surco, uno de los más variados y enormes distritos de la tres veces coronada Ciudad de los Reyes de Lima.

En el parque España aprendí a jugar en "patota", en medio de un montón de chiquillos que pugnaban por hallar un nombre y una voz propia dentro del conglomerado. La casa a la que llegamos no era de estreno. Una familia muy querida en el barrio la habitó antes. Ellos, como luego nosotros, fueron víctimas de un arrendador incomprensivo e insensible que no reparó ni en dificultades económicas ni en crisis financieras cada vez que aumentó la pensión. Eso nos convirtió en los usurpadores. Nos llevaría buenos meses demostrar que nada teníamos que ver con el desalojo de los Cossio y sólo un tiempo después fuimos admitidos como miembros de la pequeña comunidad. Jimmy, el hijo varón de esa familia, el que se empeñó en hacernos la vida a cuadritos al considerarnos los causantes de su desalojo, se convirtió, con el tiempo y la incontrastable evidencia de las acciones, en uno de esos entrañables amigos que hoy, con el mundo más torcido, la moral maltratada y con los valores en fuga, extrañamos de veras.

Habíamos tres grupos marcados, los "grandes" (con Tuco como el líder indiscutible; Huaraco el cholo recio; los Lamas, gordos amigables que amanecían dando vueltas en el parque forrados en plásticos; Carlos Saavedra; Ofo; Franz y Dieter Taurer; Jimmy y Felixito; todos ellos entre 15 y 17 años), los "medianos" (Javicho, Fernando, Pipi, los Sánchez Moreno, Lolo, y yo; entre los 12 y los 14) y los "chicos" (Danielito, Mauricio y Coco; entre los 8 y los 11). Todos conformábamos un variopinto y heterogéneo grupo que se juntaba los fines de semana para hacer segregar bilis al pobre jardinero, empeñado en lanzarnos fuera de su pasto malcuidado que se deshacía bajo nuestros pies. Sus técnicas disuasivas eran variadas, o nos perseguía furioso tocando el silbato o inundaba los jardines de aguas de regadío o sembraba espinos en medio de nuestras improvisadas canchas que hoy servían para el fulbito, mañana para el beisbol, pasado para la guerra de cervatanas y siempre para jugar bolitas (canicas). Claro, después de un día de riego, todos nos juntábamos por la tarde para librar nuestras guerras de lodo, entonces las infecciones se curaban solas y únicamente la vergonzante varicela podía reternernos en casa.

Yo gocé de la gracia de vivir en barrio. Las vecinas, como en las películas, se visitaban pidiendo esto o aquello prestado y contando chismes. Como en un gran patio delantero, podíamos permanecer hasta altas horas de la noche jugando a la pega o a las escondidas, mundo o canga, sietepecados y matagente. Nuestros padres no se preocupaban si nos sabían en el parque y los secuestradores aún no habían reparado en los beneficios que puede generar llevarse niños distraídos para canjearlos por unos cuantos miles.

A mi padre lo amaban, sobre todo en verano. Llegaba de la oficina antes de caer la tarde, cuando el sol aún quemaba con sus penúltimas brasas, y, en turba, nos acercábamos a él que ya había detenido a una de las tantas carretillas de helados que pasaban a galope rumbo al depósito. "Pidan lo que quieran", decía y Patty siempre escogía Frío Rico, el helado más caro junto a la Copa Esmeralda y los Bombones. Los demás nos conformábamos con un Eskimo (pura fresa), un Jet (vainilla bañada en chocolate), un Buen Humor (de puro cacao), un Bebé (de agua, en sabores de piña y naranja) o el delicioso vasito (de fresa y vainilla, ya inexistente, o el aún sobreviviente y maravilloso de lúcuma y vainilla). Y así, una docena de chiquillos era feliz.

Algo que jamás olvidaré es la época de Navidad. Cuando llegamos, ya era tradición colocar un Nacimiento gigantesco en medio del parque. Al promediar la quincena de diciembre, con todos nosotros de vacaciones, liberados ya de las obligaciones estudiantiles, se agitaba la vida perezosa y amodorrada del Parque España. Los Lamas (la familia más socializadora y entusiasta) sacaban de su depósito las maderas y ramas con las que todos construíamos el establo. Las señoras del barrio sembraban trigo y hacían guirnaldas. Y, una vez construido el recinto, se llenaba con las figuras de yeso que representaban a Maria, José, los Reyes Magos, la vaca, el burro y los carneros. El escuálido y malcrecido pino que allí estaba sembrado se convertía por obra de los adornos y las luces en un impresionante árbol navideño rebozante de regalos (claro, eran cajas vacías, pero se veía hermoso). Es curioso, adornos y figurillas permanecían a la intemperie desde la quincena hasta Bajada de Reyes y jamás supe que ladrón alguno se atreviera a llevarse siquiera un vasito con trigo germinado.

A las cero horas del 25, los cohetones y la polvora tomaban el lugar ante el espanto de todos los perros, entre ellos, el Duque, entrañable compañero de mi infancia, que se escondía bajo la cama de mis padres. Cada quien cenaba en su casa y, como a la una de la madrugada, salíamos al parque a departir un poco. El 31 era más estruendoso, muñecos ardiendo, repletos de cohetecillos y papeles, despedían al año viejo.

No era un paraíso. En esa selva comunal había que demostrar que existíamos o corríamos el riesgo de quedar minimizados. No faltaban ni los abusivos ni los agrandados. Se empezaba a fumar y las revistas prohibidas circulaban como trofeo entre los grandes. Más de una bronca decidió el liderazgo generacional y más de uno llegó a casa con el labio partido, el ojo morado, la ropa estrujada y la autoestima vencida. Sin embargo, nos sentíamos parte de una gran familia y dueños de un todo compartido que nos guarecía.

Tanto, que mi feroz y agresivo individualismo, recibió un baño generoso de sociabilidad, que lucha todavía por librarme de mis Islas solitarias y mis peñas.

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