Por : Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
“Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere,
y otra España que bosteza.”
Antonio Machado.
EN AQUEL PAIS LA PALABRA FUTURO
ERA UNA PALABRA FANTASMAL
Me dicen, me cuentan -y será un decir, será un cuento- que en cierto país
muy cuentista y dicharachero, se prohibieron algunos vocablos o voces; más
justamente, términos del lenguaje que tienden a convertirse en las que
llamó Larra “palabras fantasmas”.
Y una de estas palabras que se prohibieron era la palabra futuro. En aquel
país la palabra futuro era una palabra fantasmal que podía hacerse
peligrosa. Se prohibió la palabra futuro, pero no se prohibió al mismo
tiempo la palabra pasado. Con lo que se hizo cojear el pensamiento. Hablar
de un pasado sin futuro, o a la inversa, es absurda cosa. ¿Cómo le
preguntamos al río a dónde va, si tampoco le preguntamos de dónde
viene? Y “nuestras vidas son los ríos”, como cantó el poeta, nuestro
Manrique, al descubrir la circulación de la sangre del tiempo en el
lenguaje lírico de la poesía.
Hubo un país, decía, en que la palabra futuro, palabra fantasmal,
convertida en un espantapájaros o espanta pensamientos, se quiso excluir,
desterrar del lenguaje, como algo extremadamente peligroso. Pero al mismo
tiempo no se excluía, ni desterraba la palabra fantasmal, de pasado.
Vivían en este país del cuento, unas gentes o seres, para quienes el
tiempo solo es presente o presencia. En aquel país donde la palabra
fantasmal futuro, el término futuro se hacía lindero, cerca alambrada, límite,
frontera cerrada para todos pero especialmente para los inmigrantes,
considerando peligroso, peligrosísimo el intento de traspasarla, se quiso
detener el tiempo de ese modo, como la circulación por las calles, con ánimo
de ordenación y regulación adecuada a su movimiento; pero prolongando
tanto sus “éxtasis” o “paradas”, que, al parecer, se llegaba a
paralizarlo.
Pues en este país que digo, las gentes no sabían del todo si soñaban
porque vivían o vivían porque soñaban. Y eran tantas sus “ínfulas”
de sueño que, efectivamente, se inflaban y desinflaban viviendo o soñando;
como aquel otro “hombre globo” del que, como de la palabra fantasma,
nos habló Larra, el “pobrecito hablador” Larra.
¡Y cuántos pobrecitos habladores de aquel país, fantaseando o
fantasmatizando palabras que pasaron su vida soñando de ese modo
“global”, diríamos, al hombre mismo; inflándolo o hinchándolo, o
desinchándolo de todo! Lo que no es poco trabajo, como decía el loco del
cuento cervantino: “¡Se figuran vuesas mercedes que es poco trabajo
hinchar un perro!”. Y más si es de palabras vanas o vacías.
La palabra futuro fue prohibida en el maravilloso país, extasiado de
hermosura espacial que creía eterna: fuera del tiempo, fuera de la
historia. Pero éstos, el tiempo, la historia, siguieron pasando, paseando
por aquel país como turistas admirados o distraídos. Y un día, trajeron
un terrible monstruo sin nombre, monstruo devorador de todo: de la vida,
del tiempo, de la historia... Monstruo innominado que todo lo destruía. -¿Cómo,
cómo se llama ese monstruo?- preguntaban sus víctimas inocentes,
aquellos habitantes extasiados, maravillados de eternidad, en su país de
cuento. ¿Cuál es su nombre? Pero solamente pudieron ver un dedo inmenso,
un índice también fantasmal, enmudeciendo con su gesto sobre los labios
la que llamara Víctor Hugo “boca de la sombra”. Y se dijeron a sí
mismos: ¡Chitón! Su nombre es un nombre prohibido.
No sé si aquel país de los chitones se parece o no a España. Pero
releyendo a Galdós, encuentro este párrafo significativo: “Soy la
expresión de esa España dormida, beatífica, que se goza en ser juguete
de los sucesos y en nada se mete con tal de que la dejen comer tranquila;
que no anda, que nada espera, y vive en la ilusión del presente, con una
vara florecida en la mano; que se somete a todo el que la quiere mandar,
venga de donde viniere...”
Francisco Arias Solis
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