Por: Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
“No se dejaba mirar,
envuelto en nubes y velos,
ahora en pajas y hielos
se deja ver y tocar,
como mira a los que son
la causa por quien suspira
con unos ojuelos mira,
que penetra el corazón.”
Lope de Vega.
EN ESTA ALEGRIA VIVA DE NAVIDAD
La Navidad dentro del cristianismo es un hecho trascendental y permanente que
siempre empieza y nunca termina. Poética lección de amor. En estas fechas
entrañables queremos recordar que perseguido, acorralado, sobre puertas que no
se abren frente al frío y la incomodidad nace un niño desnudo sobre las pajas
de un pesebre, entre las ruinas de un portal.
Así empieza una vida.
Cuando nacía aquel niño que “con unos ojuelos mira, que penetra el corazón”,
latía un Estado Jurídico en apariencia perfectamente constituido. Sobre aquel
mundo de ricos y pobres, de capitalistas y menestrales, de zonas de influencia
política, de vandalismo y de cultura, con tantos puntos de semejanza aún en el
paso de dos milenios con este mundo que hoy nos ha tocado vivir, se alzó la voz
de aquel niño para defender a los pobres, para perdonar a la Magdalena, para
echar a latigazos a los mercaderes del Templo.
Hermes es el dios que se afirma en una infancia permanente, en la brisa del alba
anunciadora, como mensajero del día. Así nos aparecen también herméticos el
anuncio angélico a la niña virgen y madre: y en la medianoche de Belén, la
anunciadora presencia alada.
“Siguiendo el dictamen del aire que lo dibuja” en los cielos, estamos ante
Lope, poeta hermético y cristiano de los nacimientos: del nacimiento de la fe y
del nacimiento de la poesía.
La gloria del nacimiento constante de la poesía se une en Lope con la del
nacimiento del Dios nuevo, herméticamente niño también, vivo y desnudo.
Es un niño que Lope canta, un niño que tiene frío y sueño, que “llora de
amor”, pero con lágrimas de niño, y al que Lope consuela y mece con
canciones de cuna que hubiera podido cantar a sus propios hijos. No sin misterio
incluyó en Los Pastores estos versos: “No se dejaba mirar / envuelto en nubes
y velos; / ahora en pajas y hielos / se deja ver y tocar”.
Lope toca realmente al Niño, le acaricia. La inmensa ternura que sintió por la
infancia consigue en estos versos de Los Pastores su más fina expresión poética;
Lope prestó a María, madre, pero también niña, palabras de sus propios
sentimientos paternales.
El hijo del hombre, humanado, encarnado por el amor, “se deja ver y tocar”
gracias a esta poesía, encarnación verbal, a su vez, del amor divino, que, por
serlo, tan humanamente se expresa: tan divinamente.
Esta poesía de risas y lágrimas, tiene encanto y frescura de infancia, y es,
como la infancia, una promesa inconcreta. Hermetismo cristiano y poesía hermética,
es esta coincidencia celeste en la que arde la niñez de una vida nueva, en esta
misteriosa vida, en la que hay que ser o hacerse como los niños para poder
entrar en el reino de los cielos; como niños recién nacidos.
Y ésta es la fuerza hermética de la poesía, la fuerza de un niño. Esta poesía
de Lope, tan fuerte y sencillamente infantil, con su encanto y frescura de
infancia, se nos aparece, como expresión viva de la gracia: ardiente niña de
nueva vida.
“Dios está desnudo”, había dicho Séneca. Para nacer y morir como hombre,
Dios está desnudo.
Sobre la cuna del pesebre al nacer como sobre la cruz al morir. Ante los hombres
de buena fe, de buena voluntad, “Dios está desnudo”, como niño y como
hombre, nace y muere, humanamente y divinamente, desnudo.
Así lo entiende Lope. Y en su carne, en su cuerpo vivo, se estremece, por ello,
de alegría. Porque en su corazón de niño, de hombre, de poeta, ha latido este
sentimiento de puro amor.
“La vida es un soplo”, en efecto. La vida nació para los hombres, de este
soplo divino. Lo que tiene la vida humana de divino es este soplo, este aire,
este movimiento de amor, que desde el sol y las estrellas al mínimo corazón
humano, repercute en nuestro cuerpo vivo, en nuestra carne, haciéndola temblar,
estremecer de alegría en la desnudez de este Niño. Hasta los huesos se nos ríen,
en esta alegría viva de la Navidad.
Francisco Arias Solis
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