Un progreso para el siglo XXI


Por : Diego Cruz
diegocruz1@mi.madritel.es


A estas alturas cualquiera sabe que apenas somos un parpadeo en los ojos de la vida, y desde esa pequeña reflexión ya se nos anuncia el tono de brevedad con el que está envuelta nuestra propia existencia. Es por ello que semejante idea debería ser un punto común muy a tener en cuenta, y desde esa ubicación de exigua permanencia, frecuentar más el ámbito civilizado de la compartida empatía y el gesto razonable. Hacer, en definitiva, una labor de generosidad o vida buena, basada en la ética y en los principios más universales, para de esta manera intentar dotar a nuestra civilización de un significado rico en experiencia y contenidos, puesto que ello redundará de manera más exquisita en los continuos relevos generacionales que se han producido y, esperemos, lo seguirán haciendo.

    Los hombres y mujeres que actualmente habitamos éste mundo, deberíamos aprender de anteriores errores en la acción y en el comportamiento, puesto que ello, en cierta medida, nos libraría muy mucho de volver a repetirlos. Y, sin embargo, con esa tozudez que parece acompañarnos tan de antiguo, volvermos a caer una y otra vez en las mismas erróneas pretensiones, que siempre llevan un malévolo condimento de desmedida particularidad que glosa al egoismo.

    Hoy, pues, es necesario enarbolar la bandera del mestizaje cultural, construyendo así un horizonte de idealidad que vaya de la utopía hacia la práctica. Dotar al corazón de un himno capaz y solidario, puesto que toda injusticia social es una lacra de obligada extinción, en el supuesto de que aún mantengamos con cierta magnitud de integridad el compendio de nuestras conciencias.

    En estos momentos estamos asistiendo a un problema que, por macabramente repetitivo, no por ello debe dejar de ser actualidad dentro de nuestra tarea reflexiva. Es la acción de asesinar, impulsados por el cuestionable vigor de unos ideales; pero que, de poco razonables, vienen a ser, más bien, un lastre de férreo y anacrónico fanatismo.

    El que llega a asesinar, amparado tras el subterfugio de unas siglas, no nuestra sino una debilidad brutal de raciocinio, la cual brota de aminorar a base de un comportamiento radical que no admite ni consiente otra respuesta. El lema, pues, "conmigo o contra mí", toma así plena vigencia, y por esa válvula de escape tal vez se nivelan o camuflan todas las carencias de civismo y humanidad abrumadoramente ausentes.

    El terrorismo, por ende, se ha convertido en un cáncer atroz por cuyos zarpazos se extiende hoy la más triste de las amenazas. Cualquier ciudadano, en definitiva, de la más diversa condición o ideología, no está exento de ser la próxima víctima de éste fascismo alucinado. Por lo cual, desde un talante abierto y solidario, no tenemos por menos que seguir manifestando nuestra más rotunda repulsa ante estos asesinatoa que, por encima de todo, ponen un fin irreversible a muchas y sucesivas vidas humanas.

    Dados los tiempos en que estamos, el progreso por el que debemos apostar; aparte del que va implícito en todos y cada uno de los procesos tecnológicos, también, y sobre todo, debe ser humano. Progreso global y humano que, como he dicho anteriormente, vaya tintado de una empatía; de una disposición a la solidaridad y al debate de ideas dentro de un marco común verdaderamente democrático; del respeto por el prójimo; de la ilusión por mermar entre todos cualquier brote de obcecación o salvajismo que mucho tiene que ver con ese afán o intención que a muchos les asalta algunas veces de ser, o creerse, los dueños y señores del cortijo. Porque el metafórico cortijo no tiene una propiedad primordial ni corresponde a la finita parte de una particularidad siempre enamorada de si misma. El mal llamado cortijo, interpretado así por la forma de proceder de algunos fanáticos al uso, no es ni más ni menos que una patria común mancomunada, ubiación donde es rotundamente exigible un sitio para todos, porque esa aspiración lleva implícito un coraje dentro de las raíces del comportamiento, así como una altura moral que sí merece la secundación y el fiel respeto.

    Nada justifica, por tanto, la finalización de una vida humana por las bravas. Y no lo justifica porque, tras la vil ejecución, sólo se pone de manifiesto una cobardía suprema del ejecutor intentando zarandear y grabar su dentellada en el profundo sentimiento ajeno. Pero ese sentir no doblega en su rabia contenida, y se ensancha y palpa así las raíces minerales de lo humano, con lo cual el agresor lleva implícito, desde el mismo inicio de la acción, su más rotundo fracaso, cuyo entramado también apelará a su deterioro moral y de conciencia.

    ¡Ay, si mi palabra; nuestras palabras, valiesen lo que sus pistolas! Y de hecho lo han de valer, por encima de ellas, aunque nada más sea para habitar el compendio mas noble, donde habitan los sueños, que siempre serán inextinguibles pese a aplicarles el uso de la fuerza. La palabra; ese nexo común, varadero de gesto y de lenguaje donde, del corazón al acto, trazamos nuestro más sublime y alegre recorrido. La palabra, como himno común, solidario, anchamente hermanado, conscientes de que por el trayecto existencial ha de fluir un hontanar de creatividad y convencimiento, nunca una gélida frontera insalvable de vencedores y vencidos; jamás un odio al que en esencia es semejante, sino, un acercamiento, una convivencia llevando a la práctica la significación misma de la palabra; esto es, con-vivir: vivir con otros. De ahí debe partir el serio progreso para el siglo XXI...