Por : Diego Cruz
diegocruz1@mi.madritel.es
A estas alturas cualquiera sabe que apenas somos un
parpadeo en los ojos de la vida, y desde esa pequeña reflexión ya se nos
anuncia el tono de brevedad con el que está envuelta nuestra propia
existencia. Es por ello que semejante idea debería ser un punto común
muy a tener en cuenta, y desde esa ubicación de exigua permanencia,
frecuentar más el ámbito civilizado de la compartida empatía y el gesto
razonable. Hacer, en definitiva, una labor de generosidad o vida buena,
basada en la ética y en los principios más universales, para de esta
manera intentar dotar a nuestra civilización de un significado rico en
experiencia y contenidos, puesto que ello redundará de manera más
exquisita en los continuos relevos generacionales que se han producido y,
esperemos, lo seguirán haciendo.
Los hombres y mujeres que actualmente habitamos éste
mundo, deberíamos aprender de anteriores errores en la acción y en el
comportamiento, puesto que ello, en cierta medida, nos libraría muy mucho
de volver a repetirlos. Y, sin embargo, con esa tozudez que parece acompañarnos
tan de antiguo, volvermos a caer una y otra vez en las mismas erróneas
pretensiones, que siempre llevan un malévolo condimento de desmedida
particularidad que glosa al egoismo.
Hoy, pues, es necesario enarbolar la bandera del
mestizaje cultural, construyendo así un horizonte de idealidad que vaya
de la utopía hacia la práctica. Dotar al corazón de un himno capaz y
solidario, puesto que toda injusticia social es una lacra de obligada
extinción, en el supuesto de que aún mantengamos con cierta magnitud de
integridad el compendio de nuestras conciencias.
En estos momentos estamos asistiendo a un problema que,
por macabramente repetitivo, no por ello debe dejar de ser actualidad
dentro de nuestra tarea reflexiva. Es la acción de asesinar, impulsados
por el cuestionable vigor de unos ideales; pero que, de poco razonables,
vienen a ser, más bien, un lastre de férreo y anacrónico fanatismo.
El que llega a asesinar, amparado tras el subterfugio
de unas siglas, no nuestra sino una debilidad brutal de raciocinio, la
cual brota de aminorar a base de un comportamiento radical que no admite
ni consiente otra respuesta. El lema, pues, "conmigo o contra mí",
toma así plena vigencia, y por esa válvula de escape tal vez se nivelan
o camuflan todas las carencias de civismo y humanidad abrumadoramente
ausentes.
El terrorismo, por ende, se ha convertido en un cáncer
atroz por cuyos zarpazos se extiende hoy la más triste de las amenazas.
Cualquier ciudadano, en definitiva, de la más diversa condición o
ideología, no está exento de ser la próxima víctima de éste fascismo
alucinado. Por lo cual, desde un talante abierto y solidario, no tenemos
por menos que seguir manifestando nuestra más rotunda repulsa ante estos
asesinatoa que, por encima de todo, ponen un fin irreversible a muchas y
sucesivas vidas humanas.
Dados los tiempos en que estamos, el progreso por el
que debemos apostar; aparte del que va implícito en todos y cada uno de
los procesos tecnológicos, también, y sobre todo, debe ser humano.
Progreso global y humano que, como he dicho anteriormente, vaya tintado de
una empatía; de una disposición a la solidaridad y al debate de ideas
dentro de un marco común verdaderamente democrático; del respeto por el
prójimo; de la ilusión por mermar entre todos cualquier brote de
obcecación o salvajismo que mucho tiene que ver con ese afán o intención
que a muchos les asalta algunas veces de ser, o creerse, los dueños y señores
del cortijo. Porque el metafórico cortijo no tiene una propiedad
primordial ni corresponde a la finita parte de una particularidad siempre
enamorada de si misma. El mal llamado cortijo, interpretado así por la
forma de proceder de algunos fanáticos al uso, no es ni más ni menos que
una patria común mancomunada, ubiación donde es rotundamente exigible un
sitio para todos, porque esa aspiración lleva implícito un coraje dentro
de las raíces del comportamiento, así como una altura moral que sí
merece la secundación y el fiel respeto.
Nada justifica, por tanto, la finalización de una vida
humana por las bravas. Y no lo justifica porque, tras la vil ejecución, sólo
se pone de manifiesto una cobardía suprema del ejecutor intentando
zarandear y grabar su dentellada en el profundo sentimiento ajeno. Pero
ese sentir no doblega en su rabia contenida, y se ensancha y palpa así
las raíces minerales de lo humano, con lo cual el agresor lleva implícito,
desde el mismo inicio de la acción, su más rotundo fracaso, cuyo
entramado también apelará a su deterioro moral y de conciencia.
¡Ay, si mi palabra; nuestras palabras, valiesen lo que
sus pistolas! Y de hecho lo han de valer, por encima de ellas, aunque nada
más sea para habitar el compendio mas noble, donde habitan los sueños,
que siempre serán inextinguibles pese a aplicarles el uso de la fuerza.
La palabra; ese nexo común, varadero de gesto y de lenguaje donde, del
corazón al acto, trazamos nuestro más sublime y alegre recorrido. La
palabra, como himno común, solidario, anchamente hermanado, conscientes
de que por el trayecto existencial ha de fluir un hontanar de creatividad
y convencimiento, nunca una gélida frontera insalvable de vencedores y
vencidos; jamás un odio al que en esencia es semejante, sino, un
acercamiento, una convivencia llevando a la práctica la significación
misma de la palabra; esto es, con-vivir: vivir con otros. De ahí debe
partir el serio progreso para el siglo XXI...