QUIEN NO ACUSA, NUNCA GANA UNA CAUSA


Por: Mariano Arnal
edilxx@infonegocio.com


Está claro que quien quiera adquirir para sí lo que tiene otro, antes tiene que acusarle de que no es legítimo poseedor, sino que lo adquirió abusivamente y por tanto el acusador está legitimado para reivindicar la cosa por cualesquiera medios que tenga a su alcance. Los griegos a eso lo llamaban algo así como “categorizar”, un compuesto de ágora, que es el equivalente del foro romano, lugares ambos en que se celebraban los juicios, de donde nuestros conceptos de forense, foral, fuero y desafuero. Y la expresión popular de “Menos fueros” y análogas, cuando se le suben a uno los humos. Esta es la vertiente latina, pero la griega se mueve en un plano que Aristíteles elevó a metafísico: el de las categorías. Quien quiere estar por encima de otro, tiene que recurrir al truco de evitar que se confundan los buenos y los malos, y que en cada una de estas divisiones se distingan también las categorías de los buenísimos, u óptimos, a los que los griegos llamaban áristoi (de ahí nace todo género de aristocracia); la categoría algo inferior de los muy buenos; y la más multitudinaria, demótica que dirían los griegos (en oposición a los plebeyos, conocidos entre ellos como laós, del que obtendremos nuestros adjetivos “laico” y “lego”, ¡qué cosas!); y la categoría de los simplemente buenos: no está nada claro que no tenga nada que ver con este significado, o acaso con la divinidad, el nombre de godo. Los malos también tienen sus categorías, incluidas todas ellas en el concepto tan romano de inimicus, que no era, por supuesto, el que iba contra ellos y les atacaba, sino el desventurado in amicus, es decir el que no tenía la fortuna de ser amicus et socius de los romanos. En este saco estaban todos los que no eran ellos, es decir “los otros (tan bien expresado por el Sinn Fein = Nosotros Solos)”. Pertenecer a la categoría de los otros es el primer gran baldón del que es encerrado en el mundo de las categorías. Por supuesto que en la categoría de “los otros”, es decir de los malos, los hay simplemente malos, los que no son de los nuestros, legítimo objetivo del ataque de los buenos; los hay peores, que son aquellos a quienes los malos eligen para que los representen (este es el peor delito de los malos, haber elegido mal cuando tenían resplandeciendo el bien ante sus ojos, y sin embargo se inclinaron al mal); y los pésimos, aquellos que persiguen y encarcelan y matan a los buenos. Una vez etiquetado cada uno según su categoría, las cosas son mucho más fáciles. Todo el mundo sabe quién es quién, y a partir de ahí sabes perfectamente si haces bien o si haces mal. Según a quién le hagas las cosas, estarán bien o mal hechas. Si haces el bien a los tuyos, haces bien; si se lo haces a alguno de “los otros”, haces mal. Si haces el mal a alguno de los tuyos, haces mal; si se lo haces a alguno de los otros, haces bien. Todo es cuestión de saber distinguir a cada uno según su categoría, y actuar en consecuencia. ¿Y esto sólo porque sí? No, no, se trata de expoliar a una parte de nuestros vecinos y alzarnos con el expolio. Pero es preciso no hacerlo indiscriminadamente, para lo cual es imprescindible discriminar: la mejor manera, incriminando, acusando, categorizando, que dirían los griegos, es decir acusando, o estableciendo categorías, que decimos nosotros, dejándonos enredar en metafísicas aristotélicas.



EL ALMANAQUE, siguiendo el hilo que salió ayer del ovillo de la denominación, se ocupa hoy de algo tan contrario a la igualdad como son las categorías; muy útiles aplicadas a las cosas, pero inquietantes si se aplican a las personas.



NÓMINA RERUM

CATEGORÍA



Es una palabra bifurcada desde el primer momento: el verbo griego del que la hemos obtenido, tiene por una parte el significado de acusar, y por otra el de distinguir por el procedimiento de decir en voz alta, anunciar. Es evidente que la palabra categoría nació con significado negativo, contaminada por su otro significado, la acusación. Con el tiempo se neutralizó, significando tanto la buena como la mala; hasta que como la suerte, y la fortuna, que en principio eran indistintamente buenas o malas, quedaron en exclusiva para lo bueno. Lo que no tiene éxito se desprecia, y ni siquiera merece nombre ni adjetivo. La fama, la suerte, la fortuna, la categoría, si no se especifica, es que son buenas.



Derivados de agora (ágora), que es la asamblea y es la plaza donde se celebran los juicios (es la asamblea la que da nombre a la plaza), tenemos en primer lugar el verbo agoreuw (agoréuo), que significa hablar en la asamblea, hablar en público, anunciar, etc. Al añadirle el prefijo kata (katá), cuyo significado evoluciona a partir de “hacia abajo” hasta llegar a “contra”, que es el que tiene en este caso, nos da katagoreuw (katagoréuo), que significa decir en público, en la asamblea, decir con fuerza, acusar, denunciar. Es una forma poco frecuente que cede el espacio a kathgorew (kategoréo) especializado ya en el significado de hablar contra alguien, acusar. Su opuesto natural es apologew (apologuéo), del que procede la apologia(apologuía), que traducimos con el cultismo apología y significa defensa, justificación, etc. Se opone también a eulogew (euloguéo), un escalón más arriba de la apología, y que significa hablar bien, alabar, ensalzar, bendecir. Entre los significados de su sustantivo eulogia (euloguía) está incluso el de limosna; muy por encima de la apología, claro. A partir de aquí se suaviza el significado de acusación para quedarse en destacar, señalar, dar a conocer, revelar, afirmar algo de alguien. Es a partir de esta degradación del significado de donde nace el concepto aristotélico de categoría. Este fenómeno lo tenemos calcado en el verbo latino accusare (acusar), del que deriva el acusativo gramatical. Es precisamente a través de esta degradación como se pasó de la acusación a la categoría. En efecto esta palabra en griego (kathgoria/ categoría) significa en primer lugar acusación; y luego ya, cualquier cosa que se diga de algo, es decir sus características. A partir de aquí, la propia lengua griega se ve obligada a asumir el nuevo valor que le asigna Aristóteles en su metafísica. En ningún momento, sin embargo, alcanza esta palabra ni en griego ni en latín, el significado que actualmente le damos. ¿De dónde procede, pues? Sospecho (es una simple sospecha) que del aura que rodeó siempre a las categorías de Aristóteles, a las que se consideró como el non plus ultra de la abstracción y de la sutileza del pensamiento. San Agustín (354-430), en sus Confesiones, da gracias a Dios porque ya de mozo le concedió entender tan llanamente las categorías de Aristóteles, a la primera lectura, cuando sesudos doctores se devanaban los sesos en su comprensión e interpretación. Alcanzar a las categorías era todo un signo de categoría intelectual. En cualquier caso, a la hora de establecer una gradación de valor de las personas, para que unos estén arriba, otros han de estar abajo. Y cuando alguien no vale por sí mismo, aumenta su categoría no a base de mejorar él, sino rebajando a “los otros” todo lo posible: acusándolos.

Mariano Arnal



NOTA:

Publico cada día una palabrta nueva y algunas cosas más en http://elalmanaque.com; me gustaría que le echasen una mirada por si pudiéramos plantearnos una colaboración fija. Llevamos ya dos años en esta labor

Gracias por su atención.

Mariano Arnal