Por : Diego Cruz
diegocruz1@mi.madritel.es
Ha sido, de nuevo, otro libro leído y terminado,
quien me ha conducido, como tantas otras veces, hasta el jardín de las
palabras. Apenas me faltaban unas páginas, y ya, la propia literatura,
como química infalible, me ha ido inyectando en la sangre esas imparables
y urgentes ganas de escribir. Ultimas páginas leídas con el ansia de
finiquitarlas, de digerirlas rápidas, pese a los parsimoniosos subrayados
o la toma de notas que, a su vez, me han ido ocupando. Y todo, para ir a
otras palabras.
Palabras que uno siente alborear del fondo de si mismo como un lento e
inacabable río del lenguaje, en cuyas orillas, a veces, te sientes
requerido. Un requerimiento continuo, a deshora, altamente sorpresivo, que
se alargará de una manera imprevisible y cuyo final irónico está
siempre por dilucidar.
He comenzado, antes de nada, a disfrutar de esa liturgia consabida,
propia, que uno conoce bien y de la que es y ha sido siempre tan devoto.
Ese amor a los propios símbolos, a las manías, al ritual repetitivo que
se sucede en cada acto. Consiste en elegir la pluma de siempre, cuya
escritura sabemos de antemano que es fácil y rápida, y que nos facilitará
bastante la impresión de nuestra letra, alocada e indomable. Luego, tal
vez, el recrearse en esos folios eminentemente blancos, de vértigo, que
nos producen un miedo atroz si no conseguimos inscribir nada sobre ellos.
Nuestra meta final es desvirgar la página, desposeerla de su perfecta
quietud, llenarla de nosotros, de nuestra torrentera de sentimientos, de
nuestro sentir incesante y por goteo; hacerla completamente nuestra en
medio de un silencio hondo y solidario que, para nosotros, es el lecho
perfecto para semejante acto de amor.
Muchas veces me pregunto de qué parte, o de dónde viene nuestra prosa.
Esa prosa aún no nacida, acaso ni pensada, ni imaginada, tal vez, pero
que sin embargo más tarde será algo así como un hontanar del sentir
tratando de desembocar su lirismo sobre los invisibles márgenes de un
texto. Esa prosa que es un compendio de palabras, corriente arriba por el
caudal de nuestra sangre, trayendo siempre noticias de ese decir profundo
y radical. La prosa insobornable, raíz mineral de los estratos más
profundos, que da a luz, debido a una íntima tensión que sacude las
entrañas.
Las palabras las buscamos y las escribimos porque somos conscientes de que
son asideros perfectos para retardar la muerte. A ellas solemos ir dedicándole
una lectura atenta por entre las páginas de un libro o, movidos por un
grado más alto de osadía, intentando perfilar algún mensaje que se ha
hilvanado en la memoria, para luego dejarlo fluir entre la compañía
hipotética del folio. Pero de una forma u otra, conscientes de nuestra
dramática finitud, lo que hacemos es asirnos como posesos a su contenido,
a su sustancia, a su verdad musical, para de esta forma poder ralentizar y
encumbrar a grado sumo la triste decrepitud de los instantes. Esos
instantes que, sin remedio, se escapan en silencio por los jirones que el
tiempo nos va haciendo en la edad y que, si no fuera por el siempre
bienvenido auxilio de las palabras, muchos perecerían en los barrancos
insondables del olvido. Palabras, pues, para celebrar la alta ironía de
nuestra existencia, tal vez artísticamente literaria, y como tal,
arropada de sueños y mentiras.
¿Cuántas veces no nos hemos valido de las palabras para traer a colación
una miscelánea de tiempo con sabor de infancia?. Nos hemos servido de
ellas como un útil para la regresión mientras caminábamos, a veces con
dificultad, por las galerías de la memoria, para traer hasta nuestro
presente, inmediato y urgente, aquellas briznas de vida, latentes aún en
el fondón de la conciencia, que sin embargo necesitaban la mano tendida
de la escritura para hacérnosla llegar hasta nosotros. Una vez descrito
aquél concreto ámbito, aquella porción de nosotros, aquél paréntesis
de edad por donde fuimos y ya jamás seremos -al menos como antes: nunca
se puede beber dos veces del mismo río.-, lo que sí conseguimos es
inmortalizar un lapso de nuestro existir que ya permanece, de esta forma,
inmutable y para siempre. La vida, sí, triunfando por los derroteros de
la ilusión, sobre la muerte.
Hay palabras, que si no fuera por ellas, o por su contenido esencial donde
va implícito un lírico significado, sería más bien un abismo de la
abstracción del existir cayendo en el gélido y penoso océano de lo anónimo;
de lo no sido, de lo inexistente, del absoluto vacío, de la nada más aséptica,
de la muerte triunfante, de lo no acaecido como rotunda eternidad, del
asesinato más vil de un tiempo sin sustancia. Con ellas dejamos
constancia de un beso lento y dulce, fruta emergiendo de un paréntesis de
labios, en viaje metafísico hasta la posada sinuosa de otra boca. Con
ellas perfilamos la musicalidad de una mirada cuyos ojos profundos son
capaces de crear en los nuestros un aluvión henchido de metáforas. Con
ellas describimos un poético atardecer, almibarado instante, por donde se
trasluce un abanico de tonos que no son, sino, un himno de colores
hipnotizando al horizonte que termina por involucrarse en ellos, hasta
acabar en perfecta fusión, y diluirse. Con ellas podemos viajar por el
aire mermando las distancias, entrar en el fondo de un ser, en las
habitaciones de su intimidad más recóndita, tatuando con nuestro decir
ese lienzo absorbente ubicado en su memoria. Con las palabras, sí,
renacemos de nuevo en cada instante, o morimos menos, o retardamos la
muerte mientras nosotros nos hospedamos en ese oasis esencial donde es
pleno su significado.
No me refiero, claro está, a la palabra oral, rápida farsa, cuyo
resultado es un apresuramiento del lenguaje que luego se desvanece en el
aire como un plagio de humo. No me refiero a ese lenguaje manido,
estereotipado, comercial, hijo de la costumbre, que ya sale apelmazado y
sin significación elemental desde la misma boca. No. No me refiero a esa
palabra; claro que no, puesto que ésta, aun pareciendo la misma, provista
de los mismos signos de la otra a la que me refiero, sin embargo no nos
dice nada importante, ni nos logra impregnar en su absoluto contenido, ni
nos inunda el alma, ni se queda entretejida en las galerías del cerebro.
La palabra que yo imploro, y busco en cada instante, es aquella no
demasiado usada; o que, incluso utilizada a veces, en cada ocasión
irrepetible y suprema, nos suena bien distinta. Busco esa palabra que
transmite, que nos dice, que incluso nos hiere alguna veces porque entra a
tumba abierta en el fondo de nosotros mismos. Esa palabra que entre sus
suaves letras ya lleva implícita una musicalidad especial. Esa palabra
incontaminada, sin dobles sentidos, verídica, alta, poética, lírica,
humana, que nos traspasa mágicamente y se queda, ya, dentro de nosotros,
como parte inseparable de nuestra propia biografía. Esa palabra que es
capaz de grabarnos un sentir, y nos tatúa la piel a la que viene y donde
luego anida. Esa palabra, como bello asidero en donde amarrar y entretener
un poco la existencia, o incluso para imaginarnos que son como malecón de
ensueño, donde rompen las olas líricas de nuestra vida.
Lo cierto es que la palabra llega a convertirse aquí en algo nutritivo,
vitamínico; algo sin lo que nuestro corazón sería incapaz de latir y
nuestra edad, por su carencia, saltaría en pedazos caóticos, síntoma de
un final triste y previsible. Nos arropamos en ellas, nos acurrucamos,
pasamos noches enteras oyendo su cadencia, su ritmo sinuoso, su respiración,
su todo, mientras a veces, si insistimos, ellas son las encargadas de
plasmar en papel un arrebato hondísimo que nos nace de muy adentro, o
nuestra voz interior de auxilio.
Uno se hastía del lenguaje usual, externo, que aun estando en todas
partes, lo rehuimos como un mal presagio. Huimos del saludo clonizado que
sale de bocas pastosas sin intención de comunicarnos absolutamente nada.
Huimos de los mensajes revestidos de falacia. Huimos del terrorismo del
lenguaje, de su manipulación, de la mentira más descarnada y despiadada
que un ser puede sufrir cuando se está apuntando con ello a la integridad
más transparente de su yo insobornable Y en éstos casos es preferible
paladear desde dentro una metáfora, ponemos como ejemplo, de Cortázar:
“La penumbra de tus párpados”. La metáfora, que se convierte siempre
en el edén o paraíso donde habitan las palabras, es capaz, aquí, de
elevar nuestra alma hasta el infinito de las cosas, hasta la esencia
misma, hasta el pedestal alto de lo artístico, hasta el centro enigmático
donde el todo y la nada confluyen sobrecogedoramente; allí donde el
sentimiento es más absoluto y al sentirlo y asimilarlo, no deja de
producirnos cierto vértigo.
Estamos, por suerte, rodeados de palabras. Palabras que escribimos, en una
noche de arrebato, sobre la conocida página, mientras un pulso entregado,
propio y combativo, notamos que se nos acelera. Son palabras latentes, que
tiemblan, escritas en relieve, que incluso respiran por los párrafos.
Palabras que luego viajan hacia otra parte, tal vez hasta el rincón de
una mirada femenina que las disfrutará voluntariamente, mientras, acaso,
en ese itinerario, orillas por donde discurrirá el flujo del mensaje, nos
parezcan que duermen irremediablemente. Y no es cierto.
El lector despierta las palabras. Esas palabras viajeras, excursionistas
por el itinerario de una carta. Las despierta, una vez frente a sus ojos,
puesto que les imprime un ritmo de atención que vuelve a convulsionar lo
allí escrito. La palabra, entonces, resurge de su minúsculo letargo, y
se enciende, y cobra vida, y se ensancha, y produce esa fusión divina
entre dos seres que, acaso, separe una cruel distancia.
Ahí está la palabra, viajando del corazón al aire, para aterrizar después
frente a otros ojos iguales, o más poéticos. La palabra que nos rotula
por completo el alma, y nos anima, y nos da ese empujón de vida en un
momento de parada y de cansancio. La palabra que sentimos que nos nutre,
que nos llena por completo la morada espiritual donde nosotros solemos
guardar, bien escondido, la dulzura de un mundo propio y a veces no tan
bien conocido, por poco escudriñado.
Sí, hay que hacer un monumental brindis por todas aquellas palabras que
viajan ya con nosotros cómo si fueran nuestro apellido literario,
inseparables de nuestra propia piel, grabadas a base de lecturas, tatuadas
con el fuego de una expresión súbita que nos hizo y nos hace más anchos
y profundos. Brindar por todas ellas. Por las que nos hicieron soñar con
mundos de peluche, por las que nos hicieron llorar sintiendo que el corazón
aún nos servía para algo, por las que supieron ilusionarnos en momentos
de hastío y de desgana, por las que llevan siempre un mensaje más
superior entre sus líneas, por las que cobran un renovado vigor con el
pasar del tiempo, por las inscritas en alguna nota que nos sirve para
siempre de recuerdo, por las que nos impulsaron a besar y a acariciar otro
rostro con cariño, por las que nos propiciaron un encuentro, por las que
retumban y nos proporcionan su continuo eco en las paredes de las sienes,
por las que abrigan los más gélidos silencios, por las no dichas aún
pero que sentimos latir en sus raíces. Brindar por todas aquellas
palabras que siempre nos pueden decir algo nuevo, diferente, hondo, vivo,
para asirnos con ellas al laberinto de un sueño vitalicio.
A veces, ya sé, uno no es capaz de encontrar la palabra precisa, en el
momento oportuno, o cuando más lo necesita. Palabra que se resiste a
retratarse en el marco de una página, a hacerse inmortal, mientras
nosotros llevamos inmersos, tal vez unas cuantas horas, por la catedral
del lenguaje, demandando su limosna. Momento dramático, sin duda, que tal
vez debido a nuestra osadía de escribir, nos hace sentir cegados por el
blanco sepulcral y absoluto de un folio, a la vez que un vacío que anula
la expresión amenaza con aniquilar nuestra cabeza. Pero pasa,
afortunadamente, tarde o temprano ese instante con temperaturas de alto
invierno, y en la espera paciente comprobamos que, por suerte, vuelve otra
vez la compañía requerida de las inseparables palabras. Ahí están de
nuevo ellas, como recurso y asidero; como respiración, como único latir
que aún nos mantiene ilusionadamente vivos.
Siempre la palabra. La palabra infatigable que se trae hasta una simple
hoja, el sonido del mar, la mirada de un niño, el calor doméstico de un
perro, el abrazo con su decir en silencio, el beso hondo que pasa de
orilla a orilla los compartidos sentires, la caricia que aún sigue
danzando por el fondo de nuestra alma sin agotarse nunca... La palabra. La
palabra que consigue ser un arpegio musical en nuestro fondo abismal y lírico.
La palabra que dice, que insinúa, que eleva, que transmite, que comunica,
que dona ternura, que regala amistad, que ofrece amor por sus raíces
primigenias. La palabra que es imposible adulterar, que es transparente,
desnuda, luminosa, incansable, arrullo, sinfonía, lento latir. La palabra
como valor absoluto, incalculable. La palabra, en fin, donde poder
guarecerse, cuando a veces nuestra piel se viste de inexplicable escalofrío.
Se suelen salir del tiempo, y del vasallaje a que nos someten los
horarios. Van por libre, desnudas, balanceándose en un enigma esencial
que las cubre de poesía. Para disfrutarlas por completo requieren, eso sí,
que no tengamos prisa, ni nos importe el minuto eutanásico y huidizo del
compás de los relojes. Requieren nuestro tiempo; pero otro especial preñado
de mimo, de lirismo, de entrega, de ilusión; de profunda ilusión, que no
es sino antesala y zaguán de un sueño en construcción.
Las palabras, sobre todo las más significativas para nosotros, hospedadas
en cartas, se guardan en los mejores y más íntimos rincones. No vale el
espacio neutro de documentos inútiles, al menos para estos menesteres; ni
tampoco ese lugar común al que se acude a por múltiples cosas. Las
palabras entrañables, si son también queridas por nosotros, se merecen
un sitio de mimo; un lugar especial donde resguardarlas de lo más vulgar
y cotidiano, del chorreón pegajoso de la rutina, de los gestos manidos
por el uso, de la asepsia gris en la que nadamos y sobrevivimos. Las
palabras, si nos son enviadas por algún remitente que se nos cuela de
rondón en nuestros instantes íntimos, deberían de cobijarse en rincones
exquisitos, junto a la dócil e inteligente quietud de nuestros libros, al
pie de la mesilla cómplice que siempre es testigo de nuestros sueños,
sobre la mesa donde, no sin dosis de osadía, nos empeñamos en escribir
otras palabras... al lado, siempre, de lo más cercano por más nuestro.
Yo guardo palabras femeninas entre las páginas de los libros. Palabras
que siempre alborean su significado en cada relectura. También están
junto a determinados estantes, entre objetos adorables, entre fotografías
de paisajes, entre el aroma de una tinta incansable y laboral, arrimadas a
mis cosas más preciadas; toda una simbología que el existir se va
inventando para el más puro disfrute. Palabras que asoman en el cajón
de la mesilla, junto a cajas de cerillas, bocetos de poemas y una
nieblecilla de recuerdo que asciende, pletórica, hasta el techo. Y así,
la habitación donde me ubico, se convierte en un lírico vaho de
palabras que yo, claro, suelo aspirar hasta la extenuación.
Hay otras palabras, leídas siempre, que por algún motivo nos dicen más
que otras, y por eso las plagiamos sin pudor, aunque luego no las llevemos
a la frase textual de donde partieron. Por este rincón se ha utilizado
“hontanar” por culpa de Ortega; o “venir al pairo” por Rosa
Montero; o “las galerías del cerebro” de Manuel Vicent... y tantas y
tantas otras que nos quedaron cinceladas para siempre, evocándolas una y
otra vez, ya sin remedio, por la modesta inclinación de un párrafo.
Dormirse entre palabras, al igual que la de aquellos cuentos que nos
narraban de pequeños. Aquellas palabras que principiaban en nuestros oídos
el largo amor que luego le hemos seguido profesando, de continuo, a
las altas torres del lenguaje. Palabras que hoy resuenan como trinos en la
cavidad del pecho y su eco imperecedero e infantil nos nutre las fibras
desde donde solemos parir nuestra escritura. Palabras de siempre, con su
himno de música sencilla, pero honda, dispuestas en todo momento a
abrazar nuestro presente.
Hay palabras que no necesitan voz, que se pronuncian con una altísima
espiritualidad, que no requieren la ayuda del aire para variar el tono.
Son palabras que se asimilan en rotundo, desde una profundidad de espasmo,
cuya significación orgásmica suele calar hasta la médula. Esas palabras
que un día nos conmovieron a solas y nos visitaron, allí, en lo más
hondo, mientras a nuestro alrededor nadie se enteró jamás de tamaño
agasajo. Palabras envueltas en un cómplice silencio, encaramadas al
pedestal de la memoria, creando con sus jugos múltiples, ambientes para
dar la bienvenida a los recuerdos.
Y está la palabra sugerente, la no dicha, o dicha a medias, presumida y
femenina. La palabra que erotiza nuestro deseo, y dan ganas de adivinarla,
de abrirla en canal para saber de su misterio. Es una palabra que impacta,
y luego nos electriza, y luego nos imanta con el peligro inminente de
llegar a poseernos; todo es cuestión de voluntad o de otra cosa.
He venido hasta aquí, como otras tardes, donde existe un paisaje por el
cual la primavera campa a sus anchas, los pájaros vuelven con sus trinos
musicales a endulzar el aire y el tiempo no existe si no es en la
interminable melodía de un verso. El sol es un dorado oasis geométrico
entre la infinidad azul del cielo, cuyos haces de luz blanda se columpian,
a sus anchas, por la sonrisa verídica de un niño. Las flores, en un
lenguaje muy antiguo, le hablan de cerca y de tú a lo sentidos. La mirada
concreta de un perro se convierte en algo así cómo en un imán de ojos
por donde a tí te apetece viajar hasta su sinceridad más jugosa y más
palpable. El silencio ayuda e invita a ese monólogo fructífero desde
donde alguien, alguna vez, vio brotar la luz de la filosofía. Hay un
minuto puntual, con humedad de besos, que de repente se posa en nuestras
sienes volando más tarde, cuando intentamos retenerlo, como ave graciosa
del recuerdo. He venido hasta aquí, como otras tardes, para comenzar un
sueño que da a luz en la imaginación, sigue su curso a través de
un poético caudal que lo lleva en volandas, para llegar hasta tí, hipotético
lector, por éste río inmenso de palabras...