Por : Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
“Tú crítica majadera
de los versos que escribí,
Pedancio, poco me altera.
Más pesadumbre tuviera
si te gustaran a ti.
L. Moratín.
LA RISA Y LA BUENA LITERATURA NO ESTAN DISOCIADAS
Rompiendo la imagen, tan extendida desde el romanticismo, del poeta como
un individuo melancólico y algo llorón, existen en la literatura española
abundantes muestras de una poesía cómica, no siempre merecedora del
apelativo de “menor” con que la crítica suele calificarla, informal,
ingeniosa, entregada a la pirotecnia verbal y de una gran riqueza léxica.
Este tipo de poesía, a menudo improvisada en academias literarias, cafés,
tertulias y ateneos, destinada a ser leída en voz alta en público con cómica
entonación, dio a menudo fama de la noche a la mañana a su autor,
circulando de mano en mano en hojas volanderas y entre amigos o viendo la
luz en revistas festivas pronto olvidadas.
Aunque no faltan rasgos cómicos en el Cantar de Mío Cid, la poesía de
Gonzalo de Berceo o el género de debates, es el Libro de Buen Amor del
Arcipreste de Hita el mayor monumento a la comicidad medieval.
Nuestros poetas del Renacimiento parodian la poesía amorosa petrarquista,
toman el pelo a los poetas italianizantes. Es corriente también la
manipulación de romances, estribillos populares y episodios bíblicos y
épicos.
Excelente es la poesía barroca de signo satírico y burlesco, desde los
chistes y juegos de palabras hasta la sátira y la polémica literaria en
diversos autores. Abundan las bromas sobre narigudos, borrachos, bajitos,
flacos, jorobados, gordos o cornudos.
En la cumbre de la poesía festiva barroca se hallan, sin duda los poemas
burlescos y satíricos-burlescos del genial Francisco de Quevedo. El
injustamente llamado “Góngora menor”, el de las letrillas, romances,
villancicos y sátiras, cultivó durante toda su vida la poesía culta y
sublime junto a la popular y cómica, uniendo magistralmente las burlas y
las veras, cosa que nunca hizo Quevedo, quien siempre mantuvo separados
ambos tipos de poesía.
La poesía del XVIII cultiva casi idénticos géneros que la barroca y
muestra aún vivamente las huellas de Góngora y Quevedo. Abunda la sátira
política contra las clases improductivas: la nobleza y el clero. No
carecen de gracia los poemas de Samaniego, Iriarte, Leandro Fernández
Moratín, Iglesias, Forner, Torres Villarroel, Jovellanos y Cadalso.
El XIX nos ofrece abundante poesía festiva en letrillas, epigramas y
parodias. Son sus autores Juan Martínez Villergas, Aiguals de Izco,
Eugenio de Tapia, Manuel de Palacio, Eusebio Blanco, Pedro Antonio de
Alarcón... Merece especial atención el asturiano Ramón de Campoamor,
uno de nuestros primeros humoristas del XIX.
El siglo XX se abre con las parodias del Modernismo. Ya en la segunda
etapa modernista hallamos dos características habituales en la poesía
del siglo: la ironía y el prosaísmo. Con el sentido festivo que de la
cultura tienen las vanguardias literarias de los años veinte y con su
irrealismo, la poesía mezcla palabras al azar, siguiendo el ejemplo de
los poetas dadaístas o superrealistas. Ramón Gómez de la Serna es
maestro de los jóvenes poetas con sus greguerías, que unen humorismo y
metáfora. Los poetas del 27 escriben graciosos poemas en Lola, simpático
suplemento de la revista Carmen. Lorca juega en el Romancero gitano a unir
las burlas y las veras en un inteligente juego de popularismo y cultura.
Por su parte, Alberti dedica unos graciosos poemas grotescos a los actores
del cine cómico norteamericano en Yo era un tonto y lo que he visto me ha
hecho dos tontos.
Dalí, Buñuel, Lorca y otros crean anaglifos en las reuniones de la
madrileña Residencia de Estudiantes. Otro poeta que manifestará de vez
en cuando su gusto por el juego poético será Dámaso Alonso a partir de
Poemas puros. Aunque en algunos poetas sociales como Blas de Otero o
Gabriel Celaya no falta el uso de asociaciones inesperadas, citas
tergiversadas o ruptura de frases hechas de lenguaje burgués, el primer
soplo lúdico entre en la literatura de posguerra a través del movimiento
postista, que intenta enlazar con el surrealismo y la vanguardia española.
El gaditano Carlos Edmundo de Ory es un poeta dotado de una gran imaginación
verbal.
Humor o ironía servirán al grupo poético de los años 50 para huir del
patetismo a que la época convida y para hacer crítica social:
ocurrencias y desplantes de Angel González, magistral uso de la ironía
en los poemas conversacionales de Gil de Biedma o José Agustín
Goytisolo.
Jorge Llopis recoge una selección de sus divertidas colaboraciones en la
revista de humor La Codorniz, bajo el título de Las cien peores poesías
de la lengua castellana. Gloria Fuertes, que también colabora en la misma
revista, se hace pronto popular con su poesía franca, espontánea,
campechana, de desenfadada cordialidad con juegos bien alejados de todo
intelectualismo o esteticismo excesivos. Y como dijo nuestra poeta: “Lo
que necesito / es que alguien me ría / mientras me llega la vida”.
Francisco Arias Solis
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