Por : Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
Porque ese cielo que todos vemos
ni es cielo ni es azul... ¿Y es menos grande
por no ser realidad tanta belleza?”
Bartolomé Leonardo de Argensola.
UNA MASCARA VIVA
A finales del siglo XIX, una notable personaje, el asturiano don Ramón de Campoamor,
“ejercía” en Madrid, con talento literario y poético, una poesía filosófica. Filosofía y moral.
Moral filosofía se llamaba en el Siglo de Oro a una manera de pensar que también, según los
poetas de entonces (y entre ellos nada menos que Lope) podía sostener y sustentar de
pensamiento crítico a la poesía. Y pensaba así Lope, diríamos que para apoyarse en razones
formales contra el gongorismo; al que reprochaba la afectación o artificio del lenguaje
comparable al de un rostro vivo que se afeita o afecta (hoy decimos se maquilla), que se colora
artificiosamente para embellecerse; que de ese modo, se enmascara.
Vale citar a Lope textualmente: “Pues hacer toda la composición en figuras” (critica a Góngora y
secuaces) “es como si una mujer que se afeita habiéndose de poner la color en las mejillas, lugar
tan propio, se la pusiese en la nariz, en la frente y en las orejas”. “Pues esto -añade Lope- es una
composición llena de estos tropos y figuras, un rostro coloreado a manera de los ángeles de la
trompeta del Juicio o de los vientos de los mapas...” (certerísima imagen la de esos inflados
carrillos angelicales coloreados con violencia). Y termina Lope: “sin dejar campos al blanco, al
cándido, al cristalino, a las venas, a los realces, a lo que los pintores llaman encarnación, que es
donde se mezcla blandamente lo que Garcilaso dijo: “En tanto que la rosa y la azucena...”
Esto que los pintores llaman encarnación según Lope, nos hace pensar en Murillo de quien el
poeta está siempre tan cerca: ese mezclarse blandamente del blanco, el cándido, el cristalino,...,
las venas, los realces... Lope nos describe el rostro de la poesía de este modo como un rostro
humano susceptible de enmascararse. Y no hay mejor máscara que la del rostro mismo nos dirá
Nietzsche. Esa otra afectación o afeite o maquillaje del rostro pretende, entonces, no ser más que
una máscara viva; no es una máscara que oculta o esconde sino que manifiesta y proclama. Algo
que realza, subraya lo natural por el artificio.
Aquí el arte sirve o trata de servir a la naturaleza negándose en cierto modo, de ese modo, a sí
mismo. “Arte ha de ser despreciar el arte”, nos dirá, en conclusión a ese pensamiento,
concluyendo un soneto famoso Argensola. Soneto que es como un contrasentido a otro suyo, el
todavía más famoso que termina con el: “¡lástima que no verdad tanta belleza!”. La belleza de
“ese cielo azul que todos vemos, que ni es cielo ni es azul”. Y así el bellísimo rostro femenino
de doña Elvira o de Lais. “Aquel blanco y color de doña Elvira” que “no tiene de más, si bien se
mira, que el haberle costado su dinero”, es una máscara que en este caso, se nos dice que es
mejor, que vale más que el rostro: “si bien se mira”, al desenmascararse en el otro soneto el
rostro natural bellísimo de Lais, el poeta tiene que contradecirse enteramente. “Si lo blanco y
purpúreo que reparte Dios con sus rocas puso en tus mejillas, con no imitable, natural mixtura
-dice a Lais-, ¿por qué con dedo ingrato las mancillas?” Puesto que “en perfección tan pura, arte
ha de ser el despreciar al arte”.
La “no imitable, natural mixtura”, es esa que llaman los pintores encarnación según Lope. No
olvidemos que eso, según nuestro poeta, es lo que “pone Dios”. Lo mismo nos afirma un copla
flamenca: “¿Con qué te lavas la cara / que tan rebonica estás?/ Me lavo con agua clara / y Dios
pone todo lo demás”.
Francisco Arias Solis
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Invitación que se hace extensiva a los colegios para que también todos los escolares del mundo
pongan en el corazón de los valores universales la paz y la libertad.
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