Por : Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
“Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.”
Miguel Hernández.
El AMOR BIEN VALE EL SUFRIMIENTO QUE LE ACOMPAÑA
A veces pensamos que el amor existe. El amador sencillamente, cuando
existe, lleva una carga de maravillosa inocencia. Del tronco tremendo del
amor, cada hombre arranca una rama y la rama escogida dará mucho del alma
que la desprende. “Dime cómo amas y te diré quién eres”, es una
afirmación que tal vez no sea del todo cierta, pero es más verdadera que
aquella otra de mayor difusión: “Dime a quién amas y te diré quién
eres”.
Algunas veces los poetas han querido darnos una definición de lo que es
el sentimiento amoroso.
El caso más tópico, la lección más repetida sobre qué es amor estaría
en el endecasílabo: “es yelo abrasador, es fuego helado”.
Rodrigo de Cota, allá en el siglo XV, modestamente se limita a reunir los
opuestos en una enumeración deliciosa que podría prolongarse hasta el
infinito. Amor es: “vista ciega, luz oscura / gloria triste, vida
muerta”.
Terminar con un concepto genérico es lo que hará mucho tiempo después
nuestro Quevedo, en un tanteo semejante, cuando para definir el amor por
sus efectos, tienta el misterioso albedrío:
“es una libertad encarcelada”.
En el común destino de los amadores unos cargarían el acento en la
fijación: encarcelada. Otros en el supremo vuelo dentro de su ámbito: es
una libertad.
Si nos acercamos a Lope de Vega, arquetipo de hombre de amor, para
demandarle una definición, ésta sería la misma: los contrarios
yuxtapuestos. Pero lo que se inicia como un esquema general para decir qué
es amor, más vitalmente contradictorio: “Desmayarse, atreverse, estar
furioso / áspero, tierno, liberal, esquivo....”, se va poco a poco
delineando con una experiencia y termina por entregarnos al hombre que
acaba de amar y que nos dice qué es amor porque no está diciendo qué ha
sido su amor.
Los contrarios se rompen. Amor era estar triste y alegre, humilde y
altivo. La oposición ha cambiado y el amor tiene su desembocadura:
“Creer que el cielo en un infierno cabe / dar la vida y el alma a un
desengaño: / esto es amor, quien lo probó lo sabe”.
No opinaría lo mismo Boscán, que nos dirá: “Bueno es amar: ¿pues cómo
daña tanto? / Gran gusto es querer bien: ¿por qué entristece?”
Un poeta esforzado que está sin amor puede anhelarlo en el fondo de su
alma y saber con alegría que el amor bien vale el sufrimiento que le
acompaña. Juan de Encina, en el siglo XV, nos lo dirá con notable
sencillez: “Más vale trocar / placer por dolores / que estar sin
amores”.
Un día Quevedo mirará a su vida amorosa y dirá, con el hondo desengaño
que toca en el sereno desesperar: “Mejor vida es morir que vivir
muerto”. Más vale dejar de amar, muriendo, que morir muerto por el
sufrimiento del amor.
La definición de Dante: “poesía: decir de amor”, pudo invertir su
relación al cambiar sus términos diciendo: “amor: decir de poesía”
y aún ir más allá hasta definir la poesía como “amor al decir”:
como en el gongorino: “Quiere amor en su fatiga / que se sienta y no se
diga; / pero a mí más me contenta / que se diga y no se sienta”.
Francisco Arias Solis
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