Por: Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
“Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.”
Miguel Hernández.
UN LARGO CLAMOR
POR LA LIBERTAD
La historia de Occidente -una historia difícil, dura, llena de crisis- es
un largo clamor por la libertad. Está ensangrentada por continuas luchas
para conseguirla, para retenerla, para recobrarla. Ahora bien, lo decisivo
es que los occidentales o son libres o saben que no lo son, y quieren
serlo. Dicho con otras palabras, los occidentales tienen que ser libres.
Es muy importante darse cuenta de que en lo humano lo decisivo no es lo
que se es, o lo que se tiene, ni siquiera lo que es posible, sino lo que
se tiene que ser, o se tiene que tener, o se tiene que hacer.
El hombre está definido por sus necesidades o por sus pretensiones. La
libertad es un caso ejemplar. Hay otro más claro todavía: la felicidad.
No es difícil demostrar que la felicidad es imposible. Se ha definido la
libertad como “el imposible necesario”, y al hombre como el animal que
necesita ser feliz y que no puede serlo. Es mucho más importante el tener
que ser feliz que el problema de poder o no poder serlo de hecho. La vida
humana no está definida por la posesión de la felicidad, sino por la
busca de la felicidad.
Pues bien, en la forma de vida histórica que llamamos occidental esto
aparece especialmente claro en cuanto a la libertad. El occidental es un
hombre que se siente vocado a la libertad, que se siente llamado a ser
libre. Para él la vida es libertad o, por el contrario, su privación.
Pero si consideramos la historia, o en el presente otros tipos humanos que
no son occidentales, vemos que ha habido y hay pueblos que no echan de
menos la libertad. Acaso no la han conocido nunca. No me refiero, claro
está, a la libertad personal, a la libertad de elegir la vida de cada
uno, a cada hora, de proyectarse y decidir entre posibilidades. Esto es la
vida humana misma; sin ello no habría vida. Me refiero a la libertad política,
a la libertad social, a la libertad de decisión dentro de una sociedad
-lo cual condiciona el horizonte de esa otra radical libertad personal-.
Hay pueblos que no tienen libertad, pero en rigor no les falta, no la
echan de menos. Carecen de ella, pero no están privados de ella, como un
cuadrúpedo carece de alas, pero no tiene sentido decir que está privado
de alas. No le pertenecen, no las echa de menos, no les duele su falta.
Naturalmente, los pueblos occidentales han tenido y tienen hoy, en el
presente grados muy diversos de libertad. El problema es determinar qué
necesita cada pueblo, cada país, en cada época, en suma, cada sociedad
singular, para sentirse libre. Esto es lo fundamental: sentirse libre. El
hombre es libre cuando realmente se siente libre; y cuando no se siente así,
no es libre, por muchas libertades, que tenga consignadas en la legislación.
En nuestro país hay un refrán que dice que “la risa va por barrios”.
Yo diría que en Occidente la libertad también va por barrios, pero
siempre reside por lo menos en algunos. ¿Y en los demás, donde no la
hay? La piden; claman por ella.
¿Cómo puede determinarse esta situación de la libertad? Es posible que
nos equivoquemos, que se nos diga demasiada veces que tenemos libertad y
acabemos por creer que la tenemos; o que se nos diga que no la tenemos y
terminemos por sentirnos siervos y esclavos.
Yo aconsejaría a todos hacer por una vez una modesta cuenta. Habría que
hacer una lista de las libertades que faltan. En cada sociedad, en cada país,
incluso en cada grupo o estrato social, porque puede haber desigualdades
profundas dentro de una misma sociedad, se puede hacer una lista de
aquellas libertades de que se está privado y que se echan de menos. Al
lado de esta lista, que en muchas países es bastante larga, habría que
poner otra: la de las libertades que se pueden perder. Qué cosas podemos
hacer -tal vez sin darles demasiado valor-, qué cosas no podríamos hacer
si pasaran en la sociedad donde vivimos algunas cosas que quizá nos
parezcan en algún momento deseables y apetecibles.
Yo creo que un hombre verdaderamente occidental no se hubiera nunca
atrevido a preguntar, lo que hace más de setenta años le preguntó Lenin
a Don Fernando de los Ríos, socialista español, que había de ser
ministro de la República. En su libro Mi viaje a la Rusia sovietista
-como entonces se decía-, cuenta Don Fernando de los Ríos que al
preguntarle cuándo se va a establecer la libertad en la Unión Soviética
revolucionaria, Lenin le contestó con otra pregunta “¿Libertad para qué?”.
Yo creo que un hombre verdaderamente occidental no tendría que
preguntarlo, porque hubiera sabido ya la respuesta: para vivir.
Francisco Arias Solis
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