Por : José Luis Mejía
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Esta mañana despertó temprano, como hace medio siglo. Las luces de la incipiente primavera limeña prometían un día soleado y veraniego que la neblina anodina e impersonal se encargaría de desmentir minutos después. Como cada amanecer, hizo el gesto de tomar impulso para saltar de la cama y comenzar, cuando aún todos duermen, con el aseo personal y los deberes hogareños. Pero fue en vano. Casi no pudo notar la poca fuerza de sus piernas y la pesadez del cuerpo porque la distrajo la aguja en que terminaba el delgado tubo de plástico por donde un suero transparente la alimentaba. Masculló una queja y al lado, de repente, se encontró con el rostro adormecido del hijo que la saludaba. “Estás en la clínica”, le recordó, “hoy es tu cumpleaños”.
Ella sonrió y afirmó con la cabeza, “mi cumpleaños”, repitió. Le fue imposible dejar de pensar que la enfermedad que padece, lenta pero constante como la gota aquella que perfora las piedras, se yergue a estas alturas como otra molestia mas que habrá de derribar a fuerza de voluntad y de confianza.
Con los ojos cerrados, bajo la mirada veladamente asustada del finigénito, con las piernas entumecidas por el reposo obligado y un desgano que ha ido venciendo a coraje, empezó a preguntarse por estas siete décadas bajo “el cielo sin cielo de Lima”, por este tiempo, largo para los hombres e insignificante para las montañas, en el que anduvo sosteniendo la vida.
Y recordó los días graves de la infancia, cuando el trabajo en el taller de costura se reducía y con él menguaban los ahorros y el presupuesto tenía que ajustarse con alarma; entonces, su madre salía a visitar a las señoronas de la ciudad y regresaba cargada de docenas de cortes de tela que garantizaban la armonía económica por varias semanas. El padre, arquitecto y jaranista, que enamoró a la chiquilla aquella a punta de canciones y guitarra. La separación, dolorosa. La mama, aquella italiana inmensa de corazón amable que nunca tuvo sino palabras amables para ella y su hermano, joven impetuoso, de esos que se hicieron a pulmón, un “self-made-man” a decir de los gringos.
Cómo olvidar una niñez llena, con una madre que jamás se quebró, enfrentando las miserias y saliendo adelante a pulso. La media comercial, el secretariado en el cual destacó tanto que fue contratada, menor de edad todavía. El primer trabajo, el sueldo reducido a la mitad por el sólo hecho de ser mujer. La Sociedad Nacional de Industrias y el señor Mejía. Un mozalbete de dieciocho años con apariencia avejentada, serio e inaccesible, que resultó luego lo suficientemente encantador como para amarlo. Las tardes enteras, que nadie jamás le creería, que pasó con él, juntos en la oficina, escuchándole recitar los más románticos poemas universales, de escritorio a escritorio, inmaculada. Y luego, cuando él, años más tarde, renunció; esa reunión donde se despidió de todos, cantándole a cada cual su verdad, y sólo a ella le confesó: “y a ti no te digo nada porque nos vamos a casar”. Y ella se fue con él, recién enterada del matrimonio, y se lanzaron a la empresa de construir una editorial con el dinero de ambos y trabajaron e insistieron y quebraron.
Se recuerda esperándolo cada vez que el empleo aquel en el movimiento de juventudes lo llevaba a recorrer la América Morena. Los permisos municipales de matrimonio que vencían días antes de que él llegara de viaje y ese enero del 62 a pocos días de un nuevo vencimiento, “nos casamos de una vez”, y la ceremonia. Nada de partes, ni grandes recepciones, “eso compromete a los demás”, sólo la familia. La boda civil y el hermano que no llegaba (“llamamos al portero de testigo”). Al día siguiente, el matrimonio religioso, el fotógrafo que realizó infinidad de tomas, que luego no apareció y sólo quedaron esas diez fotos que todos conocen hasta el detalle. Una docena de lenguados, un almuerzo familiar; treinta y tres años que sólo pudo truncar la muerte.
Las buenas épocas y las malas. La bonanza. Los hijos, uno tras otro recibido en el mundo como si fuese único. La suegra indomable. Las cuñadas celosas ganadas a fuerza de ser quien era y no una impostura. Los cuñados, tan queridos, tan compañeros, tan irresponsables. Y la desgracia.
En los tiempos difíciles se muestra el temple. La señora mimada se transforma en obrera. Todo lo puede. Saca adelante a cuatro hijos. Mantiene unida a la familia. Es soporte de un hombre que se deshace traicionado por quienes creyó sus amigos.
De la inmensa casa miraflorina, con carro y chofer a la puerta, a la modesta en el parque España. Del Surco pujante al San Miguel desbaratado. El dinero que no alcanza, los recibos que se acumulan y jamás una queja.
El techo con goteras, el crédito leonino y humillante por un poco de leche y un kilo de huevos, la medalla de oro del bautismo y los anillos matrimoniales perdidos en la casa de empeño, el desaliento, los voces que aconsejan separar la familia (“así será más fácil”) y la soledad de la desgracia.
Pero también el coraje. La carcajada del esposo, que nunca se apagó por completo. Los hijos vehementes. La supervivencia de la alegría. Las ratos buenos. La torta de los cumpleaños. El progreso. Ese día, veinticinco años después, cuando la hija les devolvió los aros de matrimonio, no por el oro vulgar que les da forma sino por el signo de la alianza jamás quebrada. El regreso. La nueva casa vieja en Miraflores, y a pesar de tanto, todos caminando y todos juntos. El hermano que todos velaron en ausencia y que nadie sabe cómo decidió no morirse (“él ha salido de peores, es muy fuerte”) y sigue en nuestro mundo todavía. La pena grande. La desolación de ver al hombre, por el que todo lo abandonó, por el que todo lo pudo, vencido definitivamente. Saber desde entonces lo que significa la tristeza.
Y seguir andando, encontrándose motivos. Ver que los hijos, con formas y tiempos diferentes, van con el sol al norte por el mismo sendero, en jornadas ingrato, pero siempre verdadero.
La nieta que es luz y es vida renovará su pacto con la Tierra.
“Hoy es tu cumpleaños, feliz día” y la voz del hijo la despierta, abre los ojos, anuncia una sonrisa y se alumbra sabiendo que sí valió la pena.
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