Por: Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
Tu favor reverencio.
Respóndate retórico el silencio;
cuando tan torpe la razón se halla,
mejor habla, señor, quien mejor calla.”
Calderón de la Barca.
LA VOZ CALLADA DEL SILENCIO
Muchas veces hemos pensado en “la callada por respuesta” que en la comedia famosa de
Calderón La vida es sueño, le da Rosaura a Segismundo. “Respóndate retórico el silencio”, le
dice Rosaura con femenina picardía, al decirle con doble sentido, retórico a Segismundo y al
silencio a la vez, a su propio silencio. Pero ¿será verdad que pueda ser retórico el silencio?
Un silencio retórico nos parece la mejor definición del barroco y hasta el colmo del
barroquismo. Y no es extraño que algún poeta, exclame: “¡Ay Príncipe Segismundo / tu sueño no
es de este mundo!...”
Un chulesco personaje madrileño de López Silva nos dice de otro que cuando habla omite el
pensamiento, creyendo decirnos que lo emite con extraordinaria elocuencia. Magnífica
definición también del arte barroco. Esa omisión del pensamiento al emitirse resuena de vacío y
hace posible de ese modo, otra resonancia trascendente: la de la voz callada del silencio retórico
con que responde Rosaura a Segismundo.
Nos parece que hay otro barroquismo más profundo que el de la forma: el del pensamiento
omitido por emitirse tan silenciosamente. El de la voz de ese silencio, que es la que suele
llamarse en sentido popular voz divina.
Escribe Calderón La vida es sueño cuando ya había declinado su ocaso definitivo el
imperialismo español: ¿frenesí, ilusión, sombra, ficción y sueño? Sueño es toda la vida, o se le
hacía toda aquella vida española al poeta: y el sueño, sueño; o los sueños, sueños. La ilusión y la
desilusión coinciden en la vida cuando la vida se transmuta en sueño por el pensamiento.
Cuando el pensamiento se hace creador, poético.
Comprender nos dice un filósofo que es, por lo menos en una gran parte, acordarse. Y querer,
diremos nosotros, que puede ser también, en una gran parte, esperar. Querer comprender alguna
cosa humana es, tal vez siempre, en nuestra vida temporal, pasajera, relacionar el recuerdo con
la esperanza. Comprendernos a nosotros mismos, querernos comprender, es también, en una
gran parte, acordarnos de lo que hicimos o quisimos, de lo que fuimos, de lo que esperamos. Con
el tiempo comprendemos las cosas mejor y nos comprendemos a nosotros mejor por ellas. Las
cosas que pasan y las que no pasan con nosotros.
El hombre envejece como el diablo, a fuerza de saber comprender lo temporal y lo pasajero. “En
medio del camino de la vida” se equilibran para nosotros recuerdos y esperanzas. Un poco antes
de ese punto medio del vivir, las esperanzas son mayores y pesan más que los recuerdos;
queremos más que comprendemos: somos jóvenes. Un poco más allá, los recuerdos son más que
las esperanzas y empiezan a desnivelar nuestra balanza, nuestro balance de vida propia, y
empezamos a comprender más que a querer y que a esperar: envejecemos.
“Cuando se empieza a querer / no se sabe que se quiere / y no se quiere saber”, escribió el poeta.
Cuando somos jóvenes queremos sin saber o comprender bien lo que queremos por querer tanto,
y sin apenas saber lo que esperamos, por esperar tanto: queremos por querer, esperamos por
esperar. Cuando envejecemos comprendemos por comprender, sin querer ni esperar ya nada. ¿Y
será una misma cosa los recuerdos que la memoria y la esperanza que las esperanzas?
“Respóndate retórico el silencio”, nos diría Rosaura.
Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
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cuya convocatoria figura en la URL: http://www.arrakis.es/~aarias/poemaIV.htm
Invitación que se hace extensiva a los colegios para que también tod@s l@s niñ@s del mundo
pongan en el corazón de los valores universales la paz y la libertad.
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