SOBRE CULTURA


Por : Diego Cruz
diegocruz1@mi.madritel.es


Detrás de un gran cartelón que en principio nos anuncia una cultura oficial y con mayúsculas, muchas veces nos encontramos con funcionarios asépticos que sólo están dispuestos a hacer su labor burocrática, siempre que no exceda ni un segundo más de su jornada de trabajo, pero que le viene al pairo todo lo que no se refiera a su nicho laboral y su convenio. Existe, pues, un montaje de mito y aparato, tras el cual sigue funcionando un programa de actividades dictadas por el rumbo de unos intereses sin sustancia, en cuyo fondo anida persistentemente el silenciado acatamiento y el ruin compadreo. Pero eso sí; la autoridad competente en dicha materia, que incluso alguna vez redacta sus propios mensajes para promocionarlos en pasquines publicitarios que paga el ciudadano, tiene el convencimiento pleno de que es todo un demócrata, enormemente preocupado por la cultura de su entorno, y que se deja la piel en la preparación de los respectivos programas y actividades, que muchas veces no es otra cosa que justificar, sin más, ingentes partidas de dinero.


Lo que hoy se requiere es un buen nutrido grupo de palomos amaestrados que bailen al son de la batuta egocéntrica del jefe. Para tal fin estos vasallos tienen que estar dispuestos a dejarse quitar el más mínimo resquicio de sus valores primordiales, y de esta forma enfocar sus apetencias a los dictados que emanen de la suprema jerarquía. A cambio de ello se les garantizará un puesto rutinario, un encefalograma que tenderá a ser plano con el tiempo, y un egoísmo en conservar todo lo que supone ese saldo particular y favorable.


La cultura es una dama meridianamente obscena que gusta de frecuentar muchos ambientes. Se codea con actores sociales sin mandato que se entregan a ella con una fe implícita en sus senderos variopintos. Pero no suele aguantar mucho en despachos con moqueta, entre el silencio de un búnker oficial parapetado para el pueblo, endiosado en el mecanismo de su propia burocracia. Desde allí lo que se pretende es manejarla; distraerla para hacerla un himno sutil para amaestrar adeptos; enclaustrarla en un presupuesto programático o ahogarla en el lodazal de las frustraciones más profundas.


Son muchos los que se sirven de ella sin caérseles la cara de vergüenza, coartando así su mestizaje innato y su fértil bocanada de aire fresco. Muchos, también, los que a su costa se embolsan sueldos astronómicos, parapetados en una teoría que sólo destila verborrea, incurriendo quizá en un terrorismo impune del lenguaje. Suelen medir, influido por los tiempos, cualquier proyecto por su interés endiabladamente rápido y mercantilista, deduciendo con su reflexión particular que lo que no genera un veloz beneficio, sencillamente no es digno de tenerse en cuenta. Sólo no se prescinde de la hornada que enseguida pone en funcionamiento la crecida de las cifras; mejor si es un programa que no cuestione los sustentos del montaje, y que además pueda suministrarse en repetidas dosis para hacer de la sociedad, con esa subliminal alquimia, una buena pasta de hombres.


Y ahí andamos, discutiendo sobre la metafísica de Gran Hermano; o comiéndonos las estatuas de las plazas en las finales futbolísticas; o recopilando bibliografía de las últimas rociítos que ayuden a nuestra tesis marujona; o habitando salas de cuartas virtulaes tratando de ligar desde nuestro novedoso y cuestionable anonimato.; o cerrando los ojos a la injusticia social que tratamos de despistar y que debiera aguijonear nuestra conciencia. Ahí andamos, ya digo, anestesiados con la pócima letal del conformismo.