Por : Eduardo González Viaña
gonzale@wou.edu
En una historia del Budismo Zen, el maestro
pregunta:
-¿Qué es esto?
-El discípulo responde:
-¿Qué es qué?
Como lo dicen -de diversas maneras- todas las religiones, el Zen postula que
todo es ilusión.
Nuestra Tierra lo es, con las montañas y los mares, las plantas y los animales,
los hombres y los recuerdos y todo lo que conduce a través de los espacios
celestes, los que, por supuesto, tampoco existen. Por eso, si abres los ojos a
la sabiduría, no los verás, pero todo volverá a aparecer si los cierras.
El solsticio de hoy, 21 de junio, aquí en Lima, me sugiere estas reflexiones,
aunque en el otro lado del mundo donde habitualmente resido, la aventura sideral
me suele hacer escribir de formas diferentes. Allá en Oregon, en 1999, celebré
el equinoccio de primavera escribiendo “La rosa y la rosa”, un texto que
comenta la aparición inesperada de una rosa en el traspatio de mi casa. Nadie
la había plantado. No había otro rosal en mi jardín ni en el de mis vecinos,
y por lo tanto no podìa sospecharse diseminación, ni mucho menos difusión onírica
porque la noche anterior no me había soñado trabajando en el jardín ni me había
visto en sueños plantado una rosa.
“Pero así y todo floreció una rosa que fue inventada por ti y por mí, y por
todos nosotros que, a pesar de nuestras flaquezas, somos Dios y podemos inventar
la vida eterna cada mañana, una mañana verde, una casa caliente y un recuerdo
de amor.”
El día del equinoccio de otoño, también en 1999, escribí tres “correos”
basados en una hoja abandonada por el viento sobre mi jardín. “Severa y
silenciosa, esta hoja caída del arce debería haberse borrado por la tarde como
se borrará el jardín, el arce, mi casa, esta vida, estos recuerdos, los
planetas, los luceros, ustedes y yo, y también la tarde. Pero no ocurrió así...”
“Quizás viene a decirme que está llegando la tarde y que se va a acabar el
mundo. Como todos sabemos, el mundo se va a acabar cuando dejen de ser
pronunciadas las palabras que lo nombran. Amor y universo y gente y vino y
palomas y fuego son algunas...”
En la costa del Perú, un largo y claro desierto bajo un interminable cielo
blanco, esta mañana de junio no puedo conmemorar hojas ni rosas porque ellas no
existen aquí como tampoco existen las estaciones con su misterio vegetal y sus
extrañas mutaciones. Los árboles son aquí una ilusión. Aparecen en los cándidos
dibujos escolares y en las tareas de la escuela, pero no son de verdad. En
primer año de secundaria, repetí sus nombres en latín, pero la palabra no
evocó al ser ni siquiera en la soñolienta descripción que hacía el maestro.
Malicio que él tampoco los había visto jamás.
Junio en Lima no puede pues sugerirme ni la zozobra de una hoja caída del arce
ni la imagen ardiente de las rosas que son propias de otras geografías. El
tiempo me acerca, en cambio, a la callada certeza de que la vida y la muerte son
una ilusión, tal como lo predican el Zen y el Eclesiastés. Pero esa aceptación
no es necesariamente desdichada. Si las cosas no son afuera, si lo son adentro.
Los planetas y los ríos, las estrellas y los sueños, el olvido y el amor, la música
y la gente: todo vuelve a congregarse cuando cierras los ojos porque todo está
dentro de tu corazón.
En otra historia del Zen que leo en el mismo libro, una pareja de enamorados se
reeecuentra varias veces en la vida, o quizás con el mismo rostro y de forma
innumerable a través de vidas sucesivas, y ello los lleva a sospechar de su
propia inexistencia, y de que todo es un cuento que se urde en los cielos.
- ¿Existes de verdad? Y yo, ¿existo?- pregunta ella.
Lo dudo mucho durante los años en que dejo de verte y de escucharte.
- Que importa eso!- responde él. Cuando nos vemos y hablamos somos dos.
Cuando callamos, somos uno otra vez.
Ellos llegan a ser uno en el desenlace de la historia porque es el corazón lo
que cuenta.
El internet me ha permitido en el tiempo del Solsticio construir un libro
invisible. No tiene papel ni volumen, no tiene letras ni imágenes, y por fin,
no está aquí ni allí, pero está en todas partes y allí donde mis amigos
quieran reunirse conmigo, allí y aquí, hoy y pasado mañana. “El correo
invisible” puede ser leído, escuchado y visitado en la dirección que ahora
les
ofrezco:
http://www.geocities.com/egonzalezviana/index.htm
¿No les parece increíble? ... El maestro Zen diría que ese libro no existe, y
tendría razón. En las dimensiones clásicas que conocemos, no tiene lugar.
Pero hay otros mundos, que también están en éste, en los que sí se
manifiesta. En el ciberespacio, el hombre ha descubierto una más de las
diversas casas en las que, al mismo tiempo, habita y duerme.
El solsticio del año 2 mil me descubre en una ciudad parecida a una ilusión.
Como el cielo es blanco y la tierra, incolora, todo aquí, en el desierto
peruano es dudoso. Aquí el discípulo podría decir con mayor convicción “¿Qué
de qué?” porque aquí no existe nada, pero en nuestro corazón se congrega
todo lo que es nuestro y todo lo que amamos, el color de los árboles y del de
los recuerdos, el mensaje de los atardeceres y la voz del mar y el mensaje de
Dios y el amor que es fuego y nosotros que volvemos a existir por encima
de las ilusiones, incansables.
(*) Catedrático en Western Oregon University.
Se le puede escribir al e-mail: gonzale@wou.edu
Su libro “El Correo Invisible” está a la disposición de los lectores en: http://www.geocities.com/egonzalezviana