Por : Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
“Si vivir es bueno,
es mejor soñar,
y mejor que todo,
madre, despertar.”
Antonio Machado.
LA ESPERANZA QUE BROTA DESESPERADAMENTE
No hace mucho que comenté el proverbio popular que dice que de
“ilusiones se vive”, diciendo: “de ilusiones se vive cuando no se
vive de verdad: cuando se vive de verdad de ilusiones se muere”. Tal vez
me equivoqué. Porque ¿qué es vivir de verdad, sino vivir de ilusiones
precisamente? No son las ilusiones las que matan. Entre otras cosas porque
no nos desilusionan nunca por sí mismas ni por si solas. Una ilusión que
sabe que es una ilusión, decía Unamuno, es porque ya no lo es.
La Historia es sueño; el sueño del hombre. Si la vida humana es sueño,
sueño de alguien, debemos tener con él alguna semejanza, puesto que soñamos
también. Despertar, sin dejar de soñarnos, sería tener un sueño lúcido.
Es el ansia que se padece y que se está a punto de lograr en ciertos
momentos de la historia, cuando un pueblo despierta soñándose, cuando
despierta por que su ensueño se lo exige.
España, su pueblo, ha tenido el hambre y la esperanza contenidos,
aguantados desde siglos, los siglos de esa famosa “decadencia”,
hambre... en la literatura. Se ve, desde el siglo XVI, es el tema obsesivo
de la novela picaresca; el hambre que roe las tripas y aguza también el
entendimiento. El hambre del no tener y del abstenerse una vez que se
tiene, del no poder acostumbrarse a aceptar que se puede vivir sin tener
hambre.
La expresión “matar el hambre”, ¿quién la acuñaría? Ese
trabajador sin trabajo, que se desliza como una sombra huyendo hasta de su
sombra, “requemao” por la vergüenza de no llevar a su familia lo que
ella se merece; “¡le daría mi sangre, y no puedo llevar ná!” grita
el jornalero andaluz. El hambre y la vergüenza; sí, no todos tienen la
libertad de echarse a pedir por los caminos un pedazo de pan. “En mi
hambre mando yo”, contestó aquel jornalero, sin trabajo, cuando le
fueron a proponer que hiciese algo que no era de su agrado.
Nuestro admirable escritor Ramón Gómez de la Serna, llamó a su vida
entera, al describirla, automoribundia. No supo tal vez todo lo que nos
“dejó dicho” con esto. Sobre todo, a los españoles como él. Porque
todo y en todas partes, pero aquí en España para nuestros grandes
pensadores de manera, si no diferente, si más intensa y esencial, les
parecía automoribundeante.
Unamuno diría agónico.
Agonizar es no poder morir a causa de la esperanza. No, nadie nos rechaza
desde la muerte, nadie nos lanza otra vez a la vida, sino la esperanza
oculta. La esperanza que brota desesperadamente ante cada sufrimiento
insoportable. Y cuanto más insoportable es lo que se padece más honda
renace la esperanza. Quizá hayamos de padecer por eso, para que la
esperanza se revele en toda su profundidad.
Y por eso hay Historia. España al descubrir la vida como esperanza, vivió
la historia como tragedia, “condenada” a agonizar, a no poder morir, a
renacer de sus sucesivas muertes, pues no se puede retroceder desde la
esperanza comprometida. ¡Otra vez a esperar! No en vano, dijo el poeta:
“No hay esperanza sin sueño; / ni sueños sin esperanza. / El esperar
siempre empieza. / El soñar nunca acaba”.
Francisco Arias Solis
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