Por : Eduardo González Viaña
gonzale@wou.edu
En Cajamarca, alguna vez, Andrés Zevallos
de la Puente me contó una historia: Bastante tiempo atrás, había sido
director de una escuela primaria situada en medio de la puna, en la que su único
compañero, además de noventa niños gritones, era un loro hablador.
Estuvieron juntos un par de años hasta que un día el amigo emplumado levantó
vuelo hacia cielos menos azules pero climas más propicios. Así lo entendió
el excelente pintor de Cajamarca y no hizo esfuerzo alguno por buscarlo. Un año
más tarde, sin embargo, durante las vacaciones, Andrés cabalgaba en dirección
a la ciudad y, en su largo recorrido, luego de atravesar una cordillera, llegó
a un valle caliente donde se propuso tomar una siesta. Echado sobre el césped y
bajo un algarrobo, estaba por dormirse, cuando escuchó voces de niños en las
cercanías. Aguzó el oído: Ma, me, mi, mo, mu…..pa, pe, pi, po, pu… Mi mamá
me ama… Ma,me, mi, mo, mu!.
Levantado ya, avanzó hacia un claro, pero no había niños allí, sino una
bandada de pequeños loros que repetían:
ma,me, mi, mo, mu, frente a un loro de rostro conocido:
-Don Andrecito, ya tengo escuela propia- dice Andrés que aquel loro gritó.
No tengo más precisiones sobre este relato. Lo único que puedo recordarles es
que Zevallos de la Puente, con Mario Florián, es un recopilador- y me atrevería
a decir que también discípulo- del legendario mentiroso contumacino del siglo
XIX llamado Lino León, tan pariente suyo como del autor de este texto.
Aquí, en Salem, en el Lejano Oeste de los Estados Unidos, conocí a un
predicador mexicano, don Jesús Díaz Caballero, quien me narró algo similar
sobre los asnos. Por decir algo, le había preguntado yo si creía que los asnos
iban al cielo. Fastidiado por mi ignorancia, don Jesús me espetó: -¿Y a dónde
cree que fue el burrito del Domingo de Ramos?…
Después, me habló extensamente sobre un asno que había aprendido a leer, pero
creo que era una alusión a mi oficio de catedrático en una universidad de aquí.
Don Jesús, según me confesó después, había ejercido el oficio de
“mentiroso” en una comunidad mixteca “antes de conocer la Palabra”. Con
él hablé muchas veces sobre la gente de su pueblo que está entrando en los
Estados Unidos y que, por triste paradoja, en vez del inglés, tienen que
aprender aquí el castellano para reemplazar su lengua ancestral.
He conversado también con doña Martina Soto, quien lleva aquí 30 de los
80 años de su vida. No habla ni una palabra de inglés, del mismo modo que su
esposo, recientemente fallecido, Martin Doolitle, no podía ni siquiera decir
“buenos días” en español. “Porque en el amor no son necesarias las
palabras, jovencito”.
Mexicanos en Oregon y en Texas, cubanos en Miami, chilenos y argentinos en Los
Angeles, guatemaltecos en San Francisco, ecuatorianos y colombianos en Nueva
York, bolivianos, venezolanos, costarricenses, panameños, uruguayos y peruanos
en Utah, en Missouri y en todas partes me han relatado la mar de historias, y
estoy seguro de que nunca voy a terminar de decirlas a mi vez. No con la gracia
y la verosimilitud con que las he escuchado.
En mi libro “Los sueños de América” (Alfaguara, 2000), que va a ser
lanzado el 12 de diciembre en el Centro Cultural de España en Lima, he reunido
las voces y los rostros de esos latinoamericanos. Como en cualquier universo hay
allí de todo y de todos, los legales y los clandestinos, los que entran por
subrepticios cerros de arena, los que triunfan y muestran su rostro ante la TV y
los niños que enseñan a un pollino a leer y escribir.
Hay también algunos campesinos ilegales suelen ir los fines de semana a un bar
de la ciudad donde vivo para encontrar una visa y la ciudadanía. Si tienen
bastante suerte, alguna rubia abundante en kilos y en años, entusiasmada con su
bigote y su dentadura, los escogerá como consortes y les abrirá la posibilidad
de trabajar sin tener que usar papeles falsos. Hay por fin, los que se preguntan
desesperados en qué parte de estos cielos está Dios y hay los que todo el
tiempo están mirando al sur con una terca y apasionada nostalgia.
Son los latinoamericanos del éxodo. Se trata de la mayor movilización de seres
humanos de que se tenga noticia en la historia. En su salida apresurada desde la
América que habla castellano, dejan atrás amores e infortunios además de
patrias en estado de disolución y clausura.
Esta historia no es perfecta. Y no pude serlo porque, al decir del mentiroso
mixteca, “este tiempo no es un tiempo de verdad”. Mientras estaba
escribiendo Los sueños de América, me repetí aquel y otros dichos de ese
amigo y pensé que el hombre está hecho de barro y de esperanza, pero más de
esperanza. Y mientras pensaba en eso, creo que se me fue la nostalgia y conté
tantas historia de verdad que ahora hasta la verdad me parece mentira.
Los lectores del Perú están invitados a la
presentación del
libro de González Viaña, “Los sueños de América”,
Editorial Alfaguara, 2000
Centro Cultural de España.- Lima.
12 de diciembre, 7 pm.
(*) Catedrático en Oregon, USA.
Se le puede escribir al e-mail: gonzale@wou.edu
Los lectores están invitados a visitar su libro electrónico “El
Correo Invisible”:
Geocities.com/egonzalezviana