Por : Diego
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Son ya cientos los actos cobardes que, por imposición, despanzurran cadáveres aleatorios en medio de la calle. Manos culpables que no tienen inconveniente en seguir apretando el gatillo incansable, en cuya detonación va implícito un adios crucial sin retroceso. Secuencias salvajes que, en cada noticiario, nos dejan un lastre de inmundicia que sólo sube a los ojos un desgarro profundo sin consuelo.
No podemos seguir siendo un pueblo de bárbaros que apuntala escombros de ideas a base de pistolas. Nuestro recién estrenado siglo, pues, necesita un coraje político sin fisuras; un marco común y democrático donde el debate lo promuevan el lenguaje y las ideas. Tenemos que avanzar dentro de un paisaje mestizo y prural, sin que por ello hayan de triunfar siempre nuestras convicciones, pero sin rebasar el límite, después del cual, sólo habita la ciguera del fascismo.
El corazón no ha de acostumbrarse nunca a este espectáculo deleznable de sangre gratuita. A diario, si es preciso, se debe salir a la calle y expresar nuestra repulsa. Con dignidad; con valentía; con el empuje de un sentimiento de paz que, como decía Kant, hasta para sí querría un pueblo de demonios. No nos podemos permitir un retroceso en nuestra común andadura, puesto que el futuro es un esbozo de obra que ahora principiamos para que luego tomen el relevo nuevas y sucesivas generaciones. Y tenemos la obligación moral, mientras podamos, de ir construyéndolo lo más digno y humano posible, para hospedar en él saludables bocanadas de un aíre solidario.
A todos, pues, nos compete lo que ocurre mucho más allá de la sombra de nuestro morondo ombligo. Y nos compete porque, para hacer ciudadanía solidaria, no tenemos por menos que aunar; cuantas más fuerzas, mejor, en el camino donde sembrar ese proyecto.
Nos tienen que importar la pésima lacra del terrorismo; pero también las desigualdades con sus balances fríos, y todo aquello que, en definitiva, afecte de lleno a la dignidad del ser humano, puesto que todos formamos parte de esta variopinta especie.
No vale la callada por respuesta; que no es sino una canalla complicidad con todo lo que acaece. No vale la asepsia casposa en la que poco a poco se termina aburgesando al sentimiento. No vale desviar la mirada hacia otra parte, puesto que el himno insobornable de la conciencia es una sorpresa sin programar que actúa de vigía. No vale tamaña desafección por algo que es tan vital y rigurosamente serio. No vale el no pronunciarse y, vasallos o presos de una triste farsa, jugar siempre a hacer de equilibristas. En estos casos es necesario pronunciarse. Pronunciarse con un NO unánime para erradicar de una vez esa fanática costumbre.