LA ULTIMA BARRICADA


Por : Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es


¡Quién pudiera mover, de pronto, el mundo en sueños;
impulsarlo, desde el punto de vista radiante de sus sueños,
hacia una nueva vida!”
Juan Ramón Jiménez.

EL 14 DE JULIO DE 1968 ARDIO 

LA ULTIMA BARRICADA DEL MAYO FRANCES

París, mayo de 1968. Uno de los acontecimientos más importantes de los últimos tiempos sobre Europa iba a tomar vida. De todo aquel estallido de autenticidad queda hoy algo más que el recuerdo y la nostalgia. Treinta y dos años han caído sobre aquel mayo en París.

Se amontonaban las piedras en las barricadas en aquel mayo francés. Un olor a gases lacrimógenos, mezclaba lágrimas verdaderas con las provocadas. Ni un solo muerto. En España se mixtificaba la verdad. La orgía de los estudiantes que se acostaban en promiscuidad... eso era la versión del mayo francés.

Las Universidades con sus catedráticos y estudiantes, las fábricas, los talleres, las oficinas, los empleados públicos, paralizando la vida de un país, no fueron movidos por un grupo de agitadores pro-chinos. La revolución de mayo, sin una ideología marcada, sin casi otros líderes, que algún joven universitario, es la señal más terminante de indignación contra un mundo injusto.

Los jóvenes, en vanguardia, los trabajadores con su gran homogeneidad dijeron su no, en Francia, en aquel mayo de 1968. Por eso sin duda, el entonces gaullista Malraux escribió que “el encuentro del elemento juventud y del elemento proletariado es un fenómeno sin precedentes”.

En todos los edificios ocupados en París por los estudiantes florecieron banderas rojas y negras: en la Universidad, en los Liceos, en las Escuelas, y hasta en los teatros. En todas las ventanas ondeaban banderas rojas y negras, como en un alegre festival. Un día un famoso mirón de ese revoloteo banderil preguntó a un joven estudiante en la Sorbona que por qué habían colocado en el edificio universitario más banderas negras que rojas: “Sin proponérnoslo -le contestó-, porque encontramos a mano mucha más tela negra que roja”. Sin proponérselo, tal vez, sino porque encontraban a mano materiales fáciles de acumular construyeron también las primeras barricadas. Como saliéndose de la historia para adentrarse en una tradición revolucionaria que les afianza en su empeño juvenil de rebelde y desinteresada revolución. Al mismo tiempo empezaban hablar las paredes, secularmente sordomudas. Los muros nos decían: “La poesía está en la calle”, “Las libertades no se dan se toman”, “Sólo la verdad es revolucionaria”...

La aparición de las primeras barricadas fue una sorpresa para todos, incluso para los que al hacerlas, polemizaban sobre su conveniencia: le parecía tal vez, una afirmación romántica y gratuita, y, sin embargo, sentían muy bien que no era un retorno añorante al revolucionarismo callejero. A este iluminativa intuición revolucianaria, más tradicional que histórica: más creadora (poética) que reflexiva, se nos aparece evidente su sentido, dada su “maravillosa violencia”, la de su falta de odio.

Sin muertos, y con esa apariencia de juego limpio y enteramente desinteresado, escandalizaba a sociólogos e historicistas. “ a los revolucionarios profesionales”, como si, repitiendo un decir de Goethe, les pareciera un espectáculo (maravilloso o espantoso) “pero solamente un espectáculo”, como el del nacimiento de la primavera.



El 14 de julio de 1968 ardió la última barricada en la plaza de la Bastilla. El resplandor de aquella hoguera iluminó la noche que dejó atrás tantos días luminosos. Y como dijo el poeta:

“Cuando el lenguaje es llama / que juega con su sombra / media palabra basta, / muchas palabras sobran”. 

Francisco Arias Solis

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