Por : Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
“¿Dónde estás, mi Señor; acaso existes?
¿Eres tú creación de mi congoja,
o lo soy tuya?”
Miguel de Unamuno.
EL FENOMENO DE “HUMANACION”
DE LO DIVINO
El esfuerzo de Unamuno por proyectar su persona, sus dimensiones humanas
sobre los objetos inmediatos y los seres queridos -incluyendo a sus
libros, sus botas, sus paisajes, su perro- es, a la vez, heroico y patético,
ciertamente digno de perdurar en nuestro recuerdo.
La poesía de Unamuno nos hace penetrar en un universo de hermandad, en
que el diálogo, el contacto amistoso y cordial, une a todos los cabos,
recorre todas las superficies, anima todos los espacios en apariencias vacíos.
Nada menos snob, menos hostil al diálogo, que un poema de Unamuno. En sus
versos las piedras adquieren sentimientos humanos, las casas se perfilan
con aspecto de hombre: “Esa casuca de la naricica / con sus negros
ojazos cuadrados, / ¿qué me quiere?”
A Unamuno le horroriza la visión estereotipada y fantasmal de un mundo
hecho de puros espíritus. Su robusta y sana sensualidad materialista se
rebela ante las líneas descarnadas en que nuestra alma se encuentre
desprovista de “las almas de las cosas de que vive”, “el alma de los
campos”, “las almas de las rocas”, “las almas de los árboles y ríos”.
En su inquietante angustia llevaría a cabo el fenómeno de “humanación”
de lo divino, que, al mismo tiempo que eleva al nivel del hombre a los
animales y a los objetos inanimados, a las casas y a los árboles, al
paisaje y a las ciudades, que dialoga con esos objetos, con el cielo o con
Bilbao, en un amistoso gesto de igualdad, tiende también a hacer
descender a Dios al nivel humano, lo acosa, lo interroga, le pide favores
urgentes o pone en duda su trascendencia.
“La fe unamuniana -señalaba José Luis Aranguren- coexiste siempre con
la duda radical, con la desesperación. Unamuno nos ha dado tres versiones
o grados de ella: la más alta se resume en aquellas palabras evangélicas,
tan amadas por él: “creo, ayuda a mi incredulidad” (Marcos IX, 23).
La segunda, terriblemente dramática, del que quiere y no puede creer, ha
sido espléndidamente encarnada en la figura de San Manuel Bueno, mártir.
La tercera, estoica, en la que ya apenas queda sombra de fe...”
Una de las formas más definitivas y desconsoladoras de enfrentarse con el
problema de la fe, es descubrir la falta de fe en alguna figura superior,
cuya misión es casi la de “garantizar” nuestra supervivencia. Creo
que uno de los textos unamunianos en que esto se hace patente es en el
conocido poema Elegía en la muerte de un perro. Los versos finales
alcanzan una intensidad, un patetismo, pocas veces igualados, incluso en
otros poemas de Unamuno: “Descansa en paz, mi pobre compañero, /
descansa en paz; más triste / la suerte de tu dios que no la tuya. / Los
dioses lloran cuando muere el perro / que les lamió la manos, / que les
miró a los ojos, / y al mirarles así les preguntaba: / ¿a dónde
vamos?” Los dioses de que nos habla Unamuno no tienen fe, solo pueden
contestar con lágrimas a la angustiada pregunta “¿a dónde vamos?”
Por ello, más cercano del final del poema que el conocido texto que sirve
de epílogo a la novela Niebla (en el que el perro Orfeo reflexiona melancólicamente
ante la muerte de su amo, discurre acerca de la existencia y la vida
eterna, hace comentarios irónico-cínicos sobre la vida y la sociedad
humanas, y acaba por morir también), me parece el espíritu de ciertas páginas
de San Manuel Bueno. Páginas en que la amargura, la melancolía y la
heterodoxia de Unamuno llegan a una cima. Don Manuel -lo mismo que
Unamuno- ha querido creer, trata de consolar e inspirar a los demás, y lo
consigue. Pero hay más: por ciertas alusiones, casi no tenemos más
remedio que identificar a Don Manuel con una figura divina, (recordemos
que en el poema nos habla de los dioses de triste destino), con Inmanuel:
“Y por las inequívocas alusiones a Jesucristo -escribía Guillón-,
cabe pensar si el autor quiso establecer un paralelo entre la situación y
la actitud del personaje y la del Hijo de Dios; si quiso, nada menos, señalar
la posibilidad de que el creador de nuestra religión no creyera en ella,
no creyera en la verdad de lo predicado para consolar a los tristes y
mantener la alegría, imaginando como don Manuel le dice a Lázaro, que
“la verdad es algo intolerable, algo mortal: la gente sencilla no podría
vivir con ella”. La equivalencia en las actitudes de Jesús y de don
Manuel no es un ataque contra la figura de Cristo, sino un modo personal,
heterodoxo sin duda, de entenderla y explicarla, en contradicción con lo
cantado por el propio Unamuno en El Cristo de Velázquez”.
No nos es posible introducirnos en la intimidad de Unamuno. A pesar de
todos los esfuerzos críticos, el pensamiento secreto de Unamuno sigue siéndonos
desconocido.
Sea como sea: el poema a la muerte de su perro nos recuerda que Unamuno,
el gran sembrador de ilusiones, el gran gesticulador dramático, tenía
momentos -más frecuentes, probablemente, de los que revelaba el Unamuno
“oficial”- de profundo y total abatimiento, de sincera desnudez frente
a la idea de la muerte y de la nada. Momentos en que abandonaba sus
aspiraciones a la inmortalidad, porque le era imposible seguir ilusionándose.
Como dice un personaje en San Manuel: “Hasta que un día los muertos nos
moriremos del todo”. El Unamuno poeta lo acepta a veces en forma más
directa, franca y desolada que el Unamuno ensayista, que sigue defendiéndose
y argumentando. El poeta acepta que algún día nos convertiremos -como
diría más tarde Lorca- en “un montón de perros apagados”.
Francisco Arias Solis
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