Por: Julián Sabogal Tamayo
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El conde León Tostoy decía: conoce tu aldea y serás universal. Desde este punto de vista, voy a compartir con ustedes, en esta conferencia, algunas reflexiones adelantadas en los grupos de investigación y discusión al interior de la Universidad de Nariño, que espero puedan tener cierta validez para las otras universidades aquí presentes. Parte de dichas reflexiones son simplemente hipótesis de carácter personal.
Un primer aspecto a considerar tiene que ver con la responsabilidad de la Universidad, fundamentalmente la pública, con su entorno. Esta responsabilidad, a mi modo de ver, tiene dos aspectos. Por un lado, la Universidad debe responder a los requerimientos de los actores sociales de la región. En el caso de La Universidad de Nariño, este primer aspecto se ha venido cumpliendo con solvencia aceptable. En el Plan Marco de la Universidad se dice que su Proyecto Social se concibe como el diálogo permanente entre la Universidad y la sociedad en relación con los propósitos, intereses y proyectos que les son comunes. Y, de hecho, la Universidad ha venido dialogando y respondiendo a las solicitudes de sus interlocutores. Solo a manera de ejemplos, digamos: ofrecemos un Programa de Agronomía, porque la región es agrícola; uno de Zootecnia y otro de Medicina Veterinaria, porque la región es pecuaria; se creó recientemente el Programa de Administración de Empresas, porque las empresas de Pasto han crecido y requieren Gerentes con formación a nivel superior; se han creado Especializaciones en Educación, porque los maestros de la región necesitan profundizar y ampliar su formación. Todas estas son ofertas de la institución en respuesta a las demandas del entorno, en otras palabras, esas son las respuestas a las señales del mercado. Lo mismo sucede con la investigación. La mayor parte de las investigaciones que se adelantan en la Universidad, tanto en la actividad científica de los docentes como en los trabajos de grado y postgrado, están relacionadas con problemas sentidos por los actores de la región tanto a nivel municipal como departamental; es por eso que podemos encontrar muchas investigaciones sobre papa, leche, carne, comercio o problemas municipales. Los profesionales egresados de la Universidad están igualmente aportando al desarrollo de la región en todos los campos: la educación, la economía, la administración, la política, etc. De la misma manera la Universidad se une e incluso lidera la formulación de planes de Ciencia y Tecnología a nivel regional. Esta efectivamente es una responsabilidad de la Universidad y la está cumpliendo en forma bastante aceptable.
Pero la Universidad tiene, o debería tener, otra responsabilidad con el desarrollo: construir la utopía del desarrollo. Igual que en la primera alternativa, se trata de una construcción colectiva, es el sueño de todos los actores, pero en la construcción de utopías la Universidad debe ejercer el liderazgo, por la sencilla razón de que la construcción de un sueño, en nuestras condiciones, implica una construcción teórica. En otras palabras, si en el primer caso la actitud de la universidad ha sido reactiva, en el segundo debe ser proactiva.
Una propuesta de desarrollo económico y social para cualquier región colombiana, y quizá latinoamericana, tendrá como condición sine qua non la formulación de una teoría del desarrollo propia, que rompa sus amarras con las teorías importadas. Como dice el poeta William Ospina en su libro Las auroras de sangre: quien se propusiera en la poesía atrapar a América en su turbulencia, su complejidad y su rotunda extrañeza, necesitaría un lenguaje nuevo... Esta afirmación se puede trasladar palabra por palabra al pensamiento económico: para pensar la complejidad económica de América Latina se necesitan nuevas categorías. Y aquí viene la pregunta crucial: ¿si esto no lo hace la Universidad, entonces quién?
Me voy a detener unas líneas en la teoría del desarrollo, con la cual hemos venido conviviendo durante décadas de infructuosos esfuerzos; trataré de no aburrirlos con planteamientos demasiado abstractos. Después de la Segunda Guerra mundial, los países desarrollados, sus organismos financieros y sus teóricos descubrieron que existía un tercer mundo subdesarrollado, al cual era necesario ofrecer alternativas para que avanzara y se acercara al primer mundo, so pena de que pudiera tomar el camino del segundo. Siempre, los mayores esfuerzos de ayuda a los países atrasados, por parte de los países desarrollados, se dieron en los momentos en que, por alguna razón, aquéllos pudieran sentir simpatías por el comunismo. Un buen ejemplo de esto lo podemos ver en los esfuerzos de la ayuda de los Estados Unidos a Latinoamérica, mediante la Alianza para el Progreso, inmediatamente después de la revolución cubana y la negligencia en esas ayudas que ha seguido al fin de la guerra fría.
Los teóricos empezaron a hablar entonces de la Teoría del Desarrollo, como una rama relativamente independiente del Pensamiento Económico general. Pero, cuando buscaron herramientas para la elaboración de una teoría del desarrollo en la ortodoxia económica, se encontraron con que allí no existían tales herramientas, pues los pensadores económicos neoclásicos habían invertido los últimos tres cuartos de siglo en organizar la teoría solo en sus aspectos formales. Como dijera Barán, en una metáfora afortunada, los Neoclásicos se dedicaron a acomodar los muebles de la casa y los cuadros de las paredes, después de cerrar puertas y ventanas para no ver la realidad exterior. O, como dice Guerrrero, la ortodoxia neoclásica se dedicó a levantar un piso tras otro de un edificio teórico de arquitectura impresionante, pero apoyado sobre unos cimientos fabricados con materiales de procedencia sospechosa... De otra parte, la teoría heterodoxa, por ejemplo el marxismo, debía seguir siendo sistemáticamente ignorada.
Ante ese panorama, los teóricos se vieron obligados a regresar a los postulados clásicos de desarrollo económico. Y pusieron en la base de su teoría, de una u otra manera, los postulados de Adam Smith y David Ricardo. En consecuencia, todas las variantes de la teoría del desarrollo, postularon dos principios que terminaron por adquirir la categoría de dogmas: primero, desarrollo es idéntico a crecimiento económico y, segundo, el crecimiento solo es posible mediante el incremento de las inversiones de capital.
Los teóricos de los países desarrollados nos dibujaron un escenario aproximadamente en los siguientes términos: ustedes, nos dijeron, pueden llegar a ser desarrollados en el futuro, es decir: ser como nosotros, para ello les aconsejamos recorrer el mismo camino que nosotros hemos recorrido, el cual consiste en invertir capital para lograr mayores índices de crecimiento, como efecto de lo cual, vendrá un mejoramiento en el bienestar de la población. Ahora bien, como ustedes no tienen el capital, ni lo pueden obtener por sí mismos, puesto que son malos ahorradores, nosotros les concedemos los créditos. Todo parecía perfecto, al menso en términos teóricos. La historia posterior ya es conocida: nos prestaron el capital, nos enviaron asesores a enseñarnos qué hacer con él, invitaron nuestros estudiantes a sus universidades para enseñarles la teoría, pero el crecimiento no llegó ni mucho menos el bienestar de la población. Y, peor aún, les quedamos debiendo no solo el capital que nos prestaron sino los intereses. Junto con el capital prestado, como era obvio, nos entregaron su ideología convenciéndonos de que el sistema capitalista es, sino perfecto, el mejor de los mundos posibles.
Después de medio siglo de experiencias frustradas, ya podemos distinguir qué hay de falso en toda la teoría que nos han vendido. Veamos solo algunos ejemplos.
No es verdad que ser desarrollados signifique consumir igual a los norteamericanos, como nos hicieron creer, por la sencilla razón de que si todos los habitantes de la tierra consumiéramos bienes y servicios al nivel que lo hacen los habitantes de los Estados Unidos, serían necesarios seis planetas iguales al nuestro para producir los recursos. Por tanto el desarrollo, visto de ese modo, es simplemente un mito.
No es verdad que crecimiento sea idéntico a desarrollo, ni que el crecimiento económico tenga como efecto un mejor bienestar para todos. El crecimiento de la producción ha sido incesante en el mundo en la segunda mitad del siglo XX, más que en cualquier época anterior. En una sola década posterior a 1950 se han producido más mercancías en el mundo, que en toda la historia de la humanidad anterior a esa fecha; pero el efecto no ha sido el mejoramiento de la calidad de vida del género humano, sino mayor concentración en pocas manos y mayor miseria para la mayoría de los habitantes del mundo. Basten unos pocos datos. En las últimas tres décadas, el 20% más rico de la población del mundo pasó de recibir el 70% del producto al 85% y el 20% más pobre pasó del 2.3% al 1.1%; es decir, si hace treinta años la relación entre los más ricos y los más pobres era de 30 a uno, hoy es de 77 a 1; la inequidad se multiplicó por 2 y medio. La riqueza que poseen los cinco hombres más ricos del mundo equivale al PIB de los 48 países más pobres. A la par de más de 700 millones de personas que viven en la miseria en el mundo, los países desarrollados invierten en la industria de guerra cerca de un millón de millones de dólares. Es decir, si se parara la máquina de la guerra, con esa riqueza se resolvería el problema del hambre en el mundo. Sólo el 1% de la riqueza que poseen las 200 personas más ricas del mundo sería suficiente para dar educación primaria a todos los niños del planeta.
Muchos de los sueños del hombre del renacimiento ya se han hecho realidad. El hombre de hoy puede volar, cómodamente, con ventaja sobre todas las aves; puede viajar bajo del agua, con ventaja sobre los peces; ir a la luna y muy pronto a otros planetas; organizar una reunión entre varias personas situadas en distintas partes de la tierra, como si estuvieran al otro lado de la mesa; consultar la biblioteca de cualquier universidad del mundo, sin moverse de su casa y a muy bajos costos, etc. Pero, al mismo tiempo, la posibilidad de los hombres de vivir dignamente, con sus necesidades básicas satisfechas, sigue en entredicho. Me atrevo a decir, por eso, que el modelo que nos han vendido los países centrales y las teorías que lo sustentan, al menos para los habitantes de América Latina, es un verdadero fracaso. El actual no es el mejor de los mundos posibles, a menos que la característica fundamental de los seres humanos sea la estulticia.
Pero las cosas en materia teórica no pararon ahí, después de la crisis de principios de los setenta, se debilitaron las teorías del desarrollo y se rehabilitó la teoría neoclásica, en la peor de sus variantes: el neoliberalismo. Más tarde, con la caída del socialismo en los países de Europa Oriental, el neoliberalismo adquirió, en el pensamiento oficial e infortunadamente en la mayor parte de las universidades, características de pensamiento único. Para América Latina, el renacimiento del pensamiento neoclásico en su versión neoliberal es peor que todas las variantes de la teoría del desarrollo, a pesar de los grandes defectos de ésta.
Si aceptamos lo anterior, debemos retomar la línea del desarrollo, pero esta vez levantando un edificio sobre bases propias. Hay que empezar por cambiar el concepto mismo de desarrollo. Pensar el desarrollo en términos de derechos de las personas y posibilidades reales de ejercerlos. Pensar el desarrollo como un espacio donde un miembro de la comunidad, por el solo hecho de serlo, no esté condenado a morir de hambre o de una enfermedad curable, es decir, que la salud sea un derecho y no una mercancía para vender a quien pueda comprarla; que la educación sea también un derecho y no un producto vendible. Podemos aquí recoger las palabras del premio Nobel de economía de 1998, el economista hindú Amartya Sen: El proceso de desarrollo no consiste esencialmente en extender la oferta de bienes y servicios, sino en las capacidades de la gente... Necesitamos prestar más atención a crear y asegurar los derechos y convertirlos en capacidades.
Pienso que ya es hora de que la Universidad latinoamericana, recogiendo la herencia del pensamiento social alternativo, empiece a elaborar una teoría independiente, con base en la cual sea posible construir la utopía de la América Latina. Estoy entendiendo utopía no con el sentido de lugar inexistente, sino con un sentido diferente, algo así como el sueño colectivo que se constituya en una racionalidad alternativa. Es necesario oponerse a ese pensamiento único, conocido en las últimas décadas como neoliberalismo, que terminada la guerra fría se ha constituido en una verdadera religión, cuyo dios es el mercado y que junto con la eficiencia y el lucro forman una trinidad todopoderosa. Soy consciente, por supuesto, de que a una teoría como la neoliberal con recetas consolidadas y respaldadas por organismos poderosos, solo se le pueden oponer propuestas basadas en sólidos postulados teóricos, apoyadas por un haz de voluntades. ¡De ese tamaño es el reto para la Universidad latinoamericana!
En América Latina hay una larga tradición de pensamiento independiente, con los pies en las realidades de este subcontinente. Desde el utopista Vasco de Quiroga, en los lejanos años de la colonia, hasta los pensadores latinoamericanistas del presente siglo, muchos de los cuales aún hoy continúan pensando y sorprendiéndonos con nuevas propuestas teóricas. Voy a nombrar solo unos pocos, porque la lista es relativamente larga, si bien no tanto como nos gustaría que fuera. Antonio García Nossa, José Consuegra Higgins, Carlos Mariátegui, Raúl Prebisch, Celso Furtado, Alonso Aguilar, Salvador Brand, Domingo Maza Zavala, Osvaldo Sunkel, René Baez, Orlando Fals Borda. La tarea de la Universidad entonces es recoger esa herencia y construir, a partir de ella, una nueva teoría del desarrollo.
Yo me voy a atrever a compartir con ustedes una hipótesis incipiente, sobre un ingrediente que puede tener una teoría latinoamericana del desarrollo. El pensador colombiano Antonio García Nossa nos enseñó que un aspecto distintivo de las relaciones económicas de América Latina es su carácter mestizo. En nuestros países hubo cierta forma de esclavitud, pero esos esclavos no eran idénticos a los romanos; tuvimos aquí formas de feudalismo, pero no era el europeo. Tenemos capitalismo, pero no es el mismo que nació en Inglaterra con la revolución industrial. Algunas de las formas de producción que tuvieron lugar en Europa se repiten en nuestro medio, pero ellas producen hibridajes al cruzarse con las formas históricas particulares. El resultado a que se llega lo constituyen unas formas nuevas, más abigarradas, más complejas.
Yo pienso que la riqueza y la complejidad de las formas económicas de Nuestra América son, en razón de esa complejidad, superiores a las relaciones económicas del viejo continente, pero tal superioridad no ha podido expresarse avasallada por la mirada europea que tenemos sobre nuestra historia y sobre nuestra economía. La Economía Política elaborada en Inglaterra, tanto la clásica como la marxista, solo permite ver en la multiplicidad de las relaciones económicas mestizas lo que de europeo se encuentra en ellas. Lo anterior explica por qué se aceptan como apropiadas solo las relaciones de tipo capitalista, mientras que los otros componentes se consideran defectos o remanentes llamados a desaparecer. Es decir, nuestra economía es mirada con ojos europeos y la Política Económica, en consecuencia, se formula atendiendo al componente europeo que existe en su interior; de esa manera se castran las posibilidades de la complejidad. La creatividad y las múltiples alternativas latinoamericanas han sobrevivido aprisionadas por las teorías europeas, de la misma manera que Prometeo permaneció atado a la roca.
La teoría latinoamericana del desarrollo debe nacer de la realidad propia y tener el mismo carácter mestizo de tal realidad. Solo una teoría así construida puede interpretar todas las partes constitutivas de las formas económicas y las nuevas cualidades que nacen de sus combinaciones, no como remanentes inferiores sino como formas diferentes constituyentes de nuevas realidades, con frecuencia, superiores. De esta manera desaparecerá el complejo de inferioridad de lo latinoamericano, frente a lo del viejo continente, y se desatarán las potencialidades que han permanecido atadas por la mirada europea, la cual ha gravitado vigilante sobre ellas. La Teoría Latinoamericana del Desarrollo será, por tanto, auténtica, mestiza y liberadora.
No se trata de encontrar nuevas leyes generales, que reemplacen a las existentes. Se trata, por el contrario, de pensar las realidades concretas. Las estrategias de desarrollo, en principio, pueden ser diferentes para cada región teniendo en cuanta que dos regiones no son idénticas, si bien pueden tener algunos aspectos comunes. Las estrategias de desarrollo de Nariño seguramente no son las mismas del Chocó, pero quizá tengan alguna similitud con las de la provincia del Carchi, por ejemplo. Como dice André Gunder Frank, en un libro reciente, citando a Hettne: No puede haber definición fija y final de desarrollo: sólo sugerencias de lo que el desarrollo podría implicar en contextos particulares . Es decir, el desarrollo es regional.
No sobra decir que mi propuesta rechaza el planteamiento europeo, de los neoclásicos, según el cual la Economía es una ciencia pura de validez universal, que puede alcanzar expresión matemática. Por el contrario, recoge la otra alternativa, según la cual la Economía es una ciencia social cuya validez responde a determinadas épocas históricas y a las particularidades de ciertas regiones del planeta.
Lo que vengo planteando implica para la Universidad un cambio de fondo en sus modelos pedagógicos. Como dijo el filósofo peruano Augusto Salazar Bondy en su libro ¿Existe una filosofía de nuestra América?: Si en lugar de producir sus propias categorías interpretativas una comunidad adopta ideas y valores ajenos, si resulta imposible para ella darles vida nueva y potenciarlos como fuente de proyectos adecuados a su salvación histórica, si los remeda en su carácter extraño y hace de ellos principios de conducta pese a su inadecuación, es porque en su mismo ser prevalecen los elementos enajenantes y carenciales. Esto significa que si nuestros profesores son solamente repetidores de teorías elaboradas en otras latitudes, que responden a otras realidades, tendrán un pensamiento enajenado, en el sentido más directo del término, es un pensamiento ajeno, y en sus procesos docentes no lograrán nada más que formar profesionales repetidores y alienados. La aspiración de nuestras autoridades educativas, de enviar sus estudiantes a Europa o a Estados unidos a cursar maestrías o doctorados no estaría logrando nada más que la multiplicación de la enajenación, al menos que ellos puedan llegar a discernir las teorías foráneas con criterio propio.
El nuevo modelo debe cambiar los actuales estudiantes que aprenden y repiten, por otros que piensan, imaginan y ponen en juego su creatividad. Se deben transformar los estudiantes de hoy, que saben responder, por unos nuevos que sepan preguntar, que analicen con sentido crítico las teorías universales y no teman formular hipótesis originales. Lo anterior supone un cambio de ese profesor que todo lo sabe, por otro capaz de aprender todos los días, a la par con sus alumnos.
De otra parte, una universidad creadora de nuevas teorías debe poner énfasis especial en el largo plazo. Crear Programas teóricos, de esos que no pide el mercado y, por tanto, no son rentables desde el punto de vista financiero, pues su rentabilidad es solamente social. Generalmente los programas que son más importantes en el largo plazo, son los mismos que carecen de demanda, pues la mayoría de los jóvenes está pensando en resolver sus problemas económicos personales lo más pronto posible; no en vano estamos en la era de la velocidad. Eso implica que la Universidad debe invertir en el futuro de la región, a sabiendas de que la recompensa será el desarrollo. En el caso particular de Nariño, estoy pensando en postgrados al más alto nivel de Historia Regional, de Pensamiento Económico Latinoamericano, de Pensamiento Sociológico Latinoamericano, de Filosofía Latinoamericana y otros similares.
La asesoría en la planeación no debe ser solamente para identificar proyectos de inversión en el corto plazo, sino para identificar sueños y construir visiones compartidas. En síntesis, las urgencias y el corto plazo tendrán que ceder a las importancias y a la prospectiva, entendida ésta en el sentido latino de prospectare: mirar a lo lejos. La Universidad se convertiría entonces en un semillero de pensamiento y de creatividad.
Mis planteamientos, por supuesto, no pretenden ser nada más que una invitación a pensar con cabeza propia nuestra realidad social y económica. Seguramente algunos de ustedes, con más capacidades y formación científica que yo, puedan llegar a resultados más calificados, a condición de que se decidan a buscarlos.
El maestro García decía que: América solo puede abocar su conocimiento científico de los fenómenos de su historia o de su naturaleza cuando posea efectivamente una doble independencia: la de la economía y la del pensamiento . Yo quiero ser más optimista que el maestro y decir que si los latinoamericanos logramos alcanzar independencia de pensamiento, la independencia económica estará cerca. Pero para alcanzar independencia de pensamiento, se requiere que la Universidad haga suya la tarea de crear pensamiento propio.