Por : Eduardo González Viaña
gonzale@wou.edu
Esta semana la Corte Suprema de los Estados
Unidos resolvió, en apelación, la disputa de un niño de 12 años,
representado por su padre, contra la escuela primaria en la cual estudia. Ese
mismo día y al mismo tiempo, el alto tribunal le daba la razón al estado de
Alaska en un litigio contra la compañía petrolera Exxon por 600 billones de dólares.
La abismal diferencia de monto y trascendencia entre ambas causas es evidencia
del temible legalismo anglosajón, pero ese no es el tema de esta nota. El tema
es la raza.
El niño había enjuiciado a su escuela, ubicada en un pequeño pueblo del sur,
por haberle aplicado una suspensión de 3 días hace 3 años que él y su padre
consideran injusta. La razón invocada por los maestros fue que el niño había
dibujado en su cuaderno una bandera de la Confederación de los estados del sur
que perdiera la guerra de secesión hace 140 años. Como se sabe, ese bloque
defendía la causa de la esclavitud.
Durante el juicio, los representantes de la escuela defendieron la sanción
disciplinaria en mérito de un reglamento interno que prohíbe cualquier tipo de
gestos que puedan sonar racistas. Por su parte, los recurrentes sostienen que
este fue un atentado con la libertad de expresión que garantiza la
Constitución de este país. Por fin, luego de 3 años de intenso litigio y
largas apelaciones, la Corte le ha dado la razón a la escuela.
Sin comentar ese fallo, llama la atención la cantidad de noticias que muestran
los periódicos en una sola semana acerca del tema étnico, algo que suena ya a
una obsesión aquí. Véase, por ejemplo, lo que acaba de ocurrir en Rhode
Island donde se ha ordenado que sea derribada una estatua de Mister Potato, con
camisa hawaiana y anteojos de sol, que había sido puesta en mayo como parte de
una campaña para atraer turistas veraniegos. Esa orden está basada en que el
color marrón de la cara del señor que representa al popular tubérculo fue
considerado como altamente racista.
Mientras esto ocurría en el este, aquí cerca, en Idaho, la universidad estatal
ha tenido que sacar del Internet su página web al ser descubierto que la
fotografía de portada había sido adulterada para reemplazar los rostros de dos
estudiantes blancos con los de un par de morenos compañeros suyos.
Esa casa de estudios trataba de mostrar, aunque con medios harto deleznables, su
orientación multirracial. Lamentablemente, no hizo otra cosa que seguir en el
ridículo a la internacionalmente conocida universidad de Winsconsin que, el mes
pasado, fue sorprendida haciendo un truco idéntico.
Pero la ola de noticias raciales no se detiene allí. En Denver, Colorado, las
autoridades municipales han tratado de impedir que los organizadores de la
Marcha del 12 de octubre hagan cualquier mención al nombre de Cristóbal Colón
por considerar que el almirante que llegó a este continente ese día era un
racista.
Por supuesto, la comuna local había sido presionada por una de las minorías
que organiza el tradicional desfile, y el asunto llegó hasta el Departamento de
Justicia de los Estados Unidos que, al fin, ha logrado un acuerdo entre las
partes. Felizmente, en mérito de eso, sí se va a poder pronunciar el nombre de
Colón, e incluso honrarlo, pero como miembro de la minoría italiana.
En este hecho, hay además una cantidad innumerable de contradicciones. Los
organizadores de la “marcha de la hispanidad”, que se celebra en las
principales ciudades de este país, repudian la llegada de los europeos a
América, pero la celebran en grande el 12 de octubre, acusan a España de
genocidio contra los indígenas pero se declaran “hispanos” y condenan el
ingreso de los “blancos” a estas tierras, pero se autodenominan
“latinos” y celebran el “día de la raza”, y ahora han estado a punto de
excluir el nombre de Colón en la “parade” que festeja sus hazañas.
En Estados Unidos, la discriminación racial está prohibida, y las leyes que la
condenan son muy drásticas. Sin embargo, los norteamericanos no pueden
desprenderse de la noción de raza y de una obsesión por pintar a la gente de
colores que los puede llevar al daltonismo.
Cuando una persona busca un trabajo o trata de estudiar en una universidad,
recibe una carta que declara que la institución en referencia no hace niguna
discriminación por raza, origen nacional, religión u orientación sexual, y no
obstante ello, unas líneas más abajo se pide al solicitanteseñalar cuál es
su origen étnico.
Hasta el censo de 1920, se hablaba de Blancos y de Negros y de Razas Mezcladas,
y entre los europeos eran considerados como No Blancos los irlandeses, españoles,
portugueses, italianos, polacos y judíos, y en general toda la Europa del sur y
del este se suponía colamada por razas no blancas y mezcladas difíciles de
clasificar.
Aunque resulte una contradicción en un país supuestamente antirracista, la
burocracia sigue clasificando a los ciudadanos, y se dan casos tan risibles como
el de los españoles que ahora ya son considerados blancos, pero no hispanos.
En cuanto concierne a quienes hablamos castellano, las autoridades consideran
las categorías de Blancos No Hispanos y Negros No Hispanos, y usan la
denominación “Hispano” como un término que no hace alusión al color sino
a la cultura, y sin embargo, al mismo tiempo, se considera a los “hispanos”
como “gente de color”, obligada a ser protegida por los norteamericanos
buenos y "políticamente correctos".
La obsesión por la raza está volviendo daltónicos a los norteamericanos desde
los periódicos que no pueden mencionar un nombre sin añadir el apelativo étnico
correspondiente hasta las universidades que retocan fotografías.
Estos hechos hacen pensar en la cantidad de editores rusos que se encuentran
ahora desempleados y cuya especialidad consistía en hacer aparecer y
desaparecer determinados personajes en los libros de historia. Tal vez ellos
podrían encontrar una buena pega en las universidades norteamericanas.
(*) Catedrático en Western Oregon University.
Se le puede escribir al e-mail: gonzale@wou.edu
Su libro “El Correo Invisible” está a la disposición de los lectores en: http://www.geocities.com/egonzalezviana