Por: Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
Todo necio
confunde valor y precio.”
Antonio Machado.
LA MUERTE ES ALGO
QUE FORMA PARTE DE LA VIDA
Aunque la muerte, por ser inevitable para todos y la terminación de la vida, parecería un
elemento constante e invariable, sucede todo lo contrario: es difícil hallar una realidad respecto a
la cual varíen hondamente las interpretaciones y que condicione en mayor medida la perspectiva
en que se presentan las demás. Son varias las razones de que la muerte sea previvida de
diferentes maneras. Una de ellas su frecuencia, es decir, aquella con que aparece en torno
nuestro. En ciertas formas de vida, siempre es inminente, se cuenta con la muerte como algo que
puede sobrevenir en cualquier instante, que nos puede alcanzar cuando menos lo pensemos, a
nosotros o a las personas que nos importan; en otras situaciones, a la inversa, la muerte parece
más lejana; podríamos decir que es segura, pero en cada caso y en cada momento improbable,
cierta e inevitable, pero en concreto inverosímil. La determinación del grado de probabilidad con
que es la muerte en cada sociedad es un requisito imprescindible para entender esa forma de
vida y toda una serie de comportamientos humanos.
La elevada mortalidad infantil, la desaparición de millares de personas por hambre, epidemias,
inundaciones y cualquier género de desastres; las facilidad del fallecimiento “inexplicado”, por
vagas enfermedades que no se localizan, son factores que llevan a una fácil aceptación colectiva
de la muerte como algo que pertenece a la condición misma de la vida en su detalle, por tanto,
dentro de su trama cotidiana, no como un telón de fondo que la limita en el futuro. En otras
formas de vida, en cambio, la muerte está más o menos “localizada”; se le contiene dentro de
ciertas fronteras; las grandes calamidades parecen descartadas; se cuenta que no habrá hambre,
ni peste, ni terremoto, ni -en algunas fases de la historia- guerra. La muerte se racionaliza, se
reduce a medida; las compañías de seguro la prevén y calculan estadísticamente; y hasta para
cada individuo aforan su probabilidad: una estipulación de su edad y un reconocimiento médico
fijan el importe de la póliza que hay que pagar, es decir, la verosimilitud de la muerte. Cada
defunción se explica, se sabe -o se pretende saber, al menos- por qué ha muerto cada hombre;
del vago “dolor de costado” que acababa con tantas vidas hace medio milenio. Cada vida es
defendida increíblemente más; se lucha con la muerte como si en principio fuese posible
vencerla; desde antes se dejaba operar a la guadaña, ahora se intentan remedios extraordinarios:
operaciones, transfusiones, trasplantes de órganos; los médicos vuelan en aviones hasta remotos
pacientes; estos acuden de continente a continente en busca de hospitales famosos; los
“pulmones de acero” van y vienen aceleradamente, compitiendo en velocidad con la muerte. Y a
consecuencia de ello parece siempre, cada vez más, accidental y violenta en vez de ser
inevitable y natural. Todavía no podemos medir la transformación que esto va a producir en la
sensibilidad vital, en el modo de sentirse instalado en la vida. Los hombres que vivimos hoy, al
menos los que ya somos adultos, no nos sentimos demasiado afectados, porque estamos
sometidos a las vigencias anteriores; dentro de pocos decenios, si otros factores no alteran esta
situación, se verá la enorme transformación operada. Y hago esta restricción porque la amenaza
de guerra y, sobre todo, de las armas atómicas está introduciendo en las mentes la noción de la
probabilidad de la muerte con una fuerza desconocida en Occidente desde hace siglos.
Un tema muy próximo, pero que habría que tomar independientemente y no en estricto
paralelismo, es el valor que tiene la vida humana en cada sociedad, por tanto, la resistencia que
en ella provoca la acción violenta, sobre todo cuando tiene carácter individual, como el crimen;
más aún cuando no es algo azaroso y accidental, sino simplemente deliberado y voluntario,
como la pena de muerte. En grandes periodos de la historia occidental -para no buscar ejemplos
lejanos- esta no ha tenido importancia; se ha aplicado con cierta liberalidad, pero, sobre todo,
con perfecta naturalidad, como algo que está dentro del orden y acerca de lo cual no hay que
hacer demasiadas alharacas.
¿Cuál es en cada sociedad la estimación de la vida? ¿Con cuánta imaginación o con qué
mecánico automatismo se piensa en la muerte? Eso es probablemente lo decisivo, no una mera
cuestión de “crueldad” o “ternura”. Y como dijo el poeta: “El tiempo que no has vivido / no
sabes a lo que sabe. / El que has vivido y que vives / sabe a ceniza y a sangre. / Lo que aprendes
al saberlo / es un saber de la vida / cuando es un sabor del tiempo”.
Francisco Arias Solis
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