Por: Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
Vuela el mal con pies de pluma.
Viene el bien con pies de plomo.
Tirso de Molina.
LAS HUELLAS DEL TIEMPO PASAJERO
“¿Quién oyó las pisadas de los días?”, preguntaba Quevedo para decirnos que el andar del
tiempo no se oye; el andar, el correr del tiempo, de los tiempos. Y menos, el volar. Porque
parecería que el tiempo, cuyo paso no oímos, cuyos pasos no podemos oír, unas veces anda -a
paso lento-, otras veces corre, otras vuela. Y si no lo oímos, ni cuando va despacio ni cuando va
de prisa, ¿lo vemos pasar? “Corre el tiempo, vuela y va ligero”, escribía Cervantes; que este
tiempo que corre, que vuela, ligerísimo, que se nos va y no vuelve, es el mismo tiempo o son los
mismos tiempos que mudan las cosas y que perfeccionan las artes: “Los tiempos mudan las
cosas y perfeccionan las artes”. Será entonces que vemos pasar el tiempo, los tiempos, por esta
mudanza de las cosas y perfeccionamiento de las artes; que lo veremos, de este modo, pasar con
lentitud o con ligereza, con rapidez; con “pies de pluma” o con “pies de plomo”, que habría
dicho Tirso de Molina. No oiremos su pisadas y acaso tampoco veremos sus pies, pero sí
veremos su huellas. A estas huellas del tiempo pasajero, que por el mudarse, cambiarse de las
cosas, se nos muestra, añadiremos, según Cervantes, el ver, el mirar, cómo las artes (y ¿qué
artes?, ¿las que llamó Lope artes mágicas del vuelo?) se perfeccionan. ¿Pues era esta perfección
de las artes, y concretamente del arte de pintar, del arte de la pintura, en relación con la mudanza
de los tiempos, por lo que dijo Goya que “el tiempo también pinta”?
Y para señalar la flexibilidad, la elasticidad prodigiosa del tiempo mismo, recordemos, en
contraposición paradójica, la frase de aquel abogado y político español cuando decía: “hay años
en que no está uno para nada”, con la de Alfredo de Muset, que escribió del siglo XIX, en sus
Confesiones: “ese siglo es un mal momento”. El tiempo es distensión del alma, pensó San
Agustín. Y toda la filosofía cristiana nos viene diciendo, hace siglos, que no hay tiempo sin
alma, ni alma sin siempre. Los viejos relojes prodigaron, en breve escritura refranera que
decoraba sus esferas, divisas como ésta: “Medido está tu tiempo y presuroso vuela, ¡ay de ti,
eternamente, si lo pierdes!” Este perder el tiempo nos dice que lo perdemos en él y con él o por
él es una eternidad; una duración o perduración infinita, inacabable del tiempo mismo, puesto
que con él la perdemos. Por eso en ese tiempo vivo, que “cabe en la punta de una aguja”, como
decía una Santa, podemos eternizarnos en un momento -”cuyo ser está a la puerta de la nada”,
que escribió Tirso-, podemos percibir o sentir la eternidad misma. Podemos de tal modo
transformar, transfigurar un momento dado, un momento único, un momento histórico, en un
instante eterno. Podemos instantaneizar de eternidad un momento, un solo momento pasajero.
¿Y cómo conseguimos este milagro? ¿Por la magia del arte volandero, como decía Lope? ¿Por la
perfección o perfeccionamiento temporal de esas artes mágicas, como creyó Cervantes? “Nada
hay eterno sino la mudanza”, cantaba paradójicamente Shelley. Por la mudanza de las cosas,
percibimos, vemos el paso del tiempo, de los tiempos, según Cervantes. Pero este mismo paso,
lento y volandero a la vez, donde se nos queda, por así decirlo, justamente extasiado, es en la
“obra de arte” -de un arte mágico de pintar, de escribir...- que perfecciona o que se perfecciona
con el tiempo mismo. Por lo que dijo Goya que el tiempo pinta. Y por lo que también puede
decirse que el tiempo escribe.
Andando el tiempo, con el andar del tiempo, con ese correr de los tiempos, que a veces es vuelo,
se van haciendo, perfeccionando esas “obras de arte”, esas ficciones imaginativas, que no por
parecernos quietas, inmóviles, extasiadas de temporalidad, dejan de mudarse, como las cosas
con el tiempo y por el tiempo mismo, o al mismo tiempo que ellas. Y es que, como nos dijo
Cervantes: “Los tiempos mudan las cosas y perfeccionan las artes”.
Francisco Arias Solis
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