Por: Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
“Hay una patria de esperanza y sombra
donde amanece el hombre cada día,
tierras aradas en silencio, campos
que en soledad siguen soñando vida.”
Leopoldo de Luis.
LA DEMAGOGIA ES UNA FORMA SUTIL DE DESPRECIO.
La forma radical de despreciar a una persona es “no hablarle”. Cuando
a alguien “se le niega la palabra”, se lo excluye de la comunicación
humana, se deja de considerarlo como persona. Hay formas políticas que
consisten en esto, en no hablar a los ciudadanos (que, naturalmente no son
ciudadanos). Cuando los gobernantes “saben lo que hay que hacer”, están
en el secreto, no tienen nada que justificar, se cuidan de administrar a
sus súbditos, de ordenar sus vidas, de decidir lo que pueden hacer, leer,
contemplar, esta es la forma más pura del desprecio. El cual no está
disminuido por la adulación que busca la complicidad, como cuando se pasa
la mano por el lomo de un animal: aquellas situaciones en que se declara
admirable, orgullo del mundo, a los pobres hombres con quienes no se
cuenta y que nada tienen que decir; o aquellas otras en que se proclama
“dueños de todo” a los que no pueden disponer ni siquiera de su
propia realidad.
Hay una forma más sutil y menos extremada de desprecio que es la
“demagogia”. El demagogo habla, ciertamente, y hasta habla todo el
tiempo, pero no habla “a los demás”. Habla, simplemente, para sí
mismo, o para una camarilla domesticada y encargada de desencadenar los
aplausos o ante un resonador de personas previamente condicionadas,
hipnotizadas, reducidas a mecanismo psíquico o social, con recurso al
terror o al soborno; es decir, reducidas a cosas, despersonalizadas.
Todos hemos vivido, en una u otra medida, durante periodos más o menos
largos, estas experiencias. Son muchos los hombres de nuestro tiempo que
han nacido y han vivido siempre sometidos al desprecio, que no han
conocido otra cosa; apenas pueden imaginar con viveza y eficacia nada
distinto; me estremece pensar lo que puede ser una sociedad uniformemente
compuesta de hombres así condicionados, sin alternativas, sin
“mezcla” de estratos sociales diferentes, de supervivientes de otras
situaciones, que tienen presentes otras posibilidades, por lo menos en
forma de nostalgia.
Pero no es esto lo único que pasa en el mundo. Hay muchas sociedades en
que la norma es el respeto del hombre. No significa esto una utópica
perfección; no quiere decir que haya actualmente países en que no pueda
“faltarse el respeto” a los ciudadanos, o a algunos de ellos.
Pero en estos casos, el desprecio concreto es una excepción, vivida como
tal, repudiada por muchos, que se hace constar y expresamente queda
identificada así. Algo contra lo cual se puede recurrir, que se
rectifica, se sanciona. Algo que se reconoce y confiesa -de grado o por
fuerza- por los mismos que lo han cometido. Entre las mayores falacias que
circulan en nuestra época hay una que quiero desenmascarar. Cuando se
muestra en qué consiste la vida pública en una sociedad determinada, los
defensores de ella suelen aducir algún hecho particular semejante,
ocurrido en una sociedad distinta. Pero hay que preguntar: ¿Qué más? ¿Qué
ha pasado después? ¿Qué consecuencias ha tenido? ¿Cómo se sabe? ¿Ha
tenido constancia pública? ¿Ha sido condenado? ¿Ha sido corregido? Si
las consecuencias de ese acto con “parecido” son enteramente distintas
en dos sociedades, habrá que reconocer que esas sociedades son
enteramente distintas, y por tanto esos dos actos también: uno es el
“uso” y el otro, solamente un “abuso”.
En una parte considerable del mundo actual impera el respeto al hombre, y
cuando se le falta ocasionalmente, se puede hacer que sea restablecido.
Esto me parece precioso: el bien supremo de la convivencia, porque es la
condición de todos los demás, la posibilidad de que se rectifiquen y
superen todos los males, si son superables, si no lo son la dimensión
negativa de la condición humana o de su versión en un tiempo
determinado.
El más claro indicio de equilibrio entre respeto y desprecio es el estado
en que se encuentra la verdad. Cuando la verdad puede ser pensada,
expresada, contrastada, justificada; cuando se dan cuentas y se pueden
pedir, cuando se puede denunciar la mentira, cuando hay medios de saber lo
que pasa y lo que va a pasar, entonces existe la vida como respeto.
Cuando la verdad está inerme e impotente, cuando no se puede hacer oír
-o no se le puede ni siquiera buscar-, cuando se encuentra el silencio
desdeñoso o la falacia demagógica o la difamación y faltan los recursos
sociales para oponerse a ellos, podemos afirmar que vivimos en tiempo de
desprecio.
Claro está que no basta con establecer un diagnóstico. Es menester, si
por fortuna se goza de respeto, no jugárselo, no exponerse a perderlo. Si
no se goza de él, hay que esforzarse por exigirlo, por imponerlo, por
hacer que llegue a ser la norma de la convivencia. Y como dijo el poeta:
“Hombres, comer es poco para el hombre. / Yo, hermanos, quiero diálogo,
ir con todos, / ser con todos y en todos compañero / más que
coincidencia y rabia oscura, / más que asco metafísico ante el roce / de
lo que se odia porque no se entiende.”
Francisco Arias Solis
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