Por : José Luis Mejía
jlmh@ezperu.com
Debo confesar que me tomé las cosas con calma. Me desperté, contra mi costumbre, cuando el reloj se aproximaba a las diez y el invernal sábado limeño se decidía, de una vez por todas, a no darnos ni un miserable rayo de sol. Eso que "como ha llovido esta noche, mañana saldrá un sol espectacular", no deja de ser parte de la positiva mentalidad de los criollos capitalinos. Cierto, el día estaba templado, pero el astro rey había optado por esconderse (¿de sus acreedores?) tras una espesa capa de nubes, niebla o neblina, tan común en esta "ciudad sin cielo" como le llamara Sebastián, poeta delicado y notable que, como todo lo honrado en el Perú, correo el riesgo del olvido.
Me desperecé. Continuando con la negación de mis tradiciones levantiscas (o sea, aquello que repito cada amanecer, al despertarme, y no alguna vieja predisposición subversiva como más de algún malintencionado ya estará especulando), fui al dormitorio de mi madre y me puse a ver televisión. Una película repetida captó mi atención. Pasaron los minutos y reparé en el diario que reposaba a mi lado, perfectamente ordenado y compaginado, formalito; no como aquellos pobres periódicos que dan con su tinta en hogares donde tras la primera hojeada (por las hojas, que no por el ojo) terminan indignamente despanzurrados. Leí las noticias que más llamaron mi atención y, con el mundo igual de disparatado que siempre, me fui a la ducha.
El agua, claro, como siempre, salía displicente y avara. Inútilmente se han invertido miles en el tanque elevado y la cisterna; cada ingeniero, gasfitero, maestro de obras o advenedizo que ha investigado el tema, ha concluido algo diferente. Parece que estoy condenado. Nunca habrá suficiente liquido elemento para satisfacer mi geografía.
Terminado el rito de limpieza, empezó la vestida. El terno me quedaba grande (¡oh dietas inmortales a las que un día regresaré!), pero la camisa blanca elegida estaba arrugada y con el cuello amarillo por esta humedad limeña que todo lo destruye a paso lento. Tras una nueva búsqueda, y luego de realizar una "junta de estética" con mis hermanos, me decidí por la verde (que a decir de Carolina combina elegantemente con el color negro de mi tenida). Los zapatos, de estreno, constituían uno de los más recientes obsequios con los que Ella me malcría en su infinita generosidad y en su afán confesado de convertir a un pelucón y desordenado individuo en uno de esos caballeros impecables que pueden correr una cuadra, sin despeinarse, tras el pañuelo de la dama que arrastra el viento (hay que confesar que ha logrado grandes avances con lo de la pinta, pero intuyo que fracasará inapelablemente con lo de los cien metros).
Listo, perfumado y peinado (gracias a un pegajoso fijador), me lancé a la búsqueda de un taxi (ya saben que no manejo) que me llevara raudo hasta la iglesia donde se desarrollaba el casorio del primo, al cual estaba tan cordialmente invitado por los tíos de Ella que, a esas horas, disfrutaba del paradisiaco paisaje de Puerto Rico, ya que, por razones de trabajo tuvo que irse ese fin de semana al "Estado Libre Asociado" y no encontró mejor representante que este servidor. Yo, varón domado, acepté mi destino con el estoicismo de los griegos.
Como lo dije, no me apuré demasiado esa mañana; el taxista tampoco. No llegué a la iglesia a tiempo y fue gracias al bendito juguete (que nosotros llamamos "celular" y que en nuestra madre España denominan "móvil") que Víctor pudo avisarme "anda directamente a la recepción, el saludo ya está terminando..." y fui para allá.
Al arribar (tras renegociar la tarifa con el conductor) me encontré con Fernando que salía, en ese instante con Camila, su hija, Arianne y Vitucho, sus sobrinos. "Esto tiene para rato" me dijo mientras caminaba, "vamos a que los chicos coman una hamburguesa", y nos escapamos. ¡Felizmente! Unas cuantas papitas fritas que picamos, nos mantuvieron firmes y serenos hasta que, entrada la tarde, se sirvió el almuerzo.
Cuando volvimos, ni llegaban los novios. Las mesas empezaban a llenarse y los suegros hacían malabares para atender a todos los invitados paseándose de sitio en sitio y brindando con todos por la felicidad de los recién casados. En eso, un silencio sepulcral, y luego, largos y vibrantes aplausos. Los novios hacían su ingreso. Alguien dijo: "¿y el vals?", y el vals no sonaba. Minutos de tensión y silencio; ella, inquieta y expectante a la primera nota; él, feliz de librarse del trámite. Empezó la música, el buen Strauss sonaba de nuevo. Los novios bailaron y luego los suegros y las suegras y los hermanos y las hermanas y todo el que se metió en la ronda.
De allí en adelante vinieron los saludos repetidos (es de suponer que los demás sí llegaron al salón parroquial para la felicitación acostumbrada, pero todos insistían en sus abrazos y parabienes). Los ahora cónyuges, copas en mano, se pasearon, repitiendo el ritual de los padres, por todas las mesas. Y en cada salud, un sorbo. Pareciera que los amigos estuvieran empeñados en embriagar a los recién casados como extendiendo un estado de inconsciencia del que sólo se sale a fin de mes, cuando llegan las cuentas de la boda.
En eso empezó un murmullo que me puso nervioso. Como lo suponía. Terminada la ceremonia occidental y cristiana, Baco y los suyos daban paso al paganismo. Ya todos hablaban y reían más fuerte que de costumbre, cuando entendí lo que se repetía de mesa en mesa, "él es soltero...", "ella es solterita", y uno a uno todos los no matrimoniados desfilaron al interior de la casa. Nunca pregunté para qué. Cuando empezaron a decir mi nombre (era el único sin anillo entre toda una familia de casados) miré al cielo como invocándola. Pero Ella no estaba conmigo. Resistí. Me opuse. Me hice el distraído, y gané la primera batalla.
Cuando todo parecía calmado salió la novia y se lanzó contra mí como uno de esos misiles inteligentes teledirigidos que se hicieron famosos en la guerra de Irak. "¡Sácame la liga!", me dijo amable y coqueta, mientras la miraba atónito, sin encontrar a mi alrededor su palabra infalible, la voz firme y autorizada con que Ella me protege. Todos me rodeaban, como se juntan en círculo los muchachos para animar una pelea, y entre risas y carcajadas, me vi frente a mi destino. Nada podía contra los dioses. Humillé mi espalda. Cogí suave pero firme el muslo femenino y, como viejo carnívoro, cogí entre mis dientes la liga, sin rozar ni macular su piel (se había cambiado el vestido por un pantalón). Aplausos, más risas, y la novia alejándose en busca de otro soltero... Para regocijo de mis enemigos, existe una grabación...
"Bueno", dije yo, "terminado el episodio disfrutaré de la comida". El bufete no estuvo nada mal. El chanchito al horno y el pastel de pavo estuvieron soberbios. Y comenzó el baile. Y yo no bailo (sí, sí, soy un aburrido). Camila, una de mis compañeras de hamburguesa, bailaba estupendo a sus nueve años. Danzó con todos los que pudo hasta que el total de los varones de la mesa, salvo yo, estuvo en la improvisada pista. Allí empezó la segunda tragedia. Me pidió bailar y yo traté, infructuosamente, de explicarle que no manejo bien mis extremidades y que soy desorejado y arrítmico. Llanto de mujer. Más de un varón me miró torcido, pero soporté. Dos a uno. Pero los dioses no querían que me fuera con una victoria y me mandaron nuevamente a la novia. "¡Vamos a bailar...!", (misma amabilidad y coquetería) y el mundo, otra vez, cercándome con sus voces y su voz (la de Ella), la única que podía salvarme, jamás llegó. Y me arrastré hasta donde un grupo bullicioso seguía el ritmo de no sé qué ritmo, inacabable y tropical.
Ella llegó tres días después...
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