La voz de la claridad


Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es


EN MEMORIA DE CLAUDIO RODRIGUEZ (1934-1999)

“Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas,
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.”
Claudio Rodríguez.

LA VOZ DE LA CLARIDAD

Claudio Rodríguez pertenece con Carlos Barral, José María Caballero Bonald, Francisco Brines,
Eladio Cabañero, Jaime García de Biedma, José Antonio Goytisolo, Angel González, Carlos
Sahagún y José Antonio Valente, a la ya consagrada generación poética de los 50, grupo que él
solía llamar “el archipiélago”, por la diversidad de sus voces.

Cinco libros integran la producción de Claudio Rodríguez: Don de ebriedad, Conjuros, Alianza y
condena, El vuelo de la celebración y Casi una leyenda. Obra escasa y, que, sin embargo, le ha
bastado a su autor para ocupar un puesto de excepción en la lírica española de la segunda
posguerra y, por consiguiente, en la poesía de la segunda mitad de siglo.

Claudio Rodríguez apareció en la poesía española con una visión poética nueva que se articulaba
en una decisión poética singularizada. Frente a la poética más o menos realista de sus
compañeros de promoción, el autor del Don de la ebriedad aportaba un realismo visionario que
tenía de realismo sólo la apariencia, e incluso ciertas formulaciones verbales, pero que en la
práctica profunda remitía a la tradición órfica, la del puro canto poético, la de la celebración
exenta, como se produce en Höderlin, en los grandes románticos, en los poetas simbolistas
franceses -en especial Rimbaud, bien leído por el autor-, en Mallarmé y, posteriormente en
autores tan diversos como Rilke, el último Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén y, más
tardíamente, en Dylan Thomas, a quien Rodríguez sólo conocería después de su primer libro,
con motivo de su estancia en Inglaterra, y en quien encontró un espíritu poético en muchos
aspectos gemelos, como lo encontraría también en el gran jesuita Gerard Manley Hopkins, poeta
de Dios y de la naturaleza. “Mi único intento, en realidad, es que mi poesía sea natural (no
directa, o realista, o simbólica, etc. ), de acuerdo con lo que puedo hacer y con lo que estoy
viviendo”, escribía Claudio Rodríguez. Y añadía: “La vida no es poesía, pero la poesía es vida; y
si no, no es nada”.

La gran personalidad de este maestro solo es comparable a la atracción que ejerce sobre los
poetas últimos. No tiene otras armas que las idóneas y lícitas en toda operación de lenguaje:
vocabulario rico, musicalidad innata y esa turbadora sensación de perfección estilística. Esa fue
la razón por la que, al irrumpir en el panorama de 1953 -atestado de prosaísmo agónico y
desvitaminizado-, rectificó la dirección de los vientos líricos en favor de una ebriedad
campestre, de comunión con el paisaje y con la presencia enraizada del hombre en el medio. De
golpe, entre el neoaleixandrismo y el blasdeoterismo, el poeta zamorano coloca un diferente
humanismo apoyado en la geografía, entrañado con ella pero sin la más remota concesión al
agrarismo romántico o neoclasicista. “La finalidad de la poesía, como la de todo arte -decía
Claudio Rodríguez-, consiste en revelar al hombre aquello por lo cual es humano, con todas sus
consecuencias. Aquí creo conveniente añadir que soy partidario del sentido moral del arte. La
validez del arte entraña moralidad. No como espejo o faro, como moraleja o propaganda, sino
como fundamental elemento integrador de la persona completa”.

Claudio Rodríguez nació en Zamora el 30 de enero de 1934. Estudió primaria en la escuela de
Los Bolos y bachillerato en el Instituto Claudio Moyano. En 1952 se traslada a Madrid para
cursar Filosofía y Letras en la Universidad Central. Se licenció en la sección de Filología
Románica, en 1957.

Aunque sus compañeros de instituto le recuerdan por su toque de balón como futbolista, en 1948
escribe sus primeras composiciones poéticas, y en 1949 en el diario El Correo de Zamora,
publica su primer poema, Nana de la Virgen María. En 1951 empiezan a nacer los primeros
versos de Don de la ebriedad, una obra que impresiona a Vicente Aleixandre, con el que luego
Claudio Rodríguez mantendría una estrecha e íntima amistad.

Hasta 1958 no publicará su siguiente libro de poemas, Conjuros, y entremedias conoce a Blas de
Otero en 1954 (con el que frecuenta el Duero y las tabernas de la ciudad). Con la ayuda inicial
de Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre viajó a Inglaterra. Allí fue lector de español, primero
en Nottingham y luego en Cambridge. Estuvo entre 1958 y 1964, y allí escribió su tercer libro,
Alianza y condena. En 1976 publicará su cuarto libro, El vuelo de la celebración, y en 1983 se
edita Desde mis poemas, un libro recopilatorio de toda su obra y por el que recibe el Premio
Nacional de Literatura.

Dos años después en 1985, aparece Reflexiones sobre mi poesía, y en 1986 recibe el premio de
las Letras de Castilla y León. En 1987 fue elegido miembro de número de la Real Academia
Española de la Lengua para ocupar el sillón I, sustituyendo a Gerardo Diego.

Fue nombrado Hijo Predilecto de la Ciudad de Zamora (1989) y ya en 1991 publica su último
libro de poemas, Casi una leyenda. El 28 de mayo de 1993 recibió el Premio Príncipe de
Asturias de las Letras. Claudio Rodríguez murió en Madrid el 22 de julio de 1999.

Claudio Rodríguez es un poeta de palabras transparentes, antirretóricas, puras. “Las palabras en
Claudio Rodríguez no visten nada -decía su paisano Bartolomé Mostaza-, se limitan a ser luz que
pone de manifiesto lo que es”. Un poeta clarísimo y un hombre de par en par. Y como dijo el
poeta zamparon: “Como si nunca hubiera sido mía / dad al aire mi voz y que en el aire / sea de
todos y lo sepan todos / igual que una mañana o una tarde”.


Francisco Arias Solis
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