Por: Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
EN EL 45 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE
CONCHA ESPINA (1879-1955)
“Ninguna gracia de la ribera
donde se miente lo que se jura;
es más benigna la mar señera;
es más piadosa la noche oscura...”
Concha Espina.
LA VOZ DE LA CORDIALIDAD HUMANA
Cabeza de una lúcida estirpe de escritores, Concha Espina desarrolló una copiosa producción
que ni siquiera la ceguera pudo interrumpir en los últimos años. La nota dominante de su obra de
creación es la discreción estilística, que alcanza a veces valores humanos, y la cordialidad
humana que se desprende de sus páginas. Por su temática, como por su escenario natural de sus
obras, pudiera pensarse en una versión modernizada de Pereda, aunque en la Espina prevalezca
el factor humano sobre la naturaleza.
Como ejemplo de su estilo delicado y emotivo de Concha Espina puede servir esta descripción
del urbanismo recoleto de sus tierras, de La rosa de los vientos: “Allí estaba, enfrente del casino
la antigua y majestuosa iglesia, con su atrio postizo embadurnado de cal; la plaza Mayor, con los
soportales, donde el comercio luce vidrieras y tenderetes: carne, drogas, dulces, baratijas, telas y
zapatos, pan y vino; de todo esto y mucho más se vende en los “portalones”, como solemos
llamar a la arquería de la plaza”.
Concha Espina Tagle nace en Santander el 15 de abril de 1879. Autodidacta, y de fuerte
personalidad, muy femenina. Contrae matrimonio con el también escritor Ramón de la Serna,
reside en Chile, pero abandonada por aquel tiene que ganarse la vida colaborando en revistas y
periódicos. Regresa a España y se establece en Santander primero y luego en Madrid (1908) con
sus cuatro hijos. En sus últimos años pierde completamente la vista. En estos años, Concha
Espina escribía sobre unas falsillas especiales, para que no le temblara el pulso. En 1927 recibió
el premio Nacional de Literatura, siendo propuesta ese mismo año para el Nobel. Concha Espina
muere en Madrid el 18 de mayo de 1955.
Toda su literatura está motivada por los tipos, costumbres y paisajes de su tierra natal, el
folklore, la mentalidad campesina o marinera en contraste con la civilización urbana,
normalmente portadora de desgracias y amargura en el idílico mundo natural. En cierto modo,
siendo muy otra su impronta, mantiene una postura ideológica semejante a Pereda. También se
percibe el eco de una retórica que procede de la última generación del siglo XIX. La intensidad
de pasión y la belleza del estilo alcanzan dignas cimas de perfección. Concha Espina es hábil en
la narración, logra amenidad fácil, e interesa con algunos caracteres y descripciones regionales.
Cuidada y sensible, entre su abundante producción cabe destacar: poemas, Mis flores y Trazos de
vida; teatro, El Jayón y novelas, Agua de nieve, La esfinge maragata, una de las mejores; Dulce
nombre, Imágenes de vivos y muertos, La rosa de los vientos, El metal de los muertos, Altar
mayor, ambientada en Covadonga, Luna roja. Novela de la Revolución, la extraña angustiada
narración de la vida retorcida de pueblo en La niña de Luzmela, o los cuentos, Siete rayos de sol.
Entre sus últimas obras se hallan Copa de horizontes y Retaguardia. Hacia la mitad del siglo aún
continuaba su actividad fecunda e intensa con sus novelas Victoria de América, El más fuerte y
Una novela de amor.
Su primer éxito lo obtuvo con La niña de Luzmela (1914), edificante relato que roza con el
folletín y la novela rosa; de evidente intención moralizadora. Un cumplida denuncia social de la
situación de la mujer en tierras leonesas la constituye La esfinge maragata (1914), una de las
mejores novelas. Su otra obra más importante es El metal de los muertos (1920), revalorizada
posteriormente como una de nuestras primeras novelas sociales en el tiempo. La novela situada
en la zona minera de Ríotinto (Huelva), presenta el conflicto laboral planteado por los mineros.
Esta novela mereció encendidos elogios de Unamuno y de Maeztu. La crítica saludó su aparición
como una de las obras más logradas de la narrativa española. Las estructuras injustas en que
viven sus personajes le sirven en vez de denuncia, de marco para su narración sentimental. Por
desgracia, el tono de redención cristiana adoptado por la autora -en consonancia con la ideología
de toda su obra- y la limitación de sus puntos de vista sociales privan a la novela de su gran
dimensión en potencia, quedando en una vaga sensación de simpatía y piedad. Y es que, como
dijo nuestra escritora: “Y las criaturas de mi paisaje, / bestias menores, nunca son malas; / con la
inocencia de lo salvaje / de los querubes tienen las alas”.
Francisco Arias Solis
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