Por: Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
EN EL 40 ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE GREGORIO MARAÑON (1887-1960)
“Ser liberal es, precisamente, estas dos cosas: primero,
estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo;
y segundo, no admitir jamás que el fin justifica los medios,
sino que, por el contrario son los medios los que justifican el fin.”
Gregorio Marañón.
LA VOZ DE UN LIBERAL
Marañón fue médico, hombre de ciencia, investigador, escritor e historiador. Pero, sobre todo,
era liberal. Marañón era liberal, con profundo, entrañable liberalismo. En 1946, al frente de sus
Ensayos liberales, escribió estas palabras: “El liberalismo es, pues, una conducta y, por lo tanto,
mucho más que una política. Y, como tal conducta, no requiere profesiones de fe sino ejercerla,
de un modo natural, sin exhibirla ni ostentarla. Se debe ser liberal sin darse cuenta, como se es
limpio, o como, por instinto, nos resistimos a mentir”. Antes, en 1930, había escrito: “Conservé
siempre por Pablo Iglesias la respetuosa admiración que me sugirió el primer discurso que le oí,
siendo yo un niño, en el Frontón Central... Luego le vi cuando estaba muy grave, en su cama de
moribundo, vencido; pero ungido ya de la serenidad inmortal que aún le rodea”.
Gregorio Marañón y Posadillo nace en Madrid el 19 de mayo de 1887. Estudia en la Universidad
Central, obteniendo matrícula de honor y premios extraordinarios en todos los cursos de su
carrera de Medicina. Dotado de excepcionales cualidades de inteligencia, laboriosidad y
austeridad, es asombrosamente fecunda y meritoria su labor educadora como catedrático de
Endocrinología en la Universidad de Madrid. En el Hospital General creó una escuela de
epidemiólogos y, en 1931, funda y dirige el Instituto de Patología Médica, al que asimila la
recién creada cátedra de Endocrinología. Doctor honoris causa de varias Universidades europeas
y americanas. Miembro de número de las Reales Academias de la Lengua, de la Historia, de
Bellas Artes de San Fernando, de Medicina, de Ciencias Morales y Políticas. Caballero de la
Legión de Honor. Conferenciante asiduo en cátedras de incontables países, ya como especialista
en Endocrinología, ya como historiador y ensayista literario. Su fama, tanto médica como
literaria, traspasó las fronteras españolas, convirtiéndole en una de las personalidades
intelectuales más relevantes de la época.
Este prestigioso ensayista liberal trabajó con entusiasmo en el grupo de los ilustrados “amigos de
la República”: Ortega, Pérez de Ayala, Azaña, etc. Con el nuevo régimen ya instaurado, sus
entusiasmos primeros se fueron debilitando. Con todo ello, pasó a ser uno de los pocos
hombres-puente que intentó dar a la España de la posguerra cierta dosis de liberalidad.
“Como médico y bueno -escribía Salvador de Madariaga-, Marañón conllevó la emigración sin
grandes penalidades materiales; porque eso de “los duelos con pan son menos” también se aplica
a la emigración política”.
Escritor de profundos conocimientos, de estilo depurado y de gran belleza, ha escrito numerosas
obras de carácter científico y literario entre las que destacan: Biología y feminismo (1920), Tres
ensayos sobre la vida sexual (1926), su libro más difundido, Amor, conveniencia y eugenesia
(1929), Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo (1930), Amiel. Un estudio
sobre la timidez (1932), Raíz y decoro de España (1933), Las ideas biológicas del padre Feijoo
(1934), Vocación y ética (1936), El conde-duque de Olivares, o la pasión de mandar (1936),
Tiberio. Historia de un resentimiento (1939), Don Juan. Ensayos sobre el origen de su leyenda
(1940), Luis Vives. Un español fuera de España (1942), Ensayos liberales (1946), Antonio
Pérez. El hombre, el drama, la época (1947), Cajal. Su tiempo y el nuestro (1950), El Greco y
Toledo (1956) y Las tres Vélez. Una historia de todos los tiempos (1960), póstuma.
Gregorio Marañón muere el 27 de marzo de 1960. Con él desaparecía la seguridad de una
palabra ejemplar, oportuna y convincente. Pero este hombre tan apto para la comunicación y la
irradiación era además un sabio, un hombre de ciencia.
El día 23 de marzo de 1947, apareció en el diario La Nación de Buenos Aires un artículo de
Marañón titulado “Humboldt en España”, en el que al referirse a la estancia en Cádiz del
naturalista alemán, escribía: “Cádiz, claro es, le entusiasmó. Cádiz es divino. Todo lo andaluz -la
humanidad y la tierra- en Cádiz es fino y noble, cosa no siempre fácil de lograr pero cuando se
logra no se puede comparar en gracia con ninguna otra humana cualidad”.
En el prólogo del libro Cádiz de las Cortes, del escritor gaditano Ramón Solís, Marañón
escribía: “Corre por mis venas sangre gaditana, la de mi madre, que era por mitad italiana; y por
mi padre, sangre montañesa; es decir, sangre de los grupos humanos que contribuyeron con su
trabajo a la paz y al bienestar de la clara ciudad, tendida en la playa más abierta a todos los
pueblos de cuantos hay en el mundo”.
Con su sosiego velazqueño, entre melancólico y atento, Marañón, iba teniendo cada día
conciencia más clara de sus posibilidades y su responsabilidad. Esto es, de su autoridad. Se
contaba con Marañón, porque tenía prestigio auténtico, autoridad personal y una bondad cuyos
límites costaba encontrar. Marañón era respetuoso y respetable.
Más que un liberal en sus ideas, Marañón fue un liberal en sí mismo, en su vida, en su conducta
de hombre libre y obligado: obligado a la inteligencia, a la comprensión, a la justicia, a la
solidaridad y al trabajo. Y por encima de todo, su ansia de libertad: “Se ama la libertad como se
ama y se necesita el aire, el pan y el amor”.
Francisco Arias Solis
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