LA VOZ DE UN FABULOSO FABULISTA


Por: Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es


EN EL 250 ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE

TOMAS DE IRIARTE (1750-1791)


“Aunque se vista de seda
la mona, mona se queda.
El refrán lo dice así,
yo también lo diré aquí:
y con eso lo verán
en fábula y en refrán.”

Tomás de Iriarte.


LA VOZ DE UN FABULOSO FABULISTA


Tomás de Iriarte compuso las Fábulas Literarias (1782), en la que los protagonistas son animales que bajo sus pieles albergan asuntos “contrahídos a la literatura”; entre chanzas y veras, Iriarte desarrolla una preceptiva dramática que resume el ideario estético de la centuria. A diferencia de otros fabulistas, Samaniego, La Fontaine o el propio Fedro, Iriarte inventa las tramas de sus setenta y seis fábulas, algunas tan populares como El burro flautista, Los dos conejos, El naturalista y la lagartija, La abeja y los zánganos, El ruiseñor y el gorrión, etc., donde hace gala de un lenguaje puro, una expresión breve y exacta y una intención mordaz, acerada, que remata con sentencias enérgicas y sobrias. Las moralejas o aforismos finales de las fábulas constituyen sentencias sobre la práctica de la escritura, por ejemplo, la conveniencia de armonizar lo útil con lo bello; la necesidad de la crítica; el estudio de los clásicos; la claridad de lenguaje, la originalidad, la condena del fárrago erudito, etc. Según Le Bossu, “las partes esenciales de la fábula, son dos: la verdad que le sirve de fundamento, y la ficción que es como el disfraz de la verdad”.

Tomás de Iriarte nace en el Puerto de la Cruz de la villa La Orotava en la Isla Tenerife, el 18 de septiembre de 1750. A los diez años inicia el estudio de la lengua latina. A los trece años comienza a estudiar Filosofía. Perteneciente a una familia de gran cultura, llevó una intensa vida social y cultural. Por la primavera de 1764 llega a Cádiz, camino de Madrid. En la capital de España se instruye en lengua francesa y frecuenta asiduamente las tertulias literarias. En 1770 publica con el nombre de Tirso Imareta, la comedia Hacer que hacemos. Traduce del francés obras de Moliére y Voltaire, y compone el drama El amante despechado y el sainete La librería.

En 1773 publica Los literatos en Cuaresma. Tres años más tarde es nombrado archivero general del Consejo de Guerra. En 1777 traduce en verso el Arte Poética de Horacio. En el año 1780, presenta a la Real Academia Española, una égloga titulada La felicidad de la vida del campo, que fue premiada en segundo lugar, tras otra de Meléndez Valdés.

En 1782 aparece la colección de Fábulas literarias, que le dan popularidad y nombre. Publica dos comedias sometidas a la preceptiva clasicista: El señorito mimado y La señorita malcriada.

Posteriormente en su retiro de Sanlúcar de Barrameda, donde había ido a reponerse de su pertinaz enfermedad, escribe, en 1790, la comedia El don de gentes y la pieza cómica Donde menos se piensa salta la liebre. Una de sus últimas obras fue Guzmán el Bueno. Tomás de Iriarte, minado por la gota, muere en Madrid, el 17 de septiembre de 1791.

La obra poética de Iriarte la integran sobre todo las Fábulas literarias y un largo poema La música, auténtica muestra neoclásica dividida en tres partes: una doctrinal, otra histórica y la tercera estética.

Dirigió el periódico llamado Mercurio Histórico Político, al que imprimió personalidad nueva.

De ideas ilustradas, luchó contra lo que él consideraba “mal gusto literario” y defendió con tesón el teatro francés. Sostuvo polémicas y discusiones apasionadas con algunos escritores, como Samaniego, García de la Huerta, Ramón de la Cruz, Forner y Meléndez Valdés. Los coetáneos de Iriarte veían en sus fábulas a Huerta convertido en pato; a Ramón de la Cruz, en ardilla; a Samaniego, en ratón y hurón, etcétera.

No cabe duda de que si aceptamos la idea generalizada de que las Fábulas fueron escritas ante todo para “defender el gusto, obras y comportamiento suyo y de sus amigos así como el de atacar los de sus contrarios”, Iriarte siguió el concepto de la nueva moralidad, que al mismo tiempo estimulaba las pasiones naturales del hombre y las sostenía por la virtud, que era la moderación y la sociabilidad.

Iriarte tenía una habilidad especial para encontrar la caricatura moral y representarla en cuatro trazos: “Los enemigos del alma / son tres: mundo, carne y diablo. / Los del cuerpo son: doctor, / cirujano y boticario”. En la fábula se nota una postura enciclopedista y volteriana, por ello, tanto Iriarte como Samaniego, tienen problemas con la Inquisición. Samaniego en una de sus famosas agresiones a Iriarte escribe: “Tus obras, Tomás, no son / ni buscadas ni leídas / ni tendrán estimación / aun cuando sean prohibidas / por la Santa Inquisición”. No obstante, Samaniego era un gran admirador de Iriarte, hasta el punto de dedicarle uno de sus más conocidos poemas: “En mi versos, Iriarte, / ya no quiero más arte / que poner a los tuyos por modelo. / A competir anhelo / con tu numen, que el sabio mundo admira, / si me prestas tu lira. / Aquélla en que tocaron dulcemente / música y poesía juntamente”.


Francisco Arias Solis
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