Por: Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
EN EL 350 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE RENE DESCARTES (1596-1650)
“Pienso, luego existo.”
René Descartes.
LA VOZ DE LA FILOSOFIA MODERNA
Descartes vivía preocupado, tal vez más que ningún filósofo anterior, del punto de partida de la
filosofía. El filósofo francés no quiere resignarse a la suerte del escepticismo. Tenía plena
conciencia de que inauguraba una edad en la historia de la filosofía, y nadie que se siente joven
se resigna al suicidio. Con René Descartes comienza efectivamente la Edad Moderna. El primer
intento logrado de pensar la realidad desde los nuevos supuestos del hombre moderno es la
filosofía cartesiana.
Comienza Descartes por dudar de todas las cosas y considerar como falso cuanto pueda ponerse
en duda. Descartes, en su esfuerzo por eliminar todo posible error, logrará demostrar que las
verdades matemáticas no son absolutamente indudables.
Si duda de todo, al menos es cierto que duda, es decir que piensa. Y si piensa, existe en tanto ser
pensante. Es el famoso pienso, luego soy que da a Descartes no sólo una primera verdad
indudable, sino también el punto de arranque de toda su filosofía.
Soy, pues -según Descartes-, una cosa que piensa. Pero, ¿qué es una cosa que piensa? Descartes
responde: “Es una cosa que duda, entiende, concibe afirma, niega, quiere y, también, imagina y
siente”. Como se ve, el término “pensamiento” no tiene en Descartes el sentido restringido que
tiene en la actualidad -como actividad exclusiva del entendimiento-, sino que su amplitud es tan
grande que comprende también la vida emocional, sentimental y volitiva. En una palabra son
“pensamientos” todos los estados psíquicos; esto es, lo que se denomina en la actualidad con el
neologismo “vivencia”.
Descartes insiste en la importancia que tiene el método para el descubrimiento de la verdad, y
coincide con Bacon en señalar que la escasez de conocimientos auténticos logrados por la
humanidad en tantos siglos de búsqueda se debía, principalmente, a la falta de un método
seguro.
René Descartes nació en La Haya, aldea de Turena, el 31 de marzo de 1596. En 1606, ingresa en
el famoso colegio de La Flèche, fundado por los jesuitas, donde permanece hasta 1614. Poco
tiempo después de salir de La Flèche aprueba Descartes su licenciatura en derecho en la
Universidad de Poitiers (1616) y, sin preocupaciones de orden económico, se decide, como el
mismo nos cuenta, a emplear el resto de su juventud “en viajar, ver cortes y ejércitos”. Se alistó
en 1618 en el ejército del príncipe Mauricio de Nassau, gobernador de los Países Bajos, que,
aliados entonces de Francia, luchaban contra los españoles. Al año siguiente deja el ejército del
príncipe Nassau, asiste en Francfort a la coronación del Emperador Fernando II y se alista en el
ejército de Maximiliano de Baviera, que luchaba contra el rey de Bohemia.
Entonces fue cuando le sorprendió el invierno en Neuburg, una aldea alemana, junto al Danubio.
Allí concibió la posibilidad de encontrar un método para el descubrimiento de la verdad en
cualquier rama de la ciencia.
Desde 1619 a 1628, Descartes se dedica a viajar. Por entonces, compuso las Reglas para la
dirección del espíritu. Tuvo un último contacto con la vida agitada al participar en el sitio de La
Rochelle en 1628, para retirarse a fines de ese año, a Holanda, en busca de tranquilidad para sus
meditaciones. Con excepción de cortos viajes, Descartes permanece en Holanda durante veinte
años.
El primer trabajo de consideración de Descartes en Holanda fue una cosmología que tituló El
mundo, o Tratado sobre la luz, que se publicó después de su muerte, en 1644. En 1637 aparecen,
en forma anónima tres ensayos, titulados La dióptrica, los meteoros y la geometría. Los tres
ensayos iban precedidos del Discurso del método. Sus Meditaciones metafísicas (Meditationes
de prima philosophia) que escribió en latín, aparecieron en 1641, en París. Descartes continuó
sus investigaciones y a la obra antes citada le sucede Los principios de la filosofía, publicada
también en lengua latina en Amsterdan el años 1644. El Discurso, en cambio, lo escribió
originariamente en francés.
Mientras Descartes se entregaba por entero a sus meditaciones y estudio, aumentaba la pasión en
la defensa y el ataque de sus ideas. En tales circunstancias le llegó una oferta seductora. La reina
Cristina de Suecia deseosa de tener en su corte al más grande hombre de la época, logró que
Descartes marchara a Estocolmo en los comienzos de octubre de 1649. Allí escribió los versos
de un ballet -La naissance de la Paix-, que le fueron encargados para celebrar la paz de
Westfalia y el cumpleaños de su anfitriona. No pudo resistir los rigores del clima nórdico y
enfermó de pulmonía poco después de su llegada a Suecia. El 11 de febrero de 1650, en
Estocolmo, fallecía el más grande filósofo francés, padre de la filosofía moderna e iniciador del
racionalismo, cuando aún no contaba cincuenta y cuatro años de edad. La reacción no le
perdonó, ni aun después de su muerte, por las ideas que había lanzado al mundo.
Hace 350 años de la muerte de aquel matemático y filósofo que puso de relieve la inmensa
riqueza de esa razón en la que reside lo auténticamente homologable de todos los humanos, y
para quien Héctor Pierre Chanut pudo escribir su bellísimo epitafio: “Acudiendo a la cita con su
ejército, en la calma del invierno, combinaba en su mente los misterios de la naturaleza con las
leyes de la matemáticas, aspirando a desvelar los secretos de ambas”.
Francisco Arias Solis
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