Por : Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
CESAR VALLEJO
(Santiago de Chuco, 1892-París,1938.)
“Y si después de tantas palabras
no sobrevive la palabra.”
César Vallejo.
LA VOZ DE UN HOMBRE DE PALABRA.
Recordar a Vallejo en estos días equivale a proponerlo como ejemplo. Las
actitudes minúsculas nunca fueron suyas. Allí donde latía cierta alta
tensión humana se encontraba Vallejo en su elemento.
La vida y la obra del poeta peruano César Vallejo fue una rebelión
continua contra el estado de cosas. Su aparición señala dentro de la
lírica americana el primer chispazo de una nueva presencia,
adelantándose en el tiempo con ingenua espontaneidad verbal de poesía
recién nacida: y adelantándose tanto, que hoy mismo, nos sería difícil
encontrarle superación en su autenticidad, y en sus consecuencias.
La poesía de Vallejo es tan directa y tan pura que puede aplicársele
aquella opinión de Debussy sobre un trozo de Bach: “que no sabe uno
como ponerse ni lo que hacer para sentirse digno de escucharla”. Su
poesía es seca, ardorosa, como retorcida duramente por un sufrimiento que
se deshace en un grito alegre o dolorido, casi salvaje.
“Versos que no son versos, poesía que no es poesía”, como decía
Laforgue, poesía que no es literatura; que no está escrita en letras
muertas sino con vivas palabras. En la poesía de Vallejo choca esta
desnudez, descarnada, de un lenguaje, tan exclusivamente poético, tan
poco, o nada, literario.
No he de tratar de explicar esta poesía que es, como toda poesía, por
definición, inexplicable. La pureza poética de Vallejo, como todo lo que
se expresa tan estrictamente afianza el sentido humano de lo verdadero: la
poesía, que es lo más humanamente verdadero.
El 16 de marzo de 1892 y en Santiago de Chuco, undécimo y último hijo de
un matrimonio que juntó en su prole sangre española y sangre incaica,
nació César Vallejo. Toda su vida creó con lo que le faltó. Su pobreza
se transformó en justicia. Su orfandad en misericordia. Su soledad en
compasión. César Vallejo realizó el milagro de no consentir que los
años, el hambre y la historia le asesinaran el niño que siempre fue.
Vallejo se siente y, por lo tanto, se sabe ser espíritu del pueblo.
Renuncia a su persona individual para lograr el ser de todos,
confundiéndose con el destino de los demás. Frente a quienes persiguen
como supremo bien y a toda costa la satisfacción de sus deseos
particulares, Vallejo subordina el suyo propio al bien común.
La voz de la poesía de Vallejo nos suena cada vez más honda y más viva,
también más dolorida. Como toda voz de poesía se afianza y afirma con
el tiempo.
Como en todo gran poeta, la vida lírica de Vallejo su lenguaje trágico,
se siente y se entiende hondamente entrañado en su vida propia. En César
Vallejo hay más, mucho más de lo que suele pensarse y decirse que es un
poeta.
“Muchas hambres, parece mentira... Las muchas hambres, las muchas
soledades, las muchas leguas de viaje pensando en los hombres, en la
justicia sobre esta tierra, en la cobardía de media humanidad... Lo de
España ha sido el taladro de cada día para su inmensa virtud”, nos
dijo Pablo Neruda de su bienquerido hermano. César Vallejo vivió y
murió padeciendo hasta los huesos, la terrible guerra española.
“Me moriré en París con aguacero”, nos dijo César Vallejo,
premonitor de su muerte. Y así fue, en París un día de primavera de
1938, un Viernes Santo lluvioso, apurando su cáliz español, con el
nombre de España en los labios. Decía: “Voy a España... Quiero ir a
España”... Fiel a su palabra: “¡Si la madre España cae -digo, es un
decir- / salid, niños de mundo; id a buscarla!...”
Francisco Arias Solis
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