Por: Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
EN EL 20º ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE
JEAN-PAUL SARTRE (1905-1980)
“Yo soy mi libertad”.
Jean-Paul Sartre.
LA VOZ DE LA LIBERTAD
No es corriente acceder a la filosofía por vía de la novela . Sin embargo, esta posibilidad nos la
ofrece Sartre con La náusea. A medida que nos íbamos interesando por las tribulaciones de un
héroe imaginario a través de las páginas patéticas de su diario, el desenvolvimiento de una
extraña experiencia nos fue situando en presencia del Ser y de su misterio.
No es de una gran originalidad conceder al hombre el privilegio de la libertad. Ya lo han hecho
la mayor parte de los filósofos. Muchos, desde Sócrates hasta Bergson, habrían podido
pronunciar su frase de Las moscas: “la dolorosa preocupación de los dioses y de los reyes, es que
los hombres son libres”. Pero no es eso lo más importante, ya que, si bien existe la palabra,
existe, sobre todo, la realidad que recubre y de la cual tenemos que averiguar lo que es para
poder llegar a un conocimiento más preciso de la conciencia: sea cual sea lo que hasta ahora
hayamos dicho, un error por lo que respecta a la libertad sería un error con respecto al hombre.
Por tanto, es preciso proseguir el estudio. Y Sartre llega, pues, a la conclusión indiscutible de
que no sólo el hombre es libre, sino de que conciencia y libertad son la misma cosa. Afirmando:
“Esta libertad la busqué muy lejos: pero estaba tan cerca que no la podía ver, no puedo tocarla.
No era otra cosa que yo mismo. Yo soy mi libertad.”
El hombre situado en presencia del ser y de su contingencia experimentaba una sensación de
náusea. En presencia de sí mismo, es presa de una sentimiento de angustia. Angustia ante la
libertad, decía, Kierkegaard; angustia ante la nada, replica Heidegger. Y para Sartre ambas
afirmaciones vienen a encontrarse.
Según Sartre, no hay una naturaleza humana, sólo existe nuestra libertad. No cabe duda que en
las condiciones históricas en que estamos esta libertad está aquejada de impotencia, pero es real,
se encuentra en las actitudes más diversas, tanto en los actos que parecen espontáneos o
simplemente automáticos, como en las decisiones voluntarias.
Y siempre, creadora de valores, de todos los valores. Por otra parte, sería imposible que fuera de
otra manera. Para Sartre, esto no es una simple cuestión de hecho sino de derecho. Sobre este
punto, tenemos un texto importante de él, su estudio sobre Descartes, considerado la clave del
existencialismo sartriano. Entre los filósofos, nos dice Sartre, Descartes es el que tiene un
sentido más agudo de la autonomía del hombre; pero es un matemático, y es, en primer lugar,
ante las esencias inteligibles donde él proclama su fe en la libertad.
Jean-Paul Sartre nació en París, el 21 de junio de 1905. Muerto su padre, su infancia estuvo
dirigida por su abuelo materno, que ejerció sobre él una influencia decisiva. Estudió en el Liceo
Enrique IV en la Escuela Normal Superior, donde en 1928 obtuvo la Agregation de Philosophie
con distinción. Entre 1931 y 1938 fue profesor de filosofía en los liceos de Le Havre, Laon y
Neuilly-sur-Seine y en el Condorcet de París. Viajó por Egipto, Grecia y Alemania y estudió las
filosofías existencialistas y fenomenológicas de Kierkegaard, Heidegger y Husserl.
El pensamiento del mayor representante del existencialismo francés no sólo se encuentra en sus
obras de carácter filosófico, sino también en su abundante producción literaria. Es característico
del mismo ver la grandeza y la servidumbre del ser humano en la gratuidad absoluta de sus
actos, circunstancia que, por otra parte, asegura su profunda libertad como inventor y constructor
de su propio destino. El ser humano, por él, definido como pasión inútil, sufre la condena de su
misma libertad; esta es, al propio tiempo, la fuente de su angustia. Su literatura ampliamente
difundida en todo el mundo, es uno de los fenómenos más representativos de la moderna vida
intelectual.
Sartre adoptó el principio básico -la existencia precede a la esencia- en su primera novela, La
náusea (1938), y en diversas narraciones cortas del mismo periodo, en las que trató de explicar
la angustia que siente un alma consciente de estar condenada a ser libre. En 1939 Sartre se
incorporó al ejército de su país en 1939, y fue hecho prisionero por los alemanes en 1940.
Repatriado al cabo de un año, volvió a París donde intervino activamente en la resistencia
antinazi y escribió la primera de sus muchas obras teatrales, Las moscas (1943), obra en la que
utilizó el mito de Orestes para explicar la impotencia de Dios ante la libertad del hombre. De ese
año es también su primera gran obra filosófica, El ser y la nada. De 1944 es Huis clos, obra
breve sobre los infiernos y en la que concluye que el infierno son los demás. Terminada la
guerra, Sartre intentó mantener vivo el espíritu de resistencia como continua revolución social.
En este sentido, y a partir del éxito de sus obras, comenzó a vérsele como un guía de la juventud,
aproximándose a los partidos de izquierda, en concreto al partido comunista. De esta época
filosófico-politíca son los artículos aparecidos en la revista Temps moderns, fundada por él
mismo en 1946, y que dirigió hasta su muerte.
El resultado de combinar el existencialismo con el marxismo lo expuso en la en la extensa obra
Crítica de la razón dialéctica (1960), y también en Marxismo y existencialismo (1963),donde
trata de explicar la necesidad del marxismo a través del existencialismo.
Además de las mencionadas pueden citarse entre sus obras, la novelas El muro y el ciclo Los
caminos de la libertad; las piezas teatrales A puerta cerrada, Muertos sin sepultura, La p...
respetuosa, Las manos sucias, El idiota de la familia, El diablo y Dios; la evocación
autobiográfica Las palabras; los ensayos La imaginación, El existencialismo es un humanismo,
¿Qué es literatura?, Baudelaire, Saint Genet,, comedien et martyr, sobre Jean Genet, y Gustave
Flaubert de 1821 a 1857. Jean-Paul Sartre falleció en París, el 15 de abril de 1980.
Póstumamente se publicaron en el diario Le Monde (agosto de 1984) una serie de artículos sobre
la liberación de París en 1944, los Cuadernos para una moral (1983), Cartas a Castor y a
algunos otros (1983), en edición de Simone de Beauvoir, y Cuadernos de guerra. Noviembre
1939-marzo 1940 (1987).
Sartre mantuvo toda su vida una postura política de compromiso, que se radicalizó con
acontecimientos como el mayo francés de 1968 o la invasión soviética a Checoslovaquia, que le
alejaron del partido comunista francés. Desde que en 1945 renunciara a la enseñanza, su figura,
inseparable de sus actitudes de defensa de la libertad absoluta y de un sarcasmo ante el mundo
burgués, ha influido en filósofos como Merleau-Ponty y escritores como Albert Camus, aunque
en ambos casos la relación se rompiera violentamente, y sobre todo en la escritora Simone de
Beauvoir, su compañera sentimental.
Esta primavera, en la que se conmemora el vigésimo aniversario de su muerte, y su nombre es
pregonado desde los escaparates y las mesas de novedades de las librerías francesas, se
reivindica sobre todo una actitud. Quizá porque la figura de intelectual que encarnaba ya no
existe. Sartre fue, en realidad, el último filósofo que supo llevar con pasión la metafísica a los
cafés. Se ha recordado estos días el célebre dictum De Gaulle cuando un ministro del Interior le
sugirió la posibilidad de detener al escritor por su apoyo a la causa argelina: On n’embastille pas
Voltaire (más o menos: a Voltaire no se le encarcela). La frase apócrifa, resume bastante bien
ese respeto de la burguesía vecina por el eterno disidente que se atrevió a rechazar el Premio
Nobel en 1964, como antes hiciera con la Legión de Honor.
Francisco Arias Solis
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