Por : Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
EN EL 125º ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE ANTONIO
MACHADO (1875-1939)
“Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.”
Antonio Machado.
LA VOZ MAS LIMPIA DE LA POESIA
De Antonio Machado, decía Unamuno, camino de su tertulia: “Vengo de
saludar al hombre más descuidado de cuerpo y más limpio de alma de
cuantos conozco”.
Decía Goethe que lo que vale de nuestra vida es el sentido o significado
que pudimos darle. La vida de un poeta no puede valorarse por el ingenio o
acierto exclusivo de sus versos. El “gran español” Antonio Machado
era un poeta, un gran poeta. El sentido y significado de su vida es
inseparable de su poesía. Su pensar y decir poético lo es, esencialmente
y profundamente, español. Y por serlo así, tan particularmente español,
alcanza universalidad verdadera.
Antonio Machado entró en el mundo por el palacio de las Dueñas de
Sevilla, el día 26 de julio de 1875 y lo abandonó el 22 de febrero de
1939, en Collioure, un pueblecito de la Cataluña francesa. En esos
sesenta y cuatro años discurre una vida recogida y más bien solitaria;
una vida que ha consistido principalmente en largos paseos por las tierras
de España, larguísimas horas de recogimiento sobre los libros y remansos
de conversación en las tertulias provincianas. Vida de meditación y
creación: la de un joven estudiante de la Institución Libre de Enseñanza,
la de un profesor de francés en los Institutos de Soria, Baeza y Segovia;
la de un autor de teatro poco ocupado por los estrenos y nada por los
homenajes; al cabo de su vida, la de un patriarca de las Letras,
consagrado académico, con las satisfacciones de una popularidad
cualificada y de un magisterio ejercido con modestia, pero universalmente.
En el orden estrictamente biográfico hay que anotar un viaje a París
para seguir los cursos de Filosofía de Bergson; la boda con Leonor, una
muchacha soriana de quince años y la muerte prematura de ésta; el amor
constante por la madre, que morirá dos días más tarde que él; un
amor más o menos misterioso en la madurez; algunos triunfos académicos y
la participación plena y sincera en los dolores de la guerra civil. Más
las relaciones de amistad con su maestro Giner de los Ríos, con los
escritores del 98 e incluso con una porción de intelectuales provincianos
de espíritu delicado. Casi todo en Machado ha sido, por lo tanto, vida
privada, y ésta en muchas ocasiones, vida ensimismada.
Sin embargo, lo más notable en el evidente intimismo de Machado es,
precisamente, una sensación de compañía humana, de sociedad esencial,
que parece congregarse en cada una de sus expresiones y que permitirá
luego la comunicación más universal de su espíritu. “Si vais para
poetas, cuidad nuestro “folklore”, porque la verdadera poesía la hace
el pueblo”, predica Juan de Mairena.
“Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”, nos confesó Machado
en su famoso verso. No era un doctrinario, un sectario, un profesional de
la aventura política, desde luego. Toda su conducta, expresamente
manifiesta en su vida, confirma el sentido político, el significado de
esa bondad. Su tristísimo éxodo hacia la frontera francesa en 1939 no sólo
confirma el buen sentido de su bondad, sino que la supera y verifica,
inmortalizándola, como en Don Quijote, con su muerte. El significado
entero de su vida quedó así definitivamente claro, verdadero,
ineludible.
Y es ese su ejemplo.
La poesía del poeta es inseparable de su vida dándole a esa vida su
sentido. El sentido y significado de la vida de Antonio Machado es
inseparable de su poesía. El descubrimiento de una sociedad basada en una
serie de injusticias fue para nuestro poeta tema de meditación infantil.
“Los que somos ya viejos y empezamos a escribir muy pronto evocamos hoy
-escribía Machado en 1938-, como uno de los más decisivos recuerdos de
nuestra infancia, la figura del compañero Iglesias -así se llamaba
entonces-, de aquel obrero de palabra ardiente, de elocuencia cordial. Era
yo un niño de trece años; Pablo Iglesias, un hombre en la plenitud de su
vida...” Y continúa Machado: “Al escucharle, hacía yo la única
reflexión que sobre la oratoria puede hacer un niño: “Parece que es
verdad lo que este hombre dice”.
De esa verdad que el niño iba adivinando en las palabras de Pablo
Iglesias; iba saliendo una ingenua conclusión: “El mundo en que vivo
está mucho peor de lo que yo creía. Mi propia existencia de señorito
pobre reposa, al fin, sobre una injusticia...”
Una pasión poética y una pasión política, entrelazadas, dieron a su
voz ese acento propio, tan puro, tan hondo, tan humano que lo arraiga en
palabras verdaderas; en palabras que salen del corazón. Y nos preguntamos
con el poeta: “¿Qué fue de aquel mi corazón sonoro?”
Muere Machado a los sesenta y cuatro años. Concluye su vida cuando su
visión, antaño, recelosa, solitaria, trasciende su historia. A Unamuno
le escribe: “Es verdad hay que soñar despierto. No debemos crearnos un
mundo aparte en qué gozar fantástica y egoístamente de la contemplación
de nosotros mismos, no debemos huir de la vida para forjarnos una vida
mejor que sea estéril para los demás”.
Su hermano José cuenta la indecible tragedia. Antonio Machado es
enterrado lejos de aquella luz y color de Sevilla que recibieron con
entusiasmo la apertura de sus ojos. José encontró en el bolsillo de su
gabán el último verso que nos dejó escrito el gran poeta sevillano:
“Estos días azules y este sol de la infancia”. Una familia francesa
les cede sitio en su nicho. ”Ici repose Antonio Machado, mort en exil le
22 février 1939”.
Francisco Arias Solis
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