Por: Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
JOSE ZORRILLA
(VALLADOLID, 1817-MADRID, 1893)
“A la luz de las estrellas
os hemos reconocido,
y un abrazo hemos venido
a daros.”
José Zorrilla. Don Juan Tenorio.
LA VOZ DEL MAS POPULAR DE LOS POETAS
Zorrilla es, sin duda, un escritor, un dramaturgo, un poeta popular. Acaso
y junto con Lope, el más popular de los poetas castellanos. Sin duda el más
sonoro. El más desbordado. El más pródigo. Y por su postura vital, por
su acuciante necesidad de vivir verso a verso, el menos autoexigente.
Hasta se diría que el menos esperado.
Zorrilla no fue llegando a la fama. La alcanzó de pronto. La arrebató
con un gesto. Y desde entonces no se escaparía de sus manos. Pocas veces
puede decirse que alguien oscuro y desconocido hasta la víspera,
alcanzara la fama, toda la fama, en una fecha fija. Tal como puede decirse
de Zorrilla: el 15 de febrero de 1837. Incluso puede aventurarse la hora:
entre las cinco y las seis. En el funeral de Larra se hallaban presentes,
de riguroso luto, los principales artistas y literatos de Madrid. Ya en el
cementerio de Fuencarral al irse a cerrar la caja, se le pidió a aquel
joven desconocido la lectura de los versos compuestos la noche anterior.
Zorrilla describe la emoción del momento: “... y se me embargó la voz
y se arrasaron mis ojos en lágrimas...” A raíz de este suceso, alguien
dijo: “España, al perder al más grande los críticos, encontró al más
popular de los poetas”.
Desde entonces hasta el fin, aparte de la misión genérica del poeta
-concepto y expresión que encantaba a los románticos-, tuvo Zorrilla una
misión específica, distinta y personal: la de convertirse en remozado
trovador cuyo son, llevando su sola voz por instrumento, arrebataría,
durante más de medio siglo, a sus contemporáneos.
La coronación de Zorrilla no fue el homenaje local de una minoría de
literatos. Sino la glorificación nacional de Zorrilla encarnada por
todos. En la culminación de diez días de actividad agotadora, el duque
de Rivas, hijo de Don Angel de Saavedra, el poeta romántico, coronó a
Zorrilla diciendo: “En nombre de S.M. la Reina Regente, que es la más
alta representación de la patria, tengo el honor de colocar esta corona
sobre la egregia sienes del inmortal autor de Granada”. Más de catorce
mil personas aclamaron en Granada al poeta vallisoletano como príncipe de
los poetas.
José Zorrilla y Moral nació en Valladolid el 21 de febrero de 1817 y
falleció en Madrid el 23 de enero de 1893. A pesar de toda su popularidad
como lírico y como autor dramático, Zorrilla no podía vivir bien en
España escribiendo versos, y se fue a México, bajo la protección del
desgraciado emperador Maximiliano. Dejóse marchar al autor de los Cantos
del trovador, del poema Granada, de las obras teatrales El zapatero y el
rey, Don Juan Tenorio, Traidor, inconfeso y mártir, El puñal del godo;
pero cuando la fatalidad devolvió a Zorrilla a su país tan desprovisto
de bienes de fortuna como antes, procedióse con gran aparato a su
coronación en Granada, lo que sólo podía contribuir a que el público
no se olvidara de comprar sus libros y de ir al teatro a aplaudir con
entusiasmo cuando se representaban sus dramas sobre todo aquel popularísimo
Don Juan Tenorio... que sólo a su autor no podía enriquecer, pues tenía
vendida, y muy mal vendida por cierto, la propiedad de la obra. Al fin,
las Cortes votaron a favor de él una merecida pensión que fue ayuda de
su vejez; pero no le libró de apuros, preocupaciones y disgustos, a pesar
de que él seguía escribiendo con su innata facilidad.
Don Juan Tenorio (1844), quizá la única pieza dramática conocida por
todos los españoles, suele reponerse tradicionalmente todos los años el
1º de noviembre. Sucede con los siete actos del Tenorio, de Zorrilla, que
no se sabe cuál es el mejor, pues, como diría Don Antonio Machado, los
siete son mejores: inmejorables.
Cuando se alza el telón del acto quinto, la misteriosísima figura de Don
Juan se nos aparece más que nunca firme y segura, en su expresión dramática;
al mismo tiempo que más alarmante e inquietante. Su rostro será tan
claro, tan sobriamente luminoso que hasta podrá ser reconocido, nos dicen
sus amigos al verle, “a la luz de las estrellas”.
Está Don Juan, como los astros, en su sitio. Y cumple como ellos su
libertad, la libertad humana. Y no por fuerza, por la fuerza, sino por ese
otro equilibrio vivo, que es en definitiva, lo que vence y desplaza a la
fuerza: “el estado genuino de la libertad”, el de la justicia; el
estado natural y sobre de la inteligencia humana. Pocas obras maestras de
la poesía dramática del teatro habrán conseguido con tanta sencillez y
tino un efecto teatral más sublime. El público, el pueblo, en España,
lo siente así. Porque siente en la obra inmortal de Zorrilla algo tan
sencillo y tan hondo como la voz de sus propios cantares. Sobre todo, en
Andalucía, de ese singularísimo cantar, que se canta y se baila solo, y
se llama de soledad, de soleá. “Sobre las torres cobre y bronce de la
Alhambra florece el espíritu de Zorrilla”, diría García Lorca.
Hay un canto de soledad en esa sublime escena nocturna del quinto acto del
Don Juan Tenorio, de Zorrilla. Esa soledad que halaga el corazón de Don
Juan. Don Juan nos enseña el arte de quedarse solo. Solo con su destino;
solo con su estrella; solo con la verdad. Solo ante el negro toro fatal de
la noche estrellada que llena de silencio y de sombra, de música callada,
la soledad sonora de su corazón vacío y solitario como su estrella, y
como su estrella, palpitante.
Sí. Habría tanto que hablar de la popularidad de Zorrilla, que es mejor
que callemos, para sentir. Para sentir, como Don Juan, el halago de una
soledad que nos canta en el corazón: “Y... siento que el corazón / me
halaga esta soledad”.
Francisco Arias Solis
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