Por : Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
EN EL CENTENARIO DE LA MUERTE DE
RAMON DE CAMPOAMOR (1817-1901)
“Habiéndome robado el albedrío
un amor tan infausto como el mío,
ya recobrados la quietud y el seso,
volvía de París en tren expreso.”
Ramón de Campoamor.
LA VOZ DE LA POESIA REALISTA
El asturiano Ramón de Campoamor es el máximo exponente de la poesía del
realismo y fue el poeta de la segunda mitad del siglo XIX más admirado y
venerado en España y América.
“Sintiéndome antipático el arte por el arte y el dialecto especial del
clasicismo -escribía Campoamor-, ha sido mi constante empeño el de
llegar al arte por la idea y el de expresar ésta con el lenguaje común,
revolucionando el fondo y la forma de la poesía; el fondo con las Doloras
y la forma con los Pequeños poemas”. En eso consiste el valor histórico
de Campoamor, en haber desterrado de nuestra poesía el lenguaje
supuestamente poético que utilizaron neoclásicos y románticos.
Dígase lo que se quiera de Campoamor como poeta; no por eso debe dejar de
reconocerse la deuda que nuestra poesía tiene con él por haber desnudado
el lenguaje de todo el oropel viejo, de toda la fraseología falsa que lo
ataba. Sus contemporáneos le consideraban poeta filosófico; digamos que
fue un moralista en verso, cuyas observaciones tienen muchas veces valor
psicológico.
Ramón de Campoamor nace en Navia el 24 de septiembre de 1817. Su educación
primaria corrió a cargo de severos dómines. Más tarde realiza estudios
humanísticos en Santa María del Puerto y Santiago de Compostela. Joven aún,
se trasladó a Madrid, donde inicia estudios de medicina, que abandonaría
rápidamente. Elegido el camino de las leyes, rutinaria entrada en la época
para los altos puestos de la administración y la política, no lo llevó
tampoco hasta su final.
Su primera poesía data de 1837. Colabora en publicaciones románticas
como El Alba y No me olvides. En 1840 publica un volumen con sus Poesías,
en ese año se dieron también a conocer con sus primeras publicaciones
Espronceda, Zorrilla, García Gutiérrez y el Duque de Rivas.
Sus estudios legislativos y sus éxitos como poeta, le llevan a ser
nombrado gobernador civil de Castellón, de donde pasó a ocupar igual
cargo en la provincia de Alicante y posteriormente en la de Valencia.
Durante su estancia en Alicante contrajo matrimonio con Guillermina
O’Gormann, dueña de una no despreciable fortuna en esas tierras.
Campoamor ocupó puestos políticos de importancia entre ellos el de
Director General de Beneficiencia y Sanidad y Consejero de Estado, siendo
Diputado y Senador por el Partido Moderado. Fue elegido miembro de la Real
Academia Española en 1861. Falleció en Madrid el 2 de febrero de 1901.
Toda la poesía compoamoresca está montada sobre contrastes o antítesis
entre lo que son las cosas y lo que parecen. Campoamor, como un pequeño
Cervantes se dedica insistentemente a pulverizar las ilusiones románticas
en nombre de la observación realista y haciendo uso del humor y de la
ironía: “Si como el héroe de la Mancha, antaño / realicé por tu amor
grandes hazañas, / hoy, sentado a la sombra de un castaño, / pensando
mucho en ti, como castañas...”
Era necesario, desde luego, poseer una fuerte personalidad para haber
opuesto a la poesía de tipo romántico, todavía predominante, otra
radicalmente distinta, tan nueva en todos los órdenes, dando valor a la
poesía de lo cotidiano. “Su vocabulario era el de la calle”, dice
Guillermo Díaz-Plaja. Así es, e intencionadamente. Campoamor no se opone
sólo a la poesía romántica en general, o al tipo de ella
preferentemente cultivado en España. No aspira a una simple depuración
de elementos, sino a una total transmutación. Quería hacer nada menos
que una poesía realista, una poesía prosaica.
La poesía de Campoamor, aunque animada de un propósito unitario, dista
mucho de ser uniformemente la misma y se presenta bajo una amplia variedad
de aspectos. A pesar de la conocida definición del autor: “¿Qué es
humorada? Un rasgo intencionado. ¿Y dolora? Una humorada convertida en
drama. ¿Y pequeño poema? Una dolora amplificada”, su producción no se
ajusta a tan sistemático esquema, que, por lo demás no incluye los
largos poemas El drama universal, Colón, El licenciado Torralba. Del
abstruso simbolismo de estas últimas composiciones a la brevedad tajante
de las Humoradas hay toda una compleja gama de modos poéticos nada fáciles
de reducir a un denominador común.
Campoamor anduvo toda su vida tras de una poesía de difíciles
equilibrios entre los diversos escollos que había de sortear. Contra la
creencia tan extendida de que fue un poeta entregado a la cómoda tarea de
satisfacer a un público poco exigente, del que se sentía inmediatamente
comprendido. Campoamor acometió una de las aventuras más ambiciosas, más
arriesgadas que pueda proponerse poeta alguno: la reforma del lenguaje poético.
“Los Pequeños poemas -decía Clarín- son de lo mejor que se ha escrito
en lo que va de siglo”. Y Dámaso Alonso nos dijo: “Espero que llegará
un día en que se reconozca cuán su original fue su posición dentro del
siglo XIX español...” Y es que, como dijo el poeta asturiano: “Nada
hay verdad ni mentira: / “todo es según el color / del cristal con que
se mira”.
Francisco Arias Solis
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