Por : Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
JOSE ANGEL VALENTE
(OURENSE, 1929-GINEBRA, 2000)
“No reivindicaron
mas privilegio que el de morir
para que el aire fuese
más libre en las alturas
y los hombres más libres.”
José Angel Valente.
LA VOZ DE UN SOLITARIO
“El poeta -decía Valente- no escribe en principio para nadie, y escribe
de hecho para una inmensa mayoría, de la cual es el primero en formar
parte. Porque a quien en primer lugar tal conocimiento se comunica es al
poeta, en el acto mismo de la creación”.
Valente es una de las voces más intensas de la poesía española de la
segunda mitad de los cincuenta, reivindicó su trabajo como la “carrera
del corredor solitario”. En solitario se midió con las grandes voces de
la tradición entre las que destacó las de Antonio Machado, Juan Ramón
Jiménez o san Juan de la Cruz, y en solitario lidió con las cosas de la
vida, lejos de las capillas literarias. Fue siempre consciente de que la
aventura del escritor es la del solitario.
Lenta, pero seguramente, con un caudal lírico no siempre sobreabundante,
impuso un modo peculiar de hacer poesía. Al margen de la poesía
“pura” y sin caer en la angustia estereotipada de otros poetas de su
contexto testimonial, José Angel Valente expresa la presente
circunstancia intelectual, a ratos personalista, a ratos solidario,
acusando con sensible registro el signo controvertido de nuestro tiempo.
¿Cómo ha podido conseguirlo? Sencillamente, a través de la concentración
expresiva del idioma. “Mientras unos poetas -escribía José Luis Cano-
proceden por acumulación de recursos expresivos, Valente lo hace por
eliminación, cubriendo el hueso del poema con la piel -la palabra- justa
y necesaria”. Todo ello caracteriza a un poeta más intelectual que
emotivo, por temperamento y voluntad. Según dice en un poema propio las
cosas que se le imponen “con atributos de claridad”, y de ahí que sus
preocupaciones recojan la realidad - el “tiempo de miseria”- para
aislarla y abstraerla de sentimentalismos pasajeros.
Con un lenguaje preciso, rítmico y de gran belleza, su obra poética,
cercana en sus comienzos al realismo social característico de la generación
del 50, evolucionó hacia un profundo lirismo intelectual y a la
consideración de la poesía como una labor de búsqueda y conocimiento de
lo esencial de la experiencia humana, cobrando particular relevancia la
influencia de la mística y la reflexión sobre la palabra poética. Su
personalidad poética se ha mantenido como una de las más valoradas entre
las de su generación y con un poderosa influencia sobre las actuales
corrientes de la poesía española.
José Angel Valente nace en Ourense el 25 de abril de 1929. Hizo sus
primeros estudios universitarios en la Facultad de Derecho de Santiago de
Compostela. En 1947 se trasladó a Madrid, en cuya Universidad se licenció
en Filología Románica.
De 1955 a 1958 fue miembro del Departamento de Español de la Universidad
de Oxford. En 1958 se trasladó a Ginebra, donde ejerció como profesor y
como traductor de organizaciones internacionales, y, posteriormente, a París,
donde dirigió un servicio de la Unesco. Ha traducido poemas de Hopkins,
Cavafis y Montale, entre otros autores. En 1954 obtuvo el premio Adonais
por su libro A modo de esperanza. En 1986 regresó a España y se instaló
en Almería. En 1988 obtuvo, junto con Carmen Martín Gaite, el Premio Príncipe
de Asturias y en 1993 el Premio Nacional de Literatura. José Angel
Valente murió en Ginebra el 18 de julio de 2000.
Entre los títulos más relevantes de su obra poética se cuentan: A modo
de esperanza, Poemas a Lázaro, Sobre el lugar del cántico, La memoria y
los signos, Siete representaciones, Breve son, Presentación y memoria
para un monumento y El inocente, reunidos en Punto cero, Interior con
figuras, Material memoria, Tres lecciones de tiniebla, Estancias,
Mandorla, El fulgor, Al dios del lugar, No amanece el cantor y Nadie.
Entre sus ensayos citaremos: Las palabras de la tribu, La piedra y el
centro, Ensayo sobre Miguel de Molina, Los ojos deseados y Variaciones
sobre el pájaro y la red.
Valente ha conseguido una gran pureza de expresión en su pensamiento poético.
En verdadero poeta, el sentir viene clarificado por el saber. Habiendo
conseguido llevarse en su antorcha de corredor solitario una de las
llamaradas más depuradas de la tradición poética. Y como dijo nuestro
poeta: “Sólo yo que he tocado / el sol, la rosa, el día / y he creído,
/ soy capaz de morir”.
Francisco Arias Solis
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