Por: Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
EN EL 150 ANIVERSARIO
DEL NACIMIENTO DE
PABLO IGLESIAS
(EL FERROL, 1850-MADRID, 1925)
“La voz de Pablo Iglesias tenía para mí el timbre
inconfundible -e indefinible- de la verdad humana.”
Antonio Machado.
LA VOZ DE LA VERDAD HUMANA
Hace ya setenta y cinco años que la voz de Pablo Iglesias ha enmudecido
para siempre. La voz de “aquel hombre admirable que esperaba una nueva
civilización”, como nos dejó dicho don Miguel de Unamuno. Aquella voz
capaz de entusiasmar a Marañón: “¡Con cuánto entusiasmo oíamos
aquella voz lejana, que aterró a los espíritus mezquinos de la sociedad
española; pero que desde allí, lejos, se veía bien que era la voz de la
verdad!”
Iglesias vivió desde muy pequeño en Madrid. Inteligente y laborioso,
pronto alcanzó un buen nivel de instrucción, dada su gran afición a la
lectura y las posibilidades que en este sentido le ofrecía su oficio de
tipógrafo. Durante toda su vida trabajó activamente en la difusión de
las ideas socialistas, viajando incansablemente y escribiendo
continuamente artículos en El Socialista, publicación dirigida por él
mismo.
Las características más destacadas de la mayor parte de los escritos y
discursos de Pablo Iglesias son la originalidad y la actualidad de su
contenido. Iglesias condenó siempre la violencia por inhumana y por
ineficaz. Cuando el 8 de agosto de 1897 Cánovas del Castillo cayó muerto
por un disparo vengador, Iglesias dijo: “Condenamos los crímenes de
abajo tanto como los de arriba, aunque algunas veces los primeros sean
corolarios de los segundos”. Y añadía: “No contribuyamos a convertir
esta sociedad, inarmónica ya por el antagonismo de intereses, en una
sangrienta lucha de fieras”.
Cuando a fines de 1921 Eduardo Dato caía igualmente abatido por las
balas, Iglesias expresaba con mayor claridad aún su pensamiento: “La
violencia, por si sola, no resolvió nunca nada: es cosa adjetiva. En España
es esencialmente reaccionaria, lo mismo si la ejercen los gobiernos que si
la practica el anarquismo. La fórmula salvadora es libertad y justicia.
No hay otra”.
Tan sincero era su acento, que cuando en el mismo año de 1921 la Tercera
Internacional de Moscú pretendía absorber los partidos socialistas que
se habían adherido a la Segunda Internacional, al final del congreso
“escisionista” escribió: “...la historia dirá si no hay un
principio de error, al deformar la espontaneidad del movimiento de adhesión
de todos los proletarios...”.
Esto nos demuestra que Iglesias, a más de confesor, apóstol del
socialismo y mártir (probó la cárcel muchas veces), fue también
profeta de buena calidad. No es extraño que Ortega y Gasset escribiera:
“Pablo Iglesias es un santo”.
Pero quizá lo que más acredita a este santo laico, es su absoluto
despegue frente al dinero y al poder. Pablo Iglesias fue siempre un hombre
de pueblo: sin dinero y sin apetencias. En efecto, siendo ya un personaje
importante de la política del país, el platero Inocente Calleja, que se
había convertido fulminantemente a la causa del proletariado, murió
dejando en su testamento unos hotelitos de El Escorial a la esposa de
Iglesias, “porque de habérselos legado a Pablo, éste los hubiera
vendido para emplear el dinero que le diesen en ayudar al sostenimiento
del partido y del periódico”.
En 1901 ocupó Canalejas el Ministerio de Agricultura, Industria y
Comercio, y pensó crear un Instituto de Reformas Sociales, haciendo de la
secretaría el cargo fundamental, con intento de que la desempeñara
Iglesias, a quien visitó. La negativa de éste fue terminante: no aceptaría
jamás otros cargos que aquellos a los que lo enviara el voto de sus
correligionarios.
Pablo Iglesias ingresó en 1869 en la Primera Internacional. La
ilegalización y posterior disolución de la misma por atentar contra la
familia, la moral, la patria y... sobre todo contra la propiedad -privada,
naturalmente-, le alcanzó afiliado a la Asociación General del Arte de
Imprimir. Como directivo de la misma, y sin solución de continuidad de
las organizaciones socialistas y de su órgano de prensa, sufrió
reiteradas, aunque breves, encarcelaciones, múltiples procesos y diversas
sanciones administrativas. Así pues, militó ininterrumpidamente durante
cincuenta y seis años de su vida.
A lo largo de estos años, las únicas satisfacciones que obtuvo fueron
sus repetidas elecciones como concejal y diputado por Madrid, el lento
pero constante crecimiento de sus organizaciones y el respeto y la
admiración de sus correligionarios y de otros muchos que no solamente
discrepaban de sus principios, sino que incluso militaban en campos
adversos. “Lo considero el español más eminente de su época -decía
Indalecio Prieto-, aunque en política haya habido otros más sabios y tan
virtuosos como él. Le superaron en sabiduría y le igualaron en virtudes
Costa, Salmerón y Pi y Margall. ¿Pero quién realizó obra más eficaz,
extensa y profunda que la suya?”
Queda mucho por contar de la vida del apóstol del socialismo español.
“Y es menester acentuar -decía Ortega- que Pablo Iglesias tiene derecho
a que su vida sea contada -como un ejemplo que solicita la imitación-,
cualquiera que fuese la aquiescencia que a sus opiniones se le preste”.
Finalmente, citaremos la placa que el Ayuntamiento de El Ferrol colocó en
la casa en que nació Pablo Iglesias: “El 18 de octubre de 1850 nació
en esta casa don Pablo Iglesias Posse, apóstol y fundador del socialismo
en España. Falleció en Madrid en 9 de diciembre de 1925. En justo
homenaje a su vida austera, al temple heroico de su voluntad y la honradez
de su conducta, El Ferrol le dedicó este recuerdo en 9 de diciembre de
1927”. Y como dijo Antonio Machado: “En cuanto a la voz de Pablo
Iglesias, del compañero Iglesias, o si queréis, del abuelo, yo prefiero
escucharla en mi recuerdo o, mejor todavía, en labios de otros hombres no
menos auténticos, no menos verdaderos, que aún nos hablan al corazón y
a la inteligencia”.
Francisco Arias Solis
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