Por : Eduardo González Viaña
gonzale@wou.edu
Cuando residía en Madrid, un día de hace
poco más de 20 años, me encontré con Chabuca Granda, que había llegado allá
en visita privada y hasta ese momento había logrado esquivar a los periodistas
a pesar de hallarse en el hotel de la Plaza España.
Eran aquellos los tiempos de la transición a la democracia, una transición en
la que pocos creían y a la que nadie llamaba así porque, anclados en el
pasado, tan sólo podíamos concebir como única alternativa española un
imposible retorno a la república o un franquismo con corona, películas
francesas, dirigentes más jóvenes y recatados bikinis en Marbella.
Los más pesimistas no le daban un año de vida al naciente no sé qué español,
y se pensaba que cualquier día de esos algún generalote se decidiría a
“poner la cosas en orden”. En el viejo orden, por supuesto. Además, en la
propia Plaza España, junto a la estatua del Quijote, había presenciado yo una
gigantesca manifestación fascista en la cual la gente comenzaba ya a prostestar
por los atisbos democratizantes del joven rey y, algunas voces emergidas del
pasado coreaban: “Abajo los librepensadores!” “Juan Carlos al paredón,
por comunista y por masón.”
Y sin embargo Chabuca pensaba de otra manera: "Ni siquiera los españoles
saben lo que les espera"- me dijo -"pero ahora se viene el cambio más
grande que haya conocido esta tierra desde el tiempo en que que fue invadida por
los árabes."
No se lo creí , pero quería creérselo porque siempre me acercó a Chabuca un
tipo de amor filial que también profeso por España. Y además tenía que creérselo
porque los poetas -y ella lo era- hablan en nombre de la historia, o más bien
la historia habla a través de ellos.
"La razón son los propios españoles, hijito, y además el rey que les ha
tocado. Los españoles parecen muy broncos y tratan a todo el mundo de"este
tío" y "esta tía", pero lo hacen para que nadie se dé cuenta
de que son dulces y generosos y para que tampoco se sepa que el tiempo los ha
convertido en una nación muy sofisticada."
"¿Y el rey?", pregunté. "No te olvides que, en pleno siglo XX,
Franco les ha impuesto un rey para que no lo olviden. El rey es parte de su
testamento maldito."
"El rey es un muchacho modesto", me dijo Chabuca acerca de Juan Carlos
I quien todavía no terminaba de llegar a los cuarenta. "Y para muestra, fíjate
en el palacio que ha escogido. El palacio de la Zarzuela, hijito. Ese es un
palacio de clase media."
"Además- agregó- cuando era chico, lo creían mudo y tonto como se debe
suponer a un Borbón después de haber sufrido un Fernando VII. Pero este chico
es un hombre con autoridad y gran inteligencia.
De entonces para acá ha pasado el tiempo y mucha agua ha corrido bajo los
puentes.
Nuestra famosa cantante y compositora falleció algunos años después y fue
enterrada en el Convento de los Descalzos de Lima pero su corazón late entre el
puente y la alameda, y su palabra está más viva que nunca porque siempre ha
sido canción y vaticinio, y porque en el alba del nuevo milenio cualquiera
puede comprobar que la profecía española se está cumpliendo.Recordé esas
palabras muy poco tiempo después, al inicio de los 80, cuando un sargento
parecido a Charles Chaplin, pero sin su talento, irrumpió en las Cortes,
secuestró allí a los senadores del reino y exigió un gobierno más fuerte. En
vez de idiota inocente o de cacaceno solitario, Tejero era en realidad parte de
un complot destinado a suprimir la naciente democracia, y por eso, como estaba
calculado, a una hora del inicio de la asonada, los jefes de las regiones
militares llamaron por teléfono al monarca para informarle que, en vista de que
los socialistas podían llegar al poder a través del voto popular, ellos habían
tomado el control de España, iban a cerrar el congreso y habían decidido
convertirlo en el jefe de una autocracia similar a la de su nefasto predecesor.
Cualquiera habría dicho que Juan Carlos les iba a pedir tiempo para pensarlo.
La experiencia de su cuñado, Constantino, el rey de Grecia depuesto por los
generales, podría haberlo hecho más prudente, pero no fue así. Con la sola
autoridad de su carácter, llamó uno por uno a los generales y les ordenó que
depusieran las armas y que se entregaran para ser juzgados. Y así ocurrió, tal
vez porque España es un país en el que lo insólito suele formar parte de lo
cotidiano, o tal vez porque nada le parece ni resulta imposible a un español
que está armado de una fe, de cualquier fe.
Lo recuerdo ahora porque acabo de regresar de la península y compruebo in situ
que, pese a los agoreros de hace 20 años, la democracia está hoy firmemente
instalada, la geografía está atada de nuevo a Europa, las cuentas se calculan
en euros y en pesetas, las soluciones autoritarias son un esperpento
inadmisible, la gente “liga” por correo electrónico, el tren “ave”
llega a Sevilla en 2 horas, o sea que va a 300 por hora, y por fin el teléfono
celular rechina en millones de bolsillos e interrumpe la siesta que, a pesar de
tanta modernidad, sigue siendo una institución sagrada.
Eso sí, los españoles no han cambiado mucho. La vida en Estados Unidos me hace
pensar que todos los países adelantados se componen de ciudades fantasmas sin
gente en las calles porque todos van de su casa a su trabajo y de su trabajo a
su casa, pero la modernidad, la democracia y los ordenadores no han sido
suficientes para transformar de esa manera a los españoles. Interrumpen el
trabajo por la mañana para tomar el café. Comen (almuerzan en nuestro
castellano) desde las 2 hasta més de las 4.
Hay por lo menos una docena de bares en cada calle (cuadra) y la gente se queda
allí hasta la medianoche. Además, según las estadísticas, viven más que
todo el resto de los europeos (!y qué vida!)
Algunos gringos inocentones me preguntan en la universidad si el castellano de
España es mejor que el de los americanos (me refiero a nosotros) y suelo
responderles, con Borges, que no sé si hablan mejor o peor, pero eso sí,
hablan más fuerte. En Madrid tuve que agregar volumen a mi tono de voz cuando
Manolo o Paco, el nombre usual de los camareros, me preguntaban que si les
estaba pidiendo ternera, pescadilla o bacalao, y en realidad lo que yo deseaba
era un vaso de Kolacao.
España ha cambiado como lo previó Chabuca, pero los españoles siguen siendo
los mismos, y eso es una fiesta para quienes, desde el otro lado del mar, nos
hemos pasado la vida amando y desamando a la madre de nuestra lengua y de
nuestras sangres aventureras, aquellos que aprendimos a conocerla con Quevedo,
Santa Teresa, Unamuno, Lorca, Hernández, Vallejo y Neruda- y también con Agustín
Lara y de Chabuca Granda- y de todas esas maneras, la entendimos como una manera
de ser sobre la tierra y como un rasgo especial de la condición humana.
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